El Santo Padre ha nombrado Obispo de la Diócesis de La Vega (República Dominicana) a S.E. Mons. Andrés Napoleón Romero Cárdenas, trasladándolo desde la Diócesis de Barahona.
Currículum vitae
Mons. Andrés Napoleón Romero Cárdenas
S.E. Mons. Andrés Napoleón Romero Cárdenas nació el 24 de julio de 1967 en Ramonal Arriba, Diócesis de San Francisco de Macorís (República Dominicana). Obtuvo la Licenciatura en Letras y Filosofía y en Ciencias Religiosas en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra de Santiago de los Caballeros, así como la Licenciatura en Teología Bíblica en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.
Fue ordenado sacerdote el 8 de julio de 1995 para la Diócesis de San Francisco de Macorís.
Ha desempeñado los siguientes cargos: vicario parroquial; formador en el Seminario Menor; director de la Obra Diocesana para las Vocaciones Sacerdotales; profesor, decano de las Facultades de Filosofía y Teología y formador del Pontificio Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino; y párroco.
Fue nombrado Obispo de Barahona el 23 de febrero de 2015, recibiendo la ordenación episcopal el 25 de abril del mismo año.
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En el día en el que la Iglesia contempla el Corazón traspasado de su Señor, del que brota una fuente inagotable de paz y unidad para todo el género humano, dirijo sobre todo a mí mismo y a todos ustedes las palabras que Dios dirigió al pueblo de Israel: «Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Lv 19,2; cf. 1 P 1,16). Esta llamada divina atraviesa los siglos, resonando también hoy con fuerza para todo creyente y, con exigencia particular, para nosotros sacerdotes. La santidad no es una opción entre tantas ni un ideal abstracto; tiene que ver con la identidad misma de cada persona que quiere participar en la vida del Resucitado.
Santidad y participación en el misterio de Cristo
Dios nos invita a participar de su misma santidad. Cuando nos llama a ser santos porque Él es santo, nos indica el camino a seguir: dejarnos modelar según su Corazón. Y para nosotros, queridos hermanos, esta llamada es particularmente radical. El Señor prometió: «Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia» (Jr 3,15). La santidad que se nos pide es un abandono confiado: dejarnos transformar por su Santo Espíritu. Sin embargo, precisamente aquí surge la gran paradoja de nuestra vida sacerdotal: estamos llamados a participar de la misma santidad de Dios, pero llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7), somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas. ¿Cómo puede un corazón humano, tan vulnerable, responder a una llamada tan alta? El sacerdote vive esta tensión, pero sabe dónde encontrar paz: en el costado abierto del Señor Jesús.
Un camino de unión
La unión de nuestro corazón con el Corazón de Cristo no es una experiencia reservada a unos cuantos elegidos, sino un camino sacramental, eucarístico, que se realiza en lo cotidiano. Queridos hermanos, en la Ordenación hemos sido configurados con Cristo, pero es necesario reavivar siempre en nosotros el don de la gracia por medio de la celebración cotidiana de la Eucaristía, de la oración, de la meditación de la Palabra de Dios y del servicio humilde a los hermanos y hermanas. Permanecemos unidos a Cristo en todo: en lo que hacemos y en lo que nos sucede cotidianamente. La santidad, entonces, en vano buscada con esfuerzos aislados, se revelará por lo que es: correspondencia a la gracia que nos precede, nos sostiene y nos transfigura. No existen, en efecto, compartimentos estancos en nuestra humanidad. La oración, el ministerio, las relaciones, el cansancio, las alegrías y los fracasos, incluso el tiempo aparentemente perdido o el amor que parece malgastado, todo se vuelve un lugar privilegiado de la revelación de Dios y de su amor infinito.
El sacerdote que tiene un corazón íntegro, sencillo y puro es contemplativo en la acción, misericordioso, fiel en la prueba y alegre en la entrega de sí. El mundo tiene una gran necesidad de pastores que no ofrezcan sólo palabras o programas, sino el testimonio vivo de un corazón reconciliado, difundiendo el buen olor de la santidad de Cristo. Una vida sacerdotal sólida y configurada con el Corazón de Jesús es signo creíble de unidad, de paz y de misericordia. Así, en un tiempo marcado por divisiones y miedos, podemos ser constructores de paz, testigos de la ternura del Buen Pastor, que sabe reunir al que está extraviado y sanar al que está herido, y nuestro celo no es agitación, sino el desbordamiento de un amor que «es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro» (Francisco, Carta enc. Dilexit nos, 28).
El Corazón de Cristo es el corazón de los santos
La respuesta a la vocación a ser santos no está tanto en el esfuerzo de ascesis y perfección, que es necesario, sino en la adhesión confiada al amor revelado en el Corazón traspasado de Jesús. El apóstol Juan nos hace contemplar el costado abierto del Crucificado (cf. Jn 19,34), donde Dios nos muestra definitivamente cómo Él es santo: no en la distancia inaccesible de una perfección separada, sino en un amor que se entrega hasta hacerse herir y que puede, por tanto, ser manantial de misericordia y de vida. El Sagrado Corazón de Jesús es la imagen por excelencia del amor de Dios: un amor omnipotente precisamente porque es capaz de hacerse vulnerable, de cambiar el dolor en gracia, el sufrimiento en esperanza.
Ese Corazón bendito, por tanto, es el “lugar” en el que la santidad se muestra como proximidad y ternura. La santidad del sacerdote entonces puede manifestarse en la cercanía humilde y valiente, en el ser de todos y para todos, manteniendo abierta la puerta del redil para que muchos puedan entrar y encontrar alimento y descanso (cf. Jn 10,9). Por eso, se nos pide una relación con Dios que no nos aleje de los hombres, sino que nos acerque a todos, que forje corazones pacientes, tiernos, capaces de cercanía, de compasión y de escucha. Así, por medio de la unión de nuestro corazón imperfecto con el Corazón traspasado de Jesús, se realiza nuestro camino de santidad. Ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros (cf. Ga 2,20). Una tal santidad no se vive en soledad. Cuiden la fraternidad sacerdotal: búsquense, escúchense, sosténganse. El sacerdote que se aísla, lentamente se apaga; el sacerdote que camina con los hermanos crece. Nos lo recuerda san Agustín: «¿Cómo evitaremos estar en tinieblas? Amando a los hermanos. ¿En qué se prueba que amamos la fraternidad? En que no rasgamos la unidad, en que mantenemos la caridad» (Homilía sobre la Segunda Carta de San Juan a los Partos II, 3).
Queridos sacerdotes, renueven cada día su “aquí estoy” ante el Corazón traspasado de Cristo. Entréguense totalmente a Él, para que puedan amar a su pueblo con el mismo amor con el que Él lo ama. Y recuerden con alegría, como le gustaba repetir al santo Cura de Ars, que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (cf. Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año Sacerdotal [16 junio 2009]: AAS 101 [2009], 569). Este amor es prenda y garantía de que nada de nosotros se perderá, si todo lo nuestro lo entregamos y ofrecemos. Les encomiendo a todos y a cada uno a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que conservó en su corazón el misterio del Hijo, nos enseñe a conservar y a hacer latir en nosotros el Corazón de Cristo, Salvador del mundo.
12 de junio de 2026, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.
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A muchos de nosotros nos han engañado alguna vez. Han abusado de nuestra confianza y hemos sido usados como objetos por personas que se aprovecharon de nuestra condición bondadosa para conseguir su interés. Fue justo ahí que descubrimos que quienes hacen esto, se burlan de nuestra caridad para perpetuarse y crear un “mundo” con nuestro mundo. Por esta razón, se puede decir que nosotros no les importamos, ya que instrumentalizan nuestra vida para subir un escalón más en su perspectiva personal.
Sin embargo, es digno admirar la gente con un corazón sano, puro, limpio; capaz de desvelarse por los demás, que se sienten a gusto colaborando y siendo útiles, ya que esto genera paz interior y felicidad placentera. Esta es la razón por la cual no es casualidad que Biblia diga en Hechos 20, 35 con toda seguridad que, “hay mayor alegría en dar que en recibir”. Es que el corazón humano solo reconoce cómo válido y digno los favores sinceros que podemos realizar por aquellas personas que apreciamos.
Como existen personas que se aprovechan de la bondad, es común observar la actitud sospechosa contra ciertas personas, porque vivimos en una sociedad que utiliza la bondad en vez de ofrecerla. La gente prestar atención con detenimiento a los individuos que se ofrecen con tanta facilidad para colaborar con otros. Por eso, no confía en los “servicios desinteresados”. Pues, como el dinero es el afán de una gran cantidad de seres humanos, se pone en tela de juicio quienes se ponen a la orden y dicen que en cualquier momento o circunstancia se le puede llamar, que ahí estarán.
Lo interesante de todo esto, es que se ha vuelto normal en la sociedad en la que vivimos, utilizar al otro para conseguir beneficios. Es un modo de vida que se reconoce como una vía rápida para tener mejor posición social. Aunque, utilizar a alguien como objeto para obtener el desarrollo persona, es, en palabras más sencillas, la nueva cultura para sentirse cómodo y con la posibilidad de saber que ya es posible lograr cualquier sueño apoyándose en una persona inofensiva y que piense que todavía todos los que están en el mundo son buenos y no tienen malicia.
En definitiva, hay que saber que utilizar al otro para alcanzar un propósito personal es abusar de su dignidad. Es no respetar la creación de Dios. Cuando se pierde el don de reconocer a quienes nos rodean, optando por mirarlo como una cosa más en el mundo, atentamos contra sus derechos y deberes, borrándose así de nuestra mente la concepción de la identidad humana. Es como si olvidáramos que los demás son importantes al igual que nosotros, ignorando por completo que aprovecharse de la bondad de los otros para alcanzar la felicidad, es individualismo, puro egoísmo de un ser humano que a lo largo de su propia existencia fue olvidando quién era y qué buscaba en este planeta.
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Seguimos profundizando y descubriendo la voz de Dios por medio de su santa palabra. El Todopoderoso nos regala siempre un soplo de vida y de esperanza, cada vez que tenemos la oportunidad de interpretar su mensaje. Es un gozo unirnos a él por medio de la participación activa y consciente de la Eucaristía, sin dudas, es hacer memoria de ese gran acontecimiento que él realizó en presencia de sus amigos, los discípulos.
«En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor». Jesús es capaz de compadecerse siempre, en esta ocasión se compadece por dos motivos, primero la gente estaba extenuada y en un segundo lugar estaba abandonada. Sentirse extenuado-cansado y abandonado es una situación humana muy incomoda, todos en la vida en un momento concreto y en una situación puntual nos hemos sentido así, pero que no nos quedemos situados y este estado se convierta en nosotros en un círculo vicioso. Pues caer, cae cualquiera, levantarse es de valientes, recuerdas, Jesús no cuenta tus caídas, pero si tus levantadas.
Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.» Cuando el Señor habla de la mies como abundante, está hablando en forma figurada, pues la mies abundante es una gran cosecha de sereales y por tanto se necesitan muchos trabajadores para recoger, guardar y cuidar en almacenes dicha cosecha. Hablando ya en un plano propiamente evangélico, nos está diciendo concretamente Jesús, que son innumerables los cristianos convertidos y por convertir y que se necesita de muchos pastores y gentes de buena voluntad, disponibles y preparadas que puedan acompañar en el crecimiento de la fe a estos hermanos. Esta es una de las razones por la cual Él llama a los discípulos y le da la potestad para que todo lo que hagan lo hagan en su nombre.
Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Éstos son los nombres de los doce apóstoles: «el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judas Iscariote, el que lo entregó».
Este primer grupo elegido y enviado, fue el inicio de innumerables hermanos llamados y enviados por Jesús y sus discípulos, para que dicha misión continuara su curso, por eso llego a decir Jesús orando en una ocasión: «Padre no solo ruego por ellos, sino por aquellos que creerán en mi por medio de sus palabras». A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayan a tierra de gentiles, ni entren en las ciudades de Samaria, sino vayan a las ovejas descarriadas de Israel. Vayan y proclamen que el reino de los cielos está cerca. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, echen demonios. Lo que han recibido gratis, denlo gratis.» Estas señales que acompañaban a los discípulos, son la manifestación gloriosa de la presencia del Reino de Dios en medio de nosotros.
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En su discurso, en parte en catalán, ha llamado a “construir armonía y comunión, más allá de toda polarización”
El Papa también ha asegurado que “la Iglesia es fruto de un acto de amor”
Por Miguel Ángel Malavia
Tras su apoteósico paso por Madrid, este 9 de junio, León XIV ha aterrizado en Barcelona. Ha sido a las 12:25 cuando ha llegado al aeropuerto El Prat para, minutos después, entrar en la catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia para rezar la hora sexta.
Después del cariñoso saludo del arzobispo barcelonés, el cardenal Juan José Omella, el Papa ha pronunciado una homilía que en buena parte ha sido en catalán. En ella, el Pontífice ha pedido “dejarnos ayudar, en nuestra reflexión, por estas dos imágenes: la Esposa y el Cuerpo”.
Asamblea rica de dones y carismas
Así, “la primera nos recuerda que la Iglesia, y en particular esta asamblea, rica de dones y carismas y de la variedad de las historias de cada uno, es ante todo una Esposa amada. Dios os ha querido aquí, porque ama en vosotros y en vuestro estar juntos una belleza y una bondad únicas y sagradas”.
Hasta el extremo de que “Él os ha elegido a vosotros para representar hoy la ‘comunidad de los santos’ (cf. 1 Co 1,2) que está en Barcelona”. Desde esta “conciencia”, ha invitado a los presentes “a renovar el propósito de caminar juntos, todos, fieles y pastores, tras las huellas de Cristo, hacia la plenitud de la vida”.
Bajo esta perspectiva, “la Iglesia es fruto de un acto de amor que la precede y que viene de Dios y, ante todo, crece dejándose amar por Él, unida, con corazón humilde y agradecido, porque solo quien se deja amar por Dios puede construir, con los demás, las obras del amor.
El clima que estamos llamados a difundir en nuestros ambientes
Soñando en alto, el Papa ha apelado al “clima que estamos llamados a difundir en nuestros ambientes, en las familias, en las parroquias, en los lugares de trabajo y de formación, en los ambientes de la Curia y en cualquier otro ámbito de vida”.
Hasta el extremo de que “Él os ha elegido a vosotros para representar hoy la ‘comunidad de los santos’ (cf. 1 Co 1,2) que está en Barcelona”. Desde esta “conciencia”, ha invitado a los presentes “a renovar el propósito de caminar juntos, todos, fieles y pastores, tras las huellas de Cristo, hacia la plenitud de la vida”.
Bajo esta perspectiva, “la Iglesia es fruto de un acto de amor que la precede y que viene de Dios y, ante todo, crece dejándose amar por Él, unida, con corazón humilde y agradecido, porque solo quien se deja amar por Dios puede construir, con los demás, las obras del amor.
El clima que estamos llamados a difundir en nuestros ambientes
Soñando en alto, el Papa ha apelado al “clima que estamos llamados a difundir en nuestros ambientes, en las familias, en las parroquias, en los lugares de trabajo y de formación, en los ambientes de la Curia y en cualquier otro ámbito de vida”.
Apelando luego a la imagen de la Iglesia como Cuerpo, el Papa ha enfatizado que, “si Cristo es el Esposo que nos amó primero, Él es también la Cabeza a la que estamos unidos como miembros de un único organismo, unos al servicio de otros”.
Así, puesto que “todos estamos animados por la acción del mismo Espíritu y llamados a la misma santidad”, el Evangelio nos recuerda que, “para nosotros, trabajar juntos no es una elección de ‘estilo’, sino una necesidad fisiológica, fundada en la gracia concedida a cada uno ‘según la medida del don de Cristo (Ef 4,7)’”.
Como partes de una única estructura viva
A todo ello “correspondemos poniendo en juego los carismas recibidos en el respeto de los ministerios confiados. Es el Espíritu quien, como partes de una única estructura viva, nos impulsa, no solo a entregarnos sin reservas allí donde la Providencia nos llama, sino a hacerlo según los designios de Dios, en la obediencia y en la confianza”.
Aunque “son muchas las imágenes con las que podríamos ilustrar la variedad y la importancia de los roles y de las misiones que encontramos entre nosotros, el mensaje es siempre el mismo: en la riqueza de los dones recibidos somos fuertes porque estamos unidos, y estamos unidos porque estamos animados por el mismo Espíritu”.
Por tanto, “es importante, para cada uno de nosotros, no permitir que nada destruya la unidad en la que Dios nos ha constituido y hacia cuya plenitud nos conduce día tras día”.
En un mundo desgarrado por guerras y divisiones
Hacia el final de su discurso, Prevost ha reiterado que “con este espíritu es que también nosotros, en un mundo desgarrado por guerras y divisiones, en una sociedad cada vez más fragmentada e individualista, queremos ser ‘mártires’; es decir, testigos y profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz, incluso a costa de sacrificios y renuncias”.
Para ello, es clave poder “responder nuestro ‘sí’, dispuestos, en lo que sea necesario, a morir a nosotros mismos, a perdernos para reencontrarnos, a renunciar a lo superfluo para construir sobre lo que es esencial y dura para siempre”.
Tras la oración, en la que el Papa ha estado acompañado dentro del templo por el cabildo, la curia diocesana, voluntarios, seminaristas y formadores, este ha bajado a la cripta para rezar ante el sepulcro de santa Eulalia.
A la salida, ha saludado y bendecido a una multitud enfervorizada. Ahí ha recibido la primera ovación estallante del pueblo catalán. Esta tarde, en la vigilia en Montjuic, llegará el momento culminante de la jornada.
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