P. Luis Alberto De León Alcántara Email: albertodeleon_011@hotmail.com

En nuestra cotidianidad vivimos rodeados de palabras, ruidos y, por qué no, también inmersos en muchos silencios, a veces con nombre y, en ocasiones, anónimos. El mundo, la sociedad, los barrios y otros espacios de la vida social se mueven en este péndulo, convertido en binomio: palabra y silencio.
En ocasiones, el silencio llega por accidente, como consecuencia de las realidades de la vida; otras veces, surge de la reflexión, del cansancio existencial o de la contemplación de observarlo todo con calma y como aprendizaje. Esta última opción, sin embargo, no nace del azar: conlleva purificación, serenidad y renuncia, como afirma el sacerdote Pablo d’Ors en su libro Biografía del silencio.
Hoy se hace cada vez más difícil el silencio y la demora. Como señala el filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han en su libro La desaparición de los rituales: “El silencio se percibe hoy como carencia que debe ser llenada inmediatamente”. El vacío, la prisa y el agobio humano parecen exigir ser sustituidos por cosas que tranquilicen emociones, sentimientos y carencias interiores que no han sido plenamente satisfechas, tal como se habían imaginado o según el ideal de los demás.
Al parecer, quedarse quieto, para quienes viven rodeados de voces, entretenimiento y diversión, constituye una amenaza: un estado pasivo sin sentido, una experiencia que se diluye y asusta. Pero quizás esto sucede porque existe un falso concepto del silencio, una idea prefabricada y sin fundamento.
En cambio, quienes van madurando y aprenden a ser prudentes con las experiencias que la vida les ofrece, llegan a mirar la ausencia de palabra como una escuela de sabiduría. Como escribió Antoine de Saint-Exupéry en El principito, en el diálogo con el Zorro: “Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Esta es la razón por la cual algunos no logran amarlo ni reconocerlo como un valor que permanecen ciegos ante lo esencial.
Sin embargo, da la impresión de que, en el mundo acelerado y saturado de palabras en el que habitamos, el silencio está fuera de moda. Hacer una pausa, un “stop” voluntario y fecundo, se vuelve incómodo ante la gran cantidad de ofertas, distracciones y manipulaciones tecnológicas que nos rodean. Como el silencio, a gran escala, no vende ni genera beneficios económicos, se intenta ignorarlo, esquivarlo, sustituirlo e incluso aniquilarlo.
En definitiva, nunca está de más hacer una pausa para contemplar y dejar de hablar. Cuestionarse no cuesta nada. Saber si estamos rodeados de silencio o de palabras es fundamental, pues en ese vaivén de nuestra travesía por el mundo se juega el progreso o el retroceso de aquello que verdaderamente nos realiza por dentro.
Porque, si bien muchos logros exteriores pueden alcanzarse en poco tiempo, descender a lo más profundo del ser y detener todo lo que ocurre a nuestro alrededor solo es posible cuando la respiración, la escucha y la reflexión asumida nos recuerdan que el silencio es un gran facilitador para ordenar nuestras vidas.
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