Por José De los Santos Jiménez. San Juan de la Maguana
Hoy celebramos el Vigésimo (XX) Domingo del Tiempo Ordinario. También conmemoramos el de Día de la Restauración de nuestra Independencia Nacional. En este día recordamos con inmensa alegría nuestra segunda Independencia, es decir, después de la primera Independencia, un grupo de dominicanos valientes declararon guerra a España, ya que en el año 1861 el presidente Pedro Santana anexó el País a España con el pretexto de “protegernos” de Haití y de la bancarrota. Todo fue una traición.
En el estribillo del salmo ya nos damos cuenta por dónde va el sentido profundo de este Domingo: “Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”. Conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.
Por su parte en el Evangelio encontramos que: En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”. Lo primero es que esta mujer cananea usa dos palabras poderosas al referirse a Jesús, la primera, ten compasión y la segunda, Hijo de David, en esta expresión manifiesta esta cananea una confianza grande en Jesús y a la vez refleja una profesión de fe fuete y grande al declarar a viva voz de manera implícita que está frente al Mesías. “Mi hija tiene un demonio muy malo.” Él no le respondió nada.
Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: “Atiéndela, que viene detrás gritando.” Extraña la postura y la actitud de Jesús, ante la petición de la mujer, no responde nada. Interesante la intervención de los discípulos dirigirse a su Maestro: “Atiéndela, que viene detrás gritando.” Él les contestó: “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.” Que estarían pensando los discípulos al pedirle a Jesús que atienda a esta señora, tendrían el interés de que Jesús intervenga favoreciendo la petición y la súplica de aquella mujer, o por el contrario los gritos de la cananea les era incomodo a sus oídos.
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: “Señor, socórreme.” La mujer sabe muy bien a quien le pide y lo que está pidiendo, no se inmuta ante la respuesta de Jesús: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”, Pero ella repuso: “Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.” Si la actitud de esta cananea/ sirofenicia en su primer contacto con Jesús lo sorprendió, mayor fue su sorpresa al escuchar sus últimas palabras.
La respuesta de Jesús busca provocar algo concreto en esta mujer, no es un reproche, es más bien probar la fe de la cananea y sacarles una concepción errónea a todos los presentes, incluyendo los discípulos, cuando Jesús usa la palabra perros se refiere directamente a los no judíos, a los gentiles, los hijos son los israelitas, él abre la posibilidad de salvación a todos, sin excluir a nadie, sin importar raza, lengua o nación, todos tenemos derecho a salvarnos, no solo los hijos de Israel.
Por eso ante la respuesta de la cananea Jesús le respondió: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.” En aquel momento quedó curada su hija. La mujer primero mostro humildad en grado sumo frente al Maestro, discutió no por orgullo, sino por necesidad, creyó sin vacilar que hasta las migajas que le sobran a Jesús eran más que suficiente para hacer un milagro completo. Sabía que la gracia de Dios no se acaba, es ilimitada, esta mujer nos enseña que no necesitamos el pan completo de los hijos, bastan solo unas migajas de la presencia de Dios para cambiarlo todo.
Cada 16 de agosto, nuestro país se detiene para recordar uno de los momentos más gloriosos de su historia: la Restauración de nuestra Independencia.
Se podría decir que resuena con fuerza en nuestros corazones el eco vivo de un pueblo que, en 1863, se negó a vivir bajo la anexión española y decidió recuperar su soberanía con sangre, con sacrificio y con mucha fe.
Con estas líneas pretendo que esta nueva celebración se convierta en un llamado profundo al amor de nuestra patria y a nuestro compromiso, y me refiero al personal, al tuyo y al mío desde el lugar exacto donde nos encontremos para poder así fortalecerla y engrandecerla no solo con propósitos y palabras sino con acciones concretas en favor de la nación, siempre a la luz de los valores cristianos que han forjado nuestro espíritu nacional.
Recordemos que la Guerra de la Restauración no fue un accidente histórico sino la respuesta de un pueblo que ya había conocido la libertad y no estaba dispuesto a renunciar a ella. Vemos cómo después de la anexión a España en 1861, impulsada por quienes creyeron ver en la corona una solución a los problemas internos, el descontento creció rápidamente teniendo su génesis en Capotillo el 16 de agosto de 1863, desde donde se extendió como fuego por todo el territorio. Evocamos a Gregorio Luperón, Santiago Rodríguez, Benito Monción y tantos héroes anónimos que defendieron la patria hasta con la vida.
La Restauración nos enseña que la independencia es un don conquistado traducido en libertad. Hoy, más de un siglo y medio después, los desafíos son distintos, pero la necesidad del compromiso es la misma. Hoy son otros flagelos que nos afectan. No pienso detallarlos porque todos los conocemos. Es preferible sumarnos a la proactividad y preguntarnos ¿desde dónde puedo contribuir a fortalecer y engrandecer esta tierra que nos vio nacer?
Desde ese espacio concreto donde Dios nos ha colocado podemos construir o destruir la patria. Un padre y una madre que educan a sus hijos en la fe cristiana, el respeto, la honestidad y el amor al trabajo ya están restaurando la nación. Un maestro que enseña no solo matemáticas o historia, sino dignidad y responsabilidad cívica sobre todo con su ejemplo está formando ciudadanos capaces de defender lo que es nuestro. Un empresario que genera empleos dignos, un agricultor que cuida la tierra, un médico que atiende con vocación, un policía que sirve con integridad: todos ellos, desde su trinchera, son verdaderamente restauradores.
Nuestro compromiso tiene un fundamento espiritual importante que no podemos ignorar. La República Dominicana es una nación de profundas raíces cristianas. Desde los tiempos de la evangelización hasta los días de la Restauración, la fe ha sido faro y consuelo. Muchos de los héroes de 1863-1865 lucharon no solo por la independencia política, sino por la posibilidad de vivir según su conciencia y su creencia. Los valores cristianos —la dignidad de la persona, la justicia, la solidaridad, el perdón, la esperanza— no son adornos opcionales de nuestra identidad; son el cimiento sobre el cual se puede edificar una sociedad verdaderamente libre y próspera.
Cuando Jesús enseña que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos, está señalando el camino para el amor a la patria. Porque la patria no es solo un terreno; es mucho más que eso, es nuestra gente, es nuestro pueblo. Es nuestro compañero de trabajo, el niño que juega en la esquina, el anciano que espera atención en el hospital, etc. Amar a la patria es amar a cada uno, y trabajar por ellos. Es rechazar lo mal hecho en nuestras instituciones. Es practicar la honestidad aunque nadie nos vea. Es rechazar la violencia y promover la paz.
La celebración de la Restauración debe, por tanto, convertirse en un examen de conciencia personal y colectivo. Debemos preguntarnos si estamos usando nuestro radio de acción para fortalecer o para debilitar. ¿Estamos educando a las nuevas generaciones en el orgullo de ser dominicanos, o mejor dicho, estamos siendo irresponsables al no educarlas en valores y advertirles e incentivarles a no caer en los antivalores que promueven ciertos medios? ¿Estamos cultivando la unidad nacional por encima de las diferencias políticas, regionales o sociales, o alimentamos divisiones que solo benefician a quienes desean ver a la República dividida?
Los valores cristianos nos ofrecen un antídoto poderoso contra la desesperanza. La fe nos recuerda que ningún esfuerzo por el bien es inútil. Que la cruz, símbolo de sacrificio y victoria, nos invita a no rendirnos ante las dificultades. Los restauradores de 1863 no esperaron condiciones perfectas para actuar; actuaron en medio de la adversidad porque creían que la libertad valía la pena. Hoy, en medio de nuestros propios desafíos, estamos llamados a la misma determinación.
Desde el campo y la ciudad, desde el norte y el sur, desde el este y el oeste, cada dominicano tiene una misión. El joven que estudia con disciplina está preparándose para servir mejor a su país. El profesional que ejerce su carrera con ética está levantando el prestigio de la nación. El servidor público que resiste la tentación de la corrupción está defendiendo el bien común. El artista que canta, pinta o escribe sobre nuestra historia y nuestras esperanzas está fortaleciendo el alma colectiva. El creyente que ora por su país y vive su fe con coherencia está invocando la protección divina sobre esta tierra.
La Restauración nos legó una lección esencial: la soberanía se gana y se mantiene con el esfuerzo de todos. No hay héroes suficientes si el pueblo permanece pasivo. No hay gobierno capaz de transformar la realidad si los ciudadanos no asumimos nuestra cuota de responsabilidad. Por eso, el verdadero homenaje a los próceres de la Restauración no es solo recordar sus nombres, sino imitar su espíritu de entrega. Es decidir, cada mañana, que desde nuestro radio de acción vamos a contribuir a que la República Dominicana sea más justa, más próspera, más unida y más fiel a los valores que la han sostenido a lo largo de su historia.
Que esta celebración no sea solo un día de fiesta, sino el inicio renovado de un compromiso permanente. Que cada dominicano, al mirar la bandera ondear el 16 de agosto, sienta no solo orgullo, sino responsabilidad. Que surja la pregunta en nuestro interior: ¿qué puedo hacer yo, desde donde estoy, para fortalecer y engrandecer esta patria? Y que la respuesta no quede en palabras, sino que se traduzca en hechos concretos de honestidad, servicio, solidaridad y fe.
Porque la patria no se construye solo en los grandes momentos históricos. Se construye todos los días, en los pequeños actos de quienes aman de verdad. Y porque, como nos recuerda la fe en Cristo nuestro Señor, el amor verdadero se demuestra con obras. Que el espíritu de la Restauración viva en nosotros. Que nuestro amor a la patria no sea solo un sentimiento, sino una decisión cotidiana. Y que, desde cada radio de acción, contribuyamos a que la República Dominicana sea cada día más digna de los sacrificios de quienes la liberaron y de la esperanza de quienes aún no han nacido.
Solo así podremos decir, con legítimo orgullo y profunda responsabilidad, que somos dignos herederos de la Independencia y de la Restauración y constructores activos de una nación más fuerte, más justa y más fiel a su vocación cristiana y patriótica.
La presencia del Espíritu Santo sostiene al creyente cuando las dificultades parecen superar sus fuerzas
Por Yeuris Mael Solano Rosario
“Bendito el hombre que confía en el Señor y pone su confianza en él. Será como un árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme que llegue el calor y sus hojas están siempre verdes. En época de sequía no se angustia y nunca deja de dar fruto” (Jr 17, 7-8).
Hay momentos en la vida en los que las circunstancias parecen ponerse en nuestra contra. Llegan las dificultades, las pérdidas, las incertidumbres, las enfermedades, los problemas familiares, las crisis económicas o las situaciones que escapan completamente de nuestro control. En esos momentos, una pregunta puede aparecer en lo más profundo del corazón: ¿dónde está Dios cuando estamos sufriendo?
La respuesta de la fe no significa que el creyente esté libre de problemas. Tampoco significa que quien confía en Dios nunca experimentará dolor. La fe nos enseña algo mucho más profundo: Dios permanece a nuestro lado incluso cuando atravesamos el valle de la dificultad.
Jesús mismo quiso dejar esta certeza en el corazón de sus discípulos antes de su partida:
“Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre” (Jn 14, 16).
Esta promesa continúa siendo actual. El cristiano no camina solo. En medio de las tribulaciones, cuenta con la presencia del Espíritu Santo, el Consolador, aquel que fortalece, guía, ilumina y sostiene.
La fe no nos hace inmunes al sufrimiento
En ocasiones podemos pensar que, por ser cristianos, estamos llamados a vivir una existencia sin dificultades. Sin embargo, la Sagrada Escritura nos muestra exactamente lo contrario.
Los grandes hombres y mujeres de fe también atravesaron momentos de dolor, incertidumbre y prueba. Su grandeza no estuvo en haber evitado las dificultades, sino en haber mantenido la confianza en Dios mientras las atravesaban.
Uno de los ejemplos más significativos es Job. La Biblia lo presenta como un hombre justo, recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Sin embargo, su vida fue golpeada por la pérdida de sus bienes, de sus seres queridos y de su estabilidad.
Ante semejante tragedia, Job pudo haber renunciado a su fe. Pudo haber culpado a Dios o haber considerado que todo había perdido sentido. Pero, en medio de su dolor, se postró y adoró al Señor.
Su historia nos recuerda que la fe verdadera no consiste únicamente en confiar en Dios cuando todo marcha bien. La verdadera fe también se manifiesta cuando no entendemos lo que está sucediendo y, aun así, decidimos seguir confiando.
De las tribulaciones también puede nacer una fe más fuerte
Las pruebas pueden convertirse en momentos de crecimiento espiritual. No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo, sino porque, con la ayuda de Dios, podemos descubrir en medio de él una fortaleza que desconocíamos.
La historia de Abraham es otro ejemplo. Dios puso a prueba su fe al pedirle que ofreciera a su hijo Isaac. Abraham obedeció y confió, aun cuando humanamente aquella petición resultaba difícil de comprender. En el momento decisivo, Dios intervino.
Abraham quedó como uno de los grandes referentes bíblicos de la confianza en Dios.
Su historia nos plantea una pregunta que sigue teniendo vigencia: ¿qué hacemos cuando Dios parece conducirnos por caminos que no comprendemos?
La respuesta de la fe consiste en continuar caminando, aun cuando no tengamos todas las respuestas.
“El tiempo de Dios es perfecto”
Existe una expresión muy conocida entre los creyentes: “El tiempo de Dios es perfecto”.
No siempre es fácil aceptar esta afirmación cuando estamos atravesando una situación dolorosa. Cuando sufrimos, queremos respuestas inmediatas. Queremos que el problema termine cuanto antes. Queremos comprender por qué ocurrió aquello que nos duele.
Pero la fe nos invita a mirar más allá de la circunstancia inmediata.
Cada amanecer puede ser una nueva oportunidad para descubrir qué quiere Dios de nosotros. Cada dificultad puede llevarnos a preguntarnos no solamente “¿por qué me está pasando esto?”, sino también “¿qué puedo aprender y qué puedo hacer desde la fe ante esta situación?”
Quizás Dios nos está llamando a fortalecer nuestra familia. Tal vez nos invita a acercarnos nuevamente a Él. Quizás nos pide ayudar a una persona que está sufriendo más que nosotros. Puede ser incluso una oportunidad para descubrir que nuestra vida tiene una misión que va más allá de nuestras propias necesidades.
Por eso, en medio de las tribulaciones debemos preguntarnos: ¿qué quiere Dios que haga por mi vida, por mi familia, por mi vecino, por mi amigo, por mi comunidad y por mi país?
Una fe pequeña, pero verdadera
Cuando los discípulos le dijeron a Jesús: “Auméntanos la fe”, el Señor respondió:
“Si tuvieran fe como un grano de mostaza, podrían decir a este árbol: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y les obedecería” (Lc 17, 5-6).
Los discípulos pensaban en la cantidad de fe. Jesús, en cambio, les mostró el poder de una fe auténtica.
No siempre necesitamos una fe que parezca enorme. Necesitamos una fe firme, sincera y perseverante.
Una pequeña semilla puede convertirse en un gran árbol si encuentra tierra fértil, agua y las condiciones necesarias para crecer. De la misma manera, una fe que quizás hoy parece pequeña puede crecer cuando es alimentada mediante la oración, la Palabra de Dios, la Eucaristía, la caridad y la confianza.
La pregunta, entonces, no debería ser solamente cuánto creemos, sino cómo estamos viviendo aquello que creemos.
El Espíritu Santo: el Consolador que permanece
En medio de esta reflexión adquiere especial importancia la promesa de Jesús:
“Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre” (Jn 14, 16).
Jesús sabía que sus discípulos tendrían que enfrentar momentos difíciles. Por eso no quiso dejarlos desamparados.
La promesa del Espíritu Santo significa que la presencia de Dios no desaparece cuando llegan las dificultades.
Hay momentos en que podemos sentirnos solos, pero no estamos solos.
Hay momentos en que podemos sentir que nuestras fuerzas se terminan, pero Dios puede renovar nuestras fuerzas.
Hay momentos en que no encontramos respuestas, pero podemos seguir caminando confiados en que el Señor permanece junto a nosotros.
El Espíritu Santo es esa presencia que ilumina nuestro camino, fortalece nuestra esperanza y nos ayuda a mantenernos firmes cuando las circunstancias intentan hacernos caer.
La prueba no tiene la última palabra
Las tribulaciones forman parte de nuestra existencia. Ninguna persona está completamente exenta de ellas. Sin embargo, desde la perspectiva cristiana, el sufrimiento no tiene la última palabra.
La última palabra la tiene la esperanza.
La última palabra la tiene el amor de Dios.
La última palabra la tiene la vida.
Por eso, cuando atravesemos momentos difíciles, no debemos permitir que el miedo destruya nuestra confianza. Tampoco debemos interpretar una dificultad como una señal de que Dios nos ha abandonado.
El profeta Jeremías compara al hombre que confía en Dios con un árbol plantado junto al agua. El calor puede llegar. Puede llegar la sequía. Pueden presentarse circunstancias adversas. Pero sus raíces permanecen conectadas a la corriente.
Esa es una hermosa imagen de la vida cristiana.
Las circunstancias pueden cambiar, pero nuestras raíces deben permanecer en Dios.
Una invitación a confiar
Hoy, más que nunca, necesitamos recuperar una fe capaz de sostenernos en medio de las incertidumbres. Una fe que no sea solamente de palabras, sino que se traduzca en esperanza, solidaridad, oración y servicio.
Dios, que es rico en misericordia, no nos abandona. Incluso cuando atravesamos los momentos más difíciles, Él permanece presente.
Por eso, queridos hermanos y hermanas en la fe, no tengamos miedo de confiar en Dios.
Cuando las fuerzas disminuyan, oremos.
Cuando no encontremos respuestas, confiemos.
Cuando llegue la prueba, permanezcamos firmes.
Cuando sintamos que estamos solos, recordemos la promesa de Jesús: el Padre nos ha dado al Consolador para que permanezca con nosotros para siempre.
Que la paz y el amor de Dios, junto con la presencia del Espíritu de la verdad, nos acompañen siempre en nuestro caminar. Que el Señor nos proteja de los males y peligros que nos acechan y nos conceda una fe capaz de permanecer firme aun en medio de las tormentas.
Y que, sostenidos por esa fe y esa confianza en Dios, podamos seguir dando frutos, aun cuando atravesemos tiempos de sequía.
Porque quien coloca sus raíces en Dios puede enfrentar el calor sin perder la esperanza, atravesar la sequía sin dejar de confiar y continuar dando frutos aun en medio de las tribulaciones.
¡Bendiciones!
Yeuris Mael Solano Rosario. Escríbele al autor: yeurismael.cme@gmail.com Licenciado en Filosofía y Teología
En la audiencia general, León XIV se dirigió en español a las víctimas y heridos del terremoto de magnitud 7,4, que causó cientos de muertos y cuantiosos daños materiales. A través de la Limosnería apostólica, con el prefecto en contacto inmediato con la Nunciatura y la Conferencia Episcopal, el Pontífice envió una donación urgente a las diócesis afectadas.
Salvatore Cernuzio – Ciudad del Vaticano
En medio de los escombros y el polvo de Colombia, devastada por el violento terremoto de magnitud 7.4 que sacudió la parte occidental del país, se manifiesta la cercanía del Papa León XIV. Una cercanía que expresó verbalmente en las palabras que pronunció en la audiencia general de esta mañana, 12 de agosto, reiterando sus condolencias y oraciones por las víctimas, los heridos, los rescatistas y por toda la población en este momento de dolor. Una cercanía que también se materializó con una asignación inicial urgente de fondos enviada por el Pontífice a través del Dicasterio para el Servicio de la Caridad – Limosnería apostólica para las diócesis afectadas por el terremoto, gracias al contacto constante del prefecto, el arzobispo Luis Marín de San Martín, con la Nunciatura y la Conferencia Episcopal local.
El llamamiento del Papa
Ayer, mientras Protección Civil y otros organismos de ayuda realizaban labores de rescate entre los escombros de edificios e iglesias y ofrecían estimaciones iniciales del número de fallecidos (más de 250, según las últimas cifras), el Papa envió un telegrama expresando su pesar y cercanía a todo el país. Hoy, al finalizar su saludo a los fieles españoles tras la catequesis de la audiencia del miércoles, reiteró su cercanía a «nuestros hermanos y hermanas colombianos que sufrieron las consecuencias del reciente terremoto, que causó numerosos fallecidos y heridos, así como cuantiosos daños materiales».
Mientras ruega al Señor “por el eterno descanso de los difuntos”, León XIV también aseguró sus oraciones por las familias de los fallecidos y por quienes “han sido golpeados por esta tragedia.”. “Expreso mi gratitud” – añadió – “a todos los que trabajan en las operaciones de rescate y en la asistencia a las víctimas”.
Primeros auxilios de emergencia
Al igual que en Venezuela, país también afectado por un fuerte terremoto en junio, el Papa envió de inmediato ayuda económica inicial a Colombia, como muestra concreta de su cercanía en este momento de emergencia. La suma de 100.000 euros se destina directamente al Secretariado Nacional de Pastoral Social-Cáritas Colombiana della Conferenza Episcopale que funciona como centro de coordinación para la recaudación y distribución de la ayuda, con el fin de brindar asistencia solidaria a las diócesis afectadas.
El monto fue acordado con los beneficiarios y constituye una donación inicial para atender las emergencias más urgentes. Se proporcionará asistencia concreta adicional según se identifiquen las necesidades y se comuniquen oportunamente al Dicasterio.
La atención constante de la Limosnería
En efecto, el diálogo, iniciado desde las primeras horas, se ha mantenido entre el Limosnero, monseñor Marín de San Martín y el Presidente del Episcopado Colombiano, monsenor Francisco Javier Múnera Correa, Arzobispo de Cartagena, quien le ha informado de la situación en las zonas afectadas, y con la Nunciatura, a través de su secretario, Monseñor In Je Hwang.
Asimismo, se está preparando un informe que detallará las necesidades urgentes al Dicasterio para el Servicio de la Caridad, que reafirma su papel como «brazo» del Papa extendido donde sea necesario. «Es la Iglesia como familia de Dios», afirma el prefecto, «una Iglesia atenta al sufrimiento y a las necesidades, que responde con fraternidad y eficacia».
Nos cambiaron el panorama, ya nada es igual. En un abrir y cerrar de ojos, ya miramos la vida a distancia y con temor. Ahora estamos en cuarentena, en estado de emergencia y con varios toques de queda, observando cómo un ministro de salud ofrece datos de la realidad de una pandemia que, en vez de anunciar buenas noticias, genera pánico, tristeza y confusión. Todo parece una tragedia en la que estamos en la lista de espera para saber el momento en que a un familiar, un amigo o conocido nuestro le comunicarán que está contagiado, enfermo o muerto a causa del Coronavirus.
Lo que sucede en la actualidad no es una película, tampoco una telenovela de los años 80 y 90, ni mucho menos una serie de Netflix para entretenernos un rato con palomitas de maíz. No, eso no es lo que acontece. Es más complejo. Es una situación que tiene al mundo entero en alerta roja, en cuestionamiento total de la condición real del sistema de salud de la humanidad. Pues, cuando creíamos que lo habíamos visto todo, apareció este virus para recordarnos una vez más nuestros límites y hacernos conscientes de que, pese a los desarrollos tecnológicos y científicos alcanzados, todavía como especie humana debemos continuar mejorando…
Fue entonces que, de pronto, volvimos a ser como niños, a darnos cuenta de que hay miles de cosas que aún no retenemos en las manos, como es el caso de la salud humana. Nos tocó la suerte o la mala suerte, depende de la actitud de cada persona, de estar metidos en una crisis mundial donde la gente pierde su empleo, los gobiernos toman decisiones drásticas para cuidar a las personas y donde, además, el ser humano reconoce el valor de confiar en Dios y la importancia de sacar siempre tiempo para pensar en las prioridades…
Este virus nos ha puesto a mirar la vida y sus afanes por las ventanas, a contemplar el mundo por rejillas. Ha hecho que tengamos la obligación de hacer una parada y reordenar todo nuestro mundo interior y exterior. A lo mejor no estábamos preparados, no nos sentíamos con la suficiente capacidad de hacerle frente a una situación como esta, ni muchos contábamos con la preparación psicológica, emocional y económica para ello, pero aquí estamos tratando de hacerle frente al Coronavirus mientras llega la vacuna.
Extrañamos el horizonte en su plenitud, lo sé. Deseamos reírnos, abrazarnos y compartir con las personas que amamos. Pero no es el momento para añoranzas ni melancolías, sino de aprender a vivir con los pies descalzos y con la mente firme. Porque mucha gente sigue muriendo, pasando necesidades y perdiendo su norte. Por eso, cada día más tenemos que humanizarnos, reorganizarnos y tratar, dentro de lo posible, de crear una conciencia que aporte pequeños rayos de esperanza y de optimismo; porque en los tiempos difíciles es donde debemos ser más fuertes, no solo por nuestro bien, sino por las futuras generaciones que luego, más tarde, sabrán lo que hicimos ante esta pandemia.