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20/08/2026

León XIV vincula la plaga de la guerra con la crisis ecológica

 El Papa publica su mensaje para la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación y denuncia los «círculos viciosos» entre los conflictos armados y la destrucción ambiental.

Por Mateo González Alonso

La Oficina de Prensa de la Santa Sede ha difundido este jueves, 20 de agosto, el mensaje del papa León XIV para la 11.ª Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, que se celebrará el próximo 1 de septiembre de 2026.

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Bajo el lema inspirado en el libro de Isaías: «Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas» (Is 2,4), el Papa ofrece una reflexión que une de forma indisoluble la paz mundial, el respeto a la dignidad humana y la salvaguarda de la naturaleza. Se trata de una jornada en la que «se nos invita una vez más a contemplar el don de la vida y a apreciar la tierra que la sustenta, ya que son modos tangibles de alabar a nuestro Creador».

León XIV advierte sobre el convulso escenario global, marcado por la acelerada destrucción de los ecosistemas y el dolor humano. Según señala el Pontífice, «actualmente, estamos siendo testigos de múltiples crisis y de un gran sufrimiento humano. Al mismo tiempo, pareciera que la alteración del equilibrio armónico de la creación se está acelerando». Frente a este diagnóstico, enfatiza que «estos fenómenos no están disociados; son una única apelación por la sanación y la paz que brota de un mundo herido».

La guerra como destrucción ecológica, social y espiritual

El mensaje papal denuncia los devastadores efectos de las contiendas militares, cuyos daños trascienden ampliamente el campo de batalla: «La guerra deja heridas que se extienden mucho más allá del campo de batalla. Cobra vidas, desintegra a las familias y fuerza a millones de personas a abandonar sus hogares, aumentando el miedo, la injusticia y la división», asevera el Obispo de Roma.

Asimismo, advierte sobre la peligrosa espiral que combina la violencia bélica con el deterioro ecológico: «La interacción entre conflictos armados y degradación ambiental a menudo crea círculos viciosos que destruyen ecosistemas, contaminan recursos esenciales —como el aire y el agua— y merman la seguridad de los alimentos. Esto genera pobreza, desigualdad y nuevos conflictos sociales que pueden contribuir al resurgimiento de conflictos futuros».

Para el Papa, las guerras reflejan un quiebre moral de escala planetaria: «Esto pone de manifiesto un fracaso más profundo cuando se trata de vivir a imagen y semejanza de Dios, de respetar la vida y de cuidar la tierra que se nos ha confiado. No es solo un fracaso político, sino también moral y espiritual. La guerra, arraigada en deseos distorsionados y en el mal uso de la libertad y el poder humanos, constituye un antitestimonio del Evangelio de la paz».

Del «desierto interior» a la transformación espiritual

Para el Pontífice, las crisis ambientales y las guerras son el «síntoma de una profunda dicotomía arraigada en la misma humanidad». Recordando las palabras de Benedicto XVI, quien señalaba que «los desiertos exteriores se multiplican en el mundo porque se han extendido los desiertos interiores», León XIV enfatiza que la sanación del planeta exige una renovación del espíritu.

«Para construir una sociedad pacífica, debemos entonces no solo reformar estructuras, sino renovar nuestros corazones», sostiene el Papa. Explica que el llamamiento de Isaías a forjar arados de las espadas «no es solo una visión que atañe a las naciones, sino una llamada a cada persona. Nos invita a transformar la herida en vida». Sin embargo, aclara que «en ausencia de esta transformación interior, la paz permanecerá frágil y será efímera. Pero donde los corazones se renuevan, comienzan a abrirse nuevas posibilidades».

Reorientar los gastos bélicos

En una propuesta concreta dirigida a la comunidad internacional, el Papa exhorta a redirigir los presupuestos militares hacia fines humanitarios: «Lo que ha sido utilizado para la destrucción puede ser redirigido hacia la vida: al cuidado de los pobres, al sustento alimentario de los hambrientos y al cuidado de la creación».

«Imaginémonos un mundo en el que los esfuerzos que actualmente se invierten en la guerra fueran dirigidos al desarrollo humano integral, al combate de la pobreza, a la protección de la dignidad humana y a la reconciliación de la gente que está dividida. Un panorama así refleja la fe en la venida del Reino de Dios», propone.

Frente a la carrera armamentística, el Pontífice resalta que «los auténticos instrumentos para la construcción de la paz no son las armas destructivas; al contrario, lo son la verdad, el diálogo, la paciencia, la bondad, la justicia, la misericordia, la comprensión, el cuidado y el amor».

Aunque reconoce la enorme magnitud de los retos actuales, el Papa anima a la humanidad a mantener la esperanza y a colaborar activamente en la obra divina. «Si asumimos esta tarea con humildad y fe, nos volveremos colaboradores en la obra renovadora de Dios. Avanzaremos despacio pero firmes, desde el desierto hacia el jardín, de la división a la comunión y de la violencia a la paz», concluye León XIV, pidiendo a Dios la valentía «para que en nuestro tiempo, con las espadas realmente se forjen arados, que la promesa del Evangelio se arraigue en nuestro mundo y que la paz de Cristo reine sobre toda la creación».


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19/08/2026

Papá, mira a papá Dios

 Por Gegorio Bautista

Un domingo, mientras vivia un retiro (convivencia), con mi comunidad (7ma Com de Paz y Bien), salí un momento a atender a mi hija Verónica, que quería jugar fuera. En el patio interior de aquella casa de retiro, había una imagen de Jesucristo.

Verónica comenzó a correr de un lado para otro hasta que, en un momento, se detuvo, miró hacia la imagen y me dijo: Papá, mira, Papá Dios.

Después se movió unos pasos, buscó otro ángulo y volvió a decirme: Papá, mira, Papá Dios. Se movió nuevamente y me dijo: De aquí también se ve, Papá Dios. Cada vez que cambiaba de lugar, intentaba comprobar si todavía podía verlo y cuando desde algún punto no lograba distinguir la imagen, simplemente seguía caminando, se acercaba, buscaba otro lugar y volvía a mirar.

Yo la observaba y, en medio de la sencillez de aquel momento, sentí que el Señor me estaba enseñando algo.

¿Cuántas veces en mi vida dejo de ver a Dios simplemente porque cambio de lugar?

A veces no es que Dios haya desaparecido. Soy yo quien ha dejado de buscarlo. Cambian las circunstancias, llegan los problemas, aparecen decisiones difíciles, vivimos momentos de incertidumbre, nos cansamos o nos distraemos y, sin darnos cuenta, dejamos de mirar hacia la fuente.

Verónica, sin saberlo, me recordó algo que Jesús dijo: Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos (Mt 18,3).

Ser como niños no significa vivir sin responsabilidades ni criterio. Significa recuperar un corazón capaz de mirar con sencillez, confiar y buscar. El niño no se complica demasiado. Si quiere ver algo, se mueve hasta encontrar el ángulo. Si no lo ve, se acerca, si vuelve a perderlo de vista, lo busca otra vez.

Quizás eso es lo que muchas veces nos falta en nuestra vida de fe: la insistencia para volver a mirar a Cristo.

Porque no siempre podremos verlo todo con claridad. Habrá momentos en los que la situación parezca oscura, decisiones en las que no sepamos qué camino tomar, días en los que nuestra oración parezca seca y momentos en los que sintamos que Dios está lejos. Pero que yo no lo vea no significa que Él haya dejado de estar.

La pregunta entonces no debería ser solamente ¿Dónde está Dios?, sino también ¿Desde dónde lo estoy mirando?

La Iglesia me ha enseñado que mi historia no está separada de Cristo. Él ha entrado en mi realidad, ha conocido mis heridas, ha cargado mis infiernos y me ha mostrado una identidad que muchas veces yo mismo no sabía reconocer. En Él he podido encontrar sentido donde antes solo veía pobreza, límites, heridas o fracaso.

Por eso, mirar a Cristo no puede ser un ejercicio reservado para la iglesia, la oración o los momentos de tranquilidad. También tengo que aprender a buscarlo en mis decisiones, en mi familia, en el trabajo, en las dificultades, en mis relaciones y hasta en aquellas circunstancias que no entiendo.

¿Qué pasaría si antes de tomar una decisión intentáramos buscar a Cristo? ¿Qué pasaría si antes de reaccionar ante un problema nos preguntáramos dónde está Él en medio de esto? ¿Qué pasaría si antes de mirar lo que nos falta, buscáramos aquello que Dios ya está haciendo?

Quizás nuestra vida cambiaría.

Ese domingo, Verónica no hizo una gran reflexión ni pronunció un discurso. Simplemente quería seguir viendo a (Papá Dios). Quizás ahí está la enseñanza que me regaló sin darse cuenta.

Jesús nos invita a volver a ser como niños porque necesitamos recuperar esa capacidad de maravillarnos ante su presencia y de buscarlo con un corazón sencillo.

Me buscaréis y me encontraréis cuando me busquéis de todo corazón (Jr 29,13).

Porque quizás el problema no es que Dios haya dejado de estar delante de nosotros. Quizás simplemente hemos dejado de mirar.

Y tal vez hoy Cristo también nos está diciendo, a través de la sencillez de un niño:

Mira aquí estoy yo.

Comunícate con el autor: bautista.gregorio30@gmail.com

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15/08/2026

“LA MUJER CANANEA”

 Por José De los Santos Jiménez.  San Juan de la Maguana

Hoy celebramos el Vigésimo (XX) Domingo del Tiempo Ordinario. También conmemoramos el de Día de la Restauración de nuestra Independencia Nacional. En este día recordamos con inmensa alegría nuestra segunda Independencia, es decir, después de la primera Independencia, un grupo de dominicanos valientes declararon guerra a España, ya que en el año 1861 el presidente Pedro Santana anexó el País a España con el pretexto de “protegernos” de Haití y de la bancarrota. Todo fue una traición.

En el estribillo del salmo ya nos damos cuenta por dónde va el sentido profundo de este Domingo: “Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”. Conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.

Por su parte en el Evangelio encontramos que: En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”. Lo primero es que esta mujer cananea usa dos palabras poderosas al referirse a Jesús, la primera, ten compasión y la segunda, Hijo de David, en esta expresión manifiesta esta cananea una confianza grande en Jesús y a la vez refleja una profesión de fe fuete y grande al declarar a viva voz de manera implícita que está frente al Mesías.   “Mi hija tiene un demonio muy malo.” Él no le respondió nada.

Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: “Atiéndela, que viene detrás gritando.” Extraña la postura y la actitud de Jesús, ante la petición de la mujer, no responde nada. Interesante la intervención de los discípulos dirigirse a su Maestro: “Atiéndela, que viene detrás gritando.” Él les contestó: “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.” Que estarían pensando los discípulos al pedirle a Jesús que atienda a esta señora, tendrían el interés de que Jesús intervenga favoreciendo la petición y la súplica de aquella mujer, o por el contrario los gritos de la cananea les era incomodo a sus oídos.

 Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: “Señor, socórreme.” La mujer sabe muy bien a quien le pide y lo que está pidiendo, no se inmuta ante la respuesta de Jesús: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”, Pero ella repuso: “Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.” Si la actitud de esta cananea/ sirofenicia en su primer contacto con Jesús lo sorprendió, mayor fue su sorpresa al escuchar sus últimas palabras.  

La respuesta de Jesús busca provocar algo concreto en esta mujer, no es un reproche, es más bien probar la fe de la cananea y sacarles una concepción errónea a todos los presentes, incluyendo los discípulos, cuando Jesús usa la palabra perros se refiere directamente a los no judíos, a los gentiles, los hijos son los israelitas, él abre la posibilidad de salvación a todos, sin excluir a nadie, sin importar raza, lengua o nación, todos tenemos derecho a salvarnos, no solo los hijos de Israel.

 Por eso ante la respuesta de la cananea Jesús le respondió: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.” En aquel momento quedó curada su hija. La mujer primero mostro humildad en grado sumo frente al Maestro, discutió no por orgullo, sino por necesidad, creyó sin vacilar que hasta las migajas que le sobran a Jesús eran más que suficiente para hacer un milagro completo. Sabía que la gracia de Dios no se acaba, es ilimitada, esta mujer nos enseña que no necesitamos el pan completo de los hijos, bastan solo unas migajas de la presencia de Dios para cambiarlo todo.

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14/08/2026

Celebrando la Restauración de la República Dominicana

 Por Leonor María Asilis Elmudesi

Cada 16 de agosto, nuestro país se detiene para recordar uno de los momentos más gloriosos de su historia: la Restauración de nuestra Independencia.

Se podría decir que resuena con fuerza en nuestros corazones el eco vivo de un pueblo que, en 1863, se negó a vivir bajo la anexión española y decidió recuperar su soberanía con sangre, con sacrificio y con mucha fe.

Con estas líneas pretendo que esta nueva celebración se convierta en un llamado profundo al amor de nuestra patria y a nuestro compromiso, y me refiero al personal, al tuyo y al mío desde el lugar exacto donde nos encontremos para poder así fortalecerla y engrandecerla no solo con propósitos y palabras sino con acciones concretas en favor de la nación, siempre a la luz de los valores cristianos que han forjado nuestro espíritu nacional.

Recordemos que la Guerra de la Restauración no fue un accidente histórico sino la respuesta de un pueblo que ya había conocido la libertad y no estaba dispuesto a renunciar a ella. Vemos cómo después de la anexión a España en 1861, impulsada por quienes creyeron ver en la corona una solución a los problemas internos, el descontento creció rápidamente teniendo su génesis en Capotillo el 16 de agosto de 1863, desde donde se extendió como fuego por todo el territorio. Evocamos a Gregorio Luperón, Santiago Rodríguez, Benito Monción y tantos héroes anónimos que defendieron la patria hasta con la vida.

La Restauración nos enseña que la independencia es un don conquistado traducido en libertad. Hoy, más de un siglo y medio después, los desafíos son distintos, pero la necesidad del compromiso es la misma. Hoy son otros flagelos que nos afectan. No pienso detallarlos porque todos los conocemos. Es preferible sumarnos a la proactividad y preguntarnos ¿desde dónde puedo contribuir a fortalecer y engrandecer esta tierra que nos vio nacer?

Desde ese espacio concreto donde Dios nos ha colocado podemos construir o destruir la patria. Un padre y una madre que educan a sus hijos en la fe cristiana, el respeto, la honestidad y el amor al trabajo ya están restaurando la nación. Un maestro que enseña no solo matemáticas o historia, sino dignidad y responsabilidad cívica sobre todo con su ejemplo está formando ciudadanos capaces de defender lo que es nuestro. Un empresario que genera empleos dignos, un agricultor que cuida la tierra, un médico que atiende con vocación, un policía que sirve con integridad: todos ellos, desde su trinchera, son verdaderamente restauradores.

Nuestro compromiso tiene un fundamento espiritual importante que no podemos ignorar. La República Dominicana es una nación de profundas raíces cristianas. Desde los tiempos de la evangelización hasta los días de la Restauración, la fe ha sido faro y consuelo. Muchos de los héroes de 1863-1865 lucharon no solo por la independencia política, sino por la posibilidad de vivir según su conciencia y su creencia. Los valores cristianos —la dignidad de la persona, la justicia, la solidaridad, el perdón, la esperanza— no son adornos opcionales de nuestra identidad; son el cimiento sobre el cual se puede edificar una sociedad verdaderamente libre y próspera.

Cuando Jesús enseña que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos, está señalando el camino para el amor a la patria. Porque la patria no es solo un terreno; es mucho más que eso, es nuestra gente, es nuestro pueblo. Es nuestro compañero de trabajo, el niño que juega en la esquina, el anciano que espera atención en el hospital, etc. Amar a la patria es amar a cada uno, y trabajar por ellos. Es rechazar lo mal hecho en nuestras instituciones. Es practicar la honestidad aunque nadie nos vea. Es rechazar la violencia y promover la paz.

La celebración de la Restauración debe, por tanto, convertirse en un examen de conciencia personal y colectivo. Debemos preguntarnos si estamos usando nuestro radio de acción para fortalecer o para debilitar. ¿Estamos educando a las nuevas generaciones en el orgullo de ser dominicanos, o mejor dicho, estamos siendo irresponsables al no educarlas en valores y advertirles e incentivarles a no caer en los antivalores que promueven ciertos medios? ¿Estamos cultivando la unidad nacional por encima de las diferencias políticas, regionales o sociales, o alimentamos divisiones que solo benefician a quienes desean ver a la República dividida?

Los valores cristianos nos ofrecen un antídoto poderoso contra la desesperanza. La fe nos recuerda que ningún esfuerzo por el bien es inútil. Que la cruz, símbolo de sacrificio y victoria, nos invita a no rendirnos ante las dificultades. Los restauradores de 1863 no esperaron condiciones perfectas para actuar; actuaron en medio de la adversidad porque creían que la libertad valía la pena. Hoy, en medio de nuestros propios desafíos, estamos llamados a la misma determinación.

Desde el campo y la ciudad, desde el norte y el sur, desde el este y el oeste, cada dominicano tiene una misión. El joven que estudia con disciplina está preparándose para servir mejor a su país. El profesional que ejerce su carrera con ética está levantando el prestigio de la nación. El servidor público que resiste la tentación de la corrupción está defendiendo el bien común. El artista que canta, pinta o escribe sobre nuestra historia y nuestras esperanzas está fortaleciendo el alma colectiva. El creyente que ora por su país y vive su fe con coherencia está invocando la protección divina sobre esta tierra.

La Restauración nos legó una lección esencial: la soberanía se gana y se mantiene con el esfuerzo de todos. No hay héroes suficientes si el pueblo permanece pasivo. No hay gobierno capaz de transformar la realidad si los ciudadanos no asumimos nuestra cuota de responsabilidad. Por eso, el verdadero homenaje a los próceres de la Restauración no es solo recordar sus nombres, sino imitar su espíritu de entrega. Es decidir, cada mañana, que desde nuestro radio de acción vamos a contribuir a que la República Dominicana sea más justa, más próspera, más unida y más fiel a los valores que la han sostenido a lo largo de su historia.

Que esta celebración no sea solo un día de fiesta, sino el inicio renovado de un compromiso permanente. Que cada dominicano, al mirar la bandera ondear el 16 de agosto, sienta no solo orgullo, sino responsabilidad. Que surja la pregunta en nuestro interior: ¿qué puedo hacer yo, desde donde estoy, para fortalecer y engrandecer esta patria? Y que la respuesta no quede en palabras, sino que se traduzca en hechos concretos de honestidad, servicio, solidaridad y fe.

Porque la patria no se construye solo en los grandes momentos históricos. Se construye todos los días, en los pequeños actos de quienes aman de verdad. Y porque, como nos recuerda la fe en Cristo nuestro Señor, el amor verdadero se demuestra con obras. Que el espíritu de la Restauración viva en nosotros. Que nuestro amor a la patria no sea solo un sentimiento, sino una decisión cotidiana. Y que, desde cada radio de acción, contribuyamos a que la República Dominicana sea cada día más digna de los sacrificios de quienes la liberaron y de la esperanza de quienes aún no han nacido.

Solo así podremos decir, con legítimo orgullo y profunda responsabilidad, que somos dignos herederos de la Independencia y de la Restauración y constructores activos de una nación más fuerte, más justa y más fiel a su vocación cristiana y patriótica.

¡Que Dios bendiga a nuestra República Dominicana!

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13/08/2026

No estamos solos: la fe y la confianza en Dios en medio de las tribulaciones

 

La presencia del Espíritu Santo sostiene al creyente cuando las dificultades parecen superar sus fuerzas

Por Yeuris Mael Solano Rosario

“Bendito el hombre que confía en el Señor y pone su confianza en él. Será como un árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme que llegue el calor y sus hojas están siempre verdes. En época de sequía no se angustia y nunca deja de dar fruto” (Jr 17, 7-8).

Hay momentos en la vida en los que las circunstancias parecen ponerse en nuestra contra. Llegan las dificultades, las pérdidas, las incertidumbres, las enfermedades, los problemas familiares, las crisis económicas o las situaciones que escapan completamente de nuestro control. En esos momentos, una pregunta puede aparecer en lo más profundo del corazón: ¿dónde está Dios cuando estamos sufriendo?

La respuesta de la fe no significa que el creyente esté libre de problemas. Tampoco significa que quien confía en Dios nunca experimentará dolor. La fe nos enseña algo mucho más profundo: Dios permanece a nuestro lado incluso cuando atravesamos el valle de la dificultad.

Jesús mismo quiso dejar esta certeza en el corazón de sus discípulos antes de su partida:

“Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre” (Jn 14, 16).

Esta promesa continúa siendo actual. El cristiano no camina solo. En medio de las tribulaciones, cuenta con la presencia del Espíritu Santo, el Consolador, aquel que fortalece, guía, ilumina y sostiene.

En ocasiones podemos pensar que, por ser cristianos, estamos llamados a vivir una existencia sin dificultades. Sin embargo, la Sagrada Escritura nos muestra exactamente lo contrario.

Los grandes hombres y mujeres de fe también atravesaron momentos de dolor, incertidumbre y prueba. Su grandeza no estuvo en haber evitado las dificultades, sino en haber mantenido la confianza en Dios mientras las atravesaban.

Uno de los ejemplos más significativos es Job. La Biblia lo presenta como un hombre justo, recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Sin embargo, su vida fue golpeada por la pérdida de sus bienes, de sus seres queridos y de su estabilidad.

Ante semejante tragedia, Job pudo haber renunciado a su fe. Pudo haber culpado a Dios o haber considerado que todo había perdido sentido. Pero, en medio de su dolor, se postró y adoró al Señor.

Su historia nos recuerda que la fe verdadera no consiste únicamente en confiar en Dios cuando todo marcha bien. La verdadera fe también se manifiesta cuando no entendemos lo que está sucediendo y, aun así, decidimos seguir confiando.

Las pruebas pueden convertirse en momentos de crecimiento espiritual. No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo, sino porque, con la ayuda de Dios, podemos descubrir en medio de él una fortaleza que desconocíamos.

La historia de Abraham es otro ejemplo. Dios puso a prueba su fe al pedirle que ofreciera a su hijo Isaac. Abraham obedeció y confió, aun cuando humanamente aquella petición resultaba difícil de comprender. En el momento decisivo, Dios intervino.

Abraham quedó como uno de los grandes referentes bíblicos de la confianza en Dios.

Su historia nos plantea una pregunta que sigue teniendo vigencia: ¿qué hacemos cuando Dios parece conducirnos por caminos que no comprendemos?

La respuesta de la fe consiste en continuar caminando, aun cuando no tengamos todas las respuestas.

Existe una expresión muy conocida entre los creyentes: “El tiempo de Dios es perfecto”.

No siempre es fácil aceptar esta afirmación cuando estamos atravesando una situación dolorosa. Cuando sufrimos, queremos respuestas inmediatas. Queremos que el problema termine cuanto antes. Queremos comprender por qué ocurrió aquello que nos duele.

Pero la fe nos invita a mirar más allá de la circunstancia inmediata.

Cada amanecer puede ser una nueva oportunidad para descubrir qué quiere Dios de nosotros. Cada dificultad puede llevarnos a preguntarnos no solamente “¿por qué me está pasando esto?”, sino también “¿qué puedo aprender y qué puedo hacer desde la fe ante esta situación?”

Quizás Dios nos está llamando a fortalecer nuestra familia. Tal vez nos invita a acercarnos nuevamente a Él. Quizás nos pide ayudar a una persona que está sufriendo más que nosotros. Puede ser incluso una oportunidad para descubrir que nuestra vida tiene una misión que va más allá de nuestras propias necesidades.

Por eso, en medio de las tribulaciones debemos preguntarnos: ¿qué quiere Dios que haga por mi vida, por mi familia, por mi vecino, por mi amigo, por mi comunidad y por mi país?

Cuando los discípulos le dijeron a Jesús: “Auméntanos la fe”, el Señor respondió:

“Si tuvieran fe como un grano de mostaza, podrían decir a este árbol: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y les obedecería” (Lc 17, 5-6).

Los discípulos pensaban en la cantidad de fe. Jesús, en cambio, les mostró el poder de una fe auténtica.

No siempre necesitamos una fe que parezca enorme. Necesitamos una fe firme, sincera y perseverante.

Una pequeña semilla puede convertirse en un gran árbol si encuentra tierra fértil, agua y las condiciones necesarias para crecer. De la misma manera, una fe que quizás hoy parece pequeña puede crecer cuando es alimentada mediante la oración, la Palabra de Dios, la Eucaristía, la caridad y la confianza.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente cuánto creemos, sino cómo estamos viviendo aquello que creemos.

En medio de esta reflexión adquiere especial importancia la promesa de Jesús:

“Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre” (Jn 14, 16).

Jesús sabía que sus discípulos tendrían que enfrentar momentos difíciles. Por eso no quiso dejarlos desamparados.

La promesa del Espíritu Santo significa que la presencia de Dios no desaparece cuando llegan las dificultades.

Hay momentos en que podemos sentirnos solos, pero no estamos solos.

Hay momentos en que podemos sentir que nuestras fuerzas se terminan, pero Dios puede renovar nuestras fuerzas.

Hay momentos en que no encontramos respuestas, pero podemos seguir caminando confiados en que el Señor permanece junto a nosotros.

El Espíritu Santo es esa presencia que ilumina nuestro camino, fortalece nuestra esperanza y nos ayuda a mantenernos firmes cuando las circunstancias intentan hacernos caer.

Las tribulaciones forman parte de nuestra existencia. Ninguna persona está completamente exenta de ellas. Sin embargo, desde la perspectiva cristiana, el sufrimiento no tiene la última palabra.

La última palabra la tiene la esperanza.

La última palabra la tiene el amor de Dios.

La última palabra la tiene la vida.

Por eso, cuando atravesemos momentos difíciles, no debemos permitir que el miedo destruya nuestra confianza. Tampoco debemos interpretar una dificultad como una señal de que Dios nos ha abandonado.

El profeta Jeremías compara al hombre que confía en Dios con un árbol plantado junto al agua. El calor puede llegar. Puede llegar la sequía. Pueden presentarse circunstancias adversas. Pero sus raíces permanecen conectadas a la corriente.

Esa es una hermosa imagen de la vida cristiana.

Las circunstancias pueden cambiar, pero nuestras raíces deben permanecer en Dios.

Hoy, más que nunca, necesitamos recuperar una fe capaz de sostenernos en medio de las incertidumbres. Una fe que no sea solamente de palabras, sino que se traduzca en esperanza, solidaridad, oración y servicio.

Dios, que es rico en misericordia, no nos abandona. Incluso cuando atravesamos los momentos más difíciles, Él permanece presente.

Por eso, queridos hermanos y hermanas en la fe, no tengamos miedo de confiar en Dios.

Cuando las fuerzas disminuyan, oremos.

Cuando no encontremos respuestas, confiemos.

Cuando llegue la prueba, permanezcamos firmes.

Cuando sintamos que estamos solos, recordemos la promesa de Jesús: el Padre nos ha dado al Consolador para que permanezca con nosotros para siempre.

Que la paz y el amor de Dios, junto con la presencia del Espíritu de la verdad, nos acompañen siempre en nuestro caminar. Que el Señor nos proteja de los males y peligros que nos acechan y nos conceda una fe capaz de permanecer firme aun en medio de las tormentas.

Y que, sostenidos por esa fe y esa confianza en Dios, podamos seguir dando frutos, aun cuando atravesemos tiempos de sequía.

Porque quien coloca sus raíces en Dios puede enfrentar el calor sin perder la esperanza, atravesar la sequía sin dejar de confiar y continuar dando frutos aun en medio de las tribulaciones.

¡Bendiciones!

Yeuris Mael Solano Rosario.  Escríbele al autor: yeurismael.cme@gmail.com
Licenciado en Filosofía y Teología

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