Wilkin Castillo. San Juan de la Maguana
Estamos en el mes de septiembre un hermoso y prometedor mes, en el mismo reconocemos y celebramos el día de la Biblia, específicamente el 27 del corriente mes. Estamos justo en el Domingo Vigesimoquinto del Tiempo Ordinario, poco a poco nos adentramos en esta dinámica de luz por medio de la palabra de Dios y una oportunidad salvífica y puntual para todos.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña”. Algo importante el Reino de los Cielos tiene dueño, propietario, llamado Dios, nosotros somos invitados y más adelante posiblemente ciudadanos del Reino, el anfitrión es Dios.
El amanecer puede tener en el texto un significado teológico profundo, el amanecer es el inicio de nuestra vida que empieza precisamente con Dios y en Dios como creador, dueño y guía de toda nuestra existencia. El propietario de la viña de entrada se pone de acuerdo con los trabajadores en un denario por jornada, llega a mi memoria el refrán popular, a mayor claridad más a mistad, pues en Dios todo está organizado y definido desde los inicios.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Vengan también ustedes a mi viña, y les pagaré lo debido”. Ellos fueron. Un detalle cuando el propietario invita a estos trabajadores les aclaró que le pagaría lo debido, es decir, que ya desde el contrató hay una determinación y una decisión puntual en todo este proceso.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que están aquí el día entero sin trabajar?”. Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Vengan también ustedes a mi viña”. Si hay algo positivo y digno de admirar y reconocer en este propietario es su disposición y apertura de corazón para todos, siempre hay un espacio y una oportunidad para entrar a trabajar a su viña, sin importar la hora de llegada y la hora de iniciar dicho trabajo.
Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Hay una palabra que no la podemos dejar pasar por alto en esta reflexión y es la palabra anochecer, es decir, al final de nuestra vida el dueño del universo, dueño de la viña nos pedirá cuenta por el trabajo encomendado por Él y realizado por nosotros.
Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”. En esta parte del Evangelio se manifiesta de una manera clara el egoísmo que lleva el ser humano en su interior, estos primero pensaron en sus adentros que recibirían mas por ser los primeros invitados por parte del propietario de la viña, se les olvido muy rápido que primero se ajustaron en un denario por jornada y segundo que ellos eran simples trabajadores en la viña pero el la viña tenia su dueño y por tanto el dueño tenia libertad de manejarla a su antojo y hacer de ella lo que él consideraba oportuno y correcto.
Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”.
Finalmente nos queda claro que el pago al final de nuestras vidas es el mismo para todos, esto sin importar quien llegó primero, quien llegó último, aquí de lo que se trata es de pureza de corazón y de recta intención, pues no es el tiempo trabajado, sino, que lo que Dios premia es la calidad y la calidez de la entrega al momento de empezar nuestro trabajo, Dios no nos paga por hora, nos paga por amor.
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