AIRE96FM

15/06/2026

LA SENCILLEZ Y HUMILDAD DE UN SACERDOTE

 POR CÉSAR DALMASÍ

cesardalmasi@hotmail.com
El autor es periodista.

La iglesia Católica y la única creada por Jesús, alberga en su seno a hombres y mujeres consagrados, que han sabido tomarse muy en serio los principios y cánones no sólo de la iglesia, sino especialmente los postulados que indican los setenta y tres libros de la Biblia.
Lo anterior lo afirmamos porque desde muy joven he estado ligado y bien de cerca con sacerdotes, monjas, diáconos, feligreses y fieles que verdaderamente se han comprometido con la fe cristiana, los cuales han mostrado gran vocación y entrega al servicio a favor de los demás.

En particular me voy a referir al escritor reverendo Padre Antonio Méndez, oriundo de un campo de la Vega en República Dominicana, quien es el actual párroco de la Parroquia Inmaculada Concepción de la Urbanización Italia, en Santo Domingo Este, que por cierto aquí ha transformado favorable y positivamente a toda esta comunidad parroquial.

El Padre Antonio posee varios títulos universitarios, es licenciado en Contabilidad, CPA y en ciencias religiosas; al día de hoy lleva cerca de cinco lustros de consagración sacerdotal, de los cuales ha servido como vicario de las Parroquias Perpetuo Socorro del Barrio Simón Bolívar, Santa Clara del Ensanche Capotillo, también administrador en la San Mateo de Villas Agrícolas, encargado y administrador en la San Juan Bautista del Barrio la Zurza.

Ha sido en dos ocasiones Arcipreste de la Zona Ozama de la Arquidiócesis de Santo Domingo y asesor de la Renovación Carismática de la misma Arquidiócesis, también fue Párroco de la Parroquia San Rafael Arcángel del barrio 24 de Abril y administrador de la Parroquia Ascensión del Señor del barrio Las Cañitas.
Es justo destacar que en la Parroquia Inmaculada Concepción en donde actualmente es Párroco, aquí ha dignificado el presbiterio con finas losas, construyó con gran sacrificio y esfuerzo una casa sacerdotal, ya que la parroquia no tenía un lugar decoroso para que el sacerdote pueda alojarse con dignidad, construyó un salón parroquial, colocó verjas en todo perímetro parroquial, proveyendo así más seguridad al entorno, entre otras obras físicas.

Es notable cómo el referido sacerdote ha remozado no únicamente el aspecto físico de la parroquia, sino que es admirable la manera en cómo él ha transformado toda la comunidad, la cual espiritualmente ha crecido exponencialmente, por su intervención; el referido sacerdote ha logrado hermanar toda su comunidad y hoy se percibe gran armonía, a pesar de las debilidades que la naturaleza humana siempre arrastra.

El Padre Antonio Méndez como todos le conocemos, es un pastor de gran vocación y sensibilidad, posee en su historia humana y pastoral, una extraordinaria impronta que le da un profundo olor a ovejas, siempre alegre y dispuesto, nunca hace sentir mal a nadie, escucha a todos y jamás se niega a visitar a un enfermo y constantemente da asistencia pastoral a su comunidad.

Él ha sabido penetrar y dejar como marca indeleble e inmarcesible en la profundidad del alma de sus feligreses, esa humildad, sencillez y mansedumbre que le caracterizan, dando así, ejemplo de una gran virtud, con lo que definitivamente imita al nazareno, es decir, al mismísimo que salió de aquel pequeño poblado en Nazaret de Galilea para salvar a la humanidad.

El reverendo Antonio Méndez es un ser humano poseedor de una gran virtud, digno no únicamente de los mejores elogios, encomios y admiración, sino merecedor de ser imitado por sus congéneres, por su sencillez, humildad y mansedumbre, pero además él es de esas personas que como ser humano y en su condición de pastor sabe dejarse querer.

En su paso por toda su labor y trayectoria sacerdotal, siempre deja una estela imborrable e impregna una marca de amor en el corazón de todos, es afable, abierto y poseedor de un don y una bonhomía especial, siempre con una sonrisa dibujada en su rostro y con un corazón alegre, porque su lema es “Nunca hacer mal a nadie, ni hacer sentir mal a los demás.”

Sin lugar a dudas, el Padre Antonio es un sacerdote de un corazón puro y noble, adornado de las más hermosas cualidades y virtudes, lo que es palpable en el primer contacto con éste consagrado de nuestra Iglesia Católica; debo reconocer que como él, personalmente conozco a otros sacerdotes verdaderamente comprometidos con la iglesia y con su consagración; que Dios bendiga la vida, la obra y la misión de tan noble sacerdote, quien con su prédica y ejemplo empuja a su feligresía a que puedan vivir para siempre.

Finaliza el Papa agradeciendoles “porque me sostienen cada día con sus oraciones, especialmente cuando recitan el santo rosario. Se lo agradezco de corazón y les dejo este deseo: que el Señor les renueve siempre en la fe, en la esperanza y en la caridad, ¡Él, que nunca se olvida de nosotros!”, dice. 

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MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV PARA LA VI JORNADA MUNDIAL DE LOS ABUELOS Y DE LAS PERSONAS MAYORES

 (Fiesta de los Santos Joaquín y Ana: 26 de julio de 2026. En la República Dominicana, del de los padres)

Yo no te olvidaré (Is 49,15)

Queridos hermanos y hermanas:

Por boca del profeta Isaías el Señor promete que no se olvidará nunca de ninguno de nosotros. Nos asegura que nuestros rostros los lleva tatuados en las palmas de sus manos (cf. Is 49,16) y que su amor es más grande que el de una madre por su hijo (cf. Is 49,15). El profeta nos permite entrever un diálogo íntimo y personal en el que Dios se dirige a cada uno y al pueblo tratándole de “tú”. También hoy podemos leer estas palabras dirigidas a nosotros y cada uno puede escuchar ese “nunca te olvidaré” como referido a sí mismo.

Son palabras que nos llenan de consuelo y de confianza. Son la respuesta a un angustioso sentimiento que agita el corazón: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado» (Is 49,14). ¡Cuántas veces en la Sagrada Escritura, en particular en los salmos, la oración nace de la desorientación de quien tiene la impresión de que la propia vida no le interesa a nadie y se desprecia a uno mismo! La dolorosa sensación de ser olvidados, desafortunadamente, es común en muchas personas, especialmente entre los mayores.

Sin embargo, el amor de Dios, que no olvida a ninguno, se presenta como acto de justicia y respuesta al anonimato, en el cual muy frecuentemente la vida humana acaba por perderse. En particular, sobre la vida de muchos mayores parece haberse extendido un velo que difumina los rasgos de los rostros y los cubre con el olvido. Es lo que sucede en las casas donde reina la soledad y también en aquellos lugares de hospitalización donde la singularidad de cada persona corre el riesgo de ser reducida al número de su cama o a su patología.

La celebración de la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores es una oportunidad para redescubrir que la Iglesia está llamada a ser madre de todos y que en cualquier edad es posible descubrirse siempre como hijos e hijas de Dios. Que esta Jornada sea, por lo tanto, un estímulo para todos, en particular para los más jóvenes, y así retomar la bella costumbre de visitar a los propios abuelos, los mayores de la familia y también a aquellos que no reciben ninguna visita. Llévenles, junto con este mensaje y su presencia, la cercanía y el afecto del Papa. Háganlo de tal modo que las palabras del profeta “Yo nunca te olvidaré” adquieran la forma de un tierno y afectuoso encuentro. «En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad» (Carta enc. Magnifica humanitas, 239).

La Iglesia conoce el sufrimiento de sus hijos más mayores, sabe bien que muchas veces se les mira con prejuicios y se les considera un peso; es sabedora de que una economía concentrada sobre el beneficio debilita las relaciones familiares; sabe que muchos ancianos son abandonados por los hijos que se ven obligados a migrar o, en algunos casos, a combatir en la guerra. Por cada uno de estos motivos, se alegra de anunciar la promesa del Señor: “Yo nunca te olvidaré”.

Es agradable descubrir a cualquier edad, pero especialmente cuando no se es ya joven, como dijo el beato Juan Pablo I, que somos destinatarios «de parte de Dios de un amor atemporal. Sabemos: tiene siempre abiertos los ojos sobre nosotros, incluso cuando parece que sea de noche. Es padre; más aún, es madre» (Ángelus, 10 septiembre 1978). Aunque no sea espontáneo pensar así, la verdad es que ni siquiera cuando somo mayores dejamos de ser hijos e hijas, y por eso sigue siendo válida cada día la invitación a volver a los brazos de Dios, cuyo amor es paternal y maternal a la vez.

El descubrimiento de la ternura de Dios, para muchos, sucede en el transcurso de la existencia, muchas veces propiamente en el último tramo de la vida. De hecho, cada vez más frecuentemente, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, es posible hacerse mayores sin haber tenido una experiencia real de fe. La edad avanzada, en este caso, a partir de las preguntas que nos hacemos con más urgencia en esta etapa de la vida, puede convertirse en el tiempo oportuno para iniciar o retomar una vida espiritual. En este nuevo camino se puede reconocer que Dios, como dice san Agustín, «es madre porque calienta, porque nutre, porque amamanta, porque custodia» (Comentario al Salmo 26, II, 18). Es una conciencia que ayuda a no sentir vergüenza por la fragilidad que aparece y también a comprender que todos, siempre, tenemos necesidad los unos de los otros y requerimos atención y cuidados. A Dios, que se hace prójimo y al que aprendemos a reconocer en su ternura, podemos dirigirnos ahora con filial confianza en la oración. Nunca es demasiado tarde para comenzar a dirigirse a Él. Puede ser un gran don para todos.

Queridos mayores, el Papa Francisco hablaba de ustedes como de un “nuevo pueblo” (Catequesis, 23 febrero 2022), en tanto que el número de personas avanzadas en edad nunca había sido así de elevado en la historia humana. Es cuanto más importante, pues, con ustedes, “nuevo pueblo”, reflexionar sobre cuál puede ser nuestra vocación cuando la fragilidad, que acompaña al hombre desde su nacimiento, parece tomar el control. Quiero decirles: ¡no tengan miedo de la fragilidad! Propiamente esta debilidad lleva consigo una nueva potencialidad que ilumina también las demás edades de la vida. De hecho, cuando es aceptada y reconocida, la fragilidad «abre el corazón a la ayuda mutua y a la invocación de Aquel que puede dar lo que ningún poder humano es capaz de garantizar: la reconciliación profunda de los corazones y con ello la paz verdadera» (Encuentro con la comunidad argelina, Basílica de Nuestra Señora de África, Argel, 13 abril 2026).

De esta forma podemos vivir como cristianos el tiempo de la ancianidad: “frágiles”, pero al mismo tiempo “llamados”. Un hombre y una mujer pueden renacer cuando son mayores (cf. Jn 3,4-6) y exclamar con el profeta: «Su salvación está en convertirse y en tener calma, su fuerza está en confiar y estar tranquilos» (Is 30,15). Una fuerza que puede convertirse en una invitación a no recurrir a los caminos de la arrogancia y del poder para garantizar la convivencia humana, sino a los caminos de la reconciliación y de la paz verdadera. En este tiempo, marcado de una manera tan fuerte por la violencia bélica y social, muchos se interrogan acerca de cómo será el mundo en el cual crecerán los propios nietos. Les exhorto, queridos hermanos, a unirse a mí en la oración constante para que llegue pronto la paz al mundo entero.

Hermanas y hermanos mayores: les agradezco porque me sostienen cada día con sus oraciones, especialmente cuando recitan el santo rosario. Se lo agradezco de corazón y les dejo este deseo: que el Señor les renueve siempre en la fe, en la esperanza y en la caridad, ¡Él, que nunca se olvida de nosotros!

Vaticano, 15 de junio de 2026

LEÓN PP. XIV

Copyright © Dicasterio para la Comunicación – Libreria Editrice Vaticana

Finaliza el Papa agradeciendoles “porque me sostienen cada día con sus oraciones, especialmente cuando recitan el santo rosario. Se lo agradezco de corazón y les dejo este deseo: que el Señor les renueve siempre en la fe, en la esperanza y en la caridad, ¡Él, que nunca se olvida de nosotros!”, dice. 

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Jornada Mundial de los Abuelos: La Iglesia está llamada a ser madre de todos

 El Papa León XIV hace un llamamiento a los abuelos a perseverar en la fe durante la fragilidad, y los invita a rezar por la paz: “en cualquier edad es posible descubrirse siempre como hijos e hijas de Dios”.

Johan Pacheco – Fuente: Vaticannews.va

“Yo nunca te olvidaré (Is 49,15)”, es la cita bíblica que inspira el mensaje del Papa León XIV para la jornada mundial de los abuelos y mayores publicado este 15 de junio. Reflexionando sobre la tarea de la Iglesia “llamada a ser madre de todos”, y exhortando a rezar por la paz y perseverar en la fe durante la edad adulta.

“Por boca del profeta Isaías el Señor promete que no se olvidará nunca de ninguno de nosotros. Nos asegura que nuestros rostros los lleva tatuados en las palmas de sus manos (cf. Is 49,16) y que su amor es más grande que el de una madre por su hijo (cf. Is 49,15)”, dice el Papa en su mensaje para esta jornada que se celebra el 26 de julio de 2026.

Explica el Pontífice que “son palabras que nos llenan de consuelo y de confianza. Son la respuesta a un angustioso sentimiento que agita el corazón: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado» (Is 49,14)”.

Reitera así que “el amor de Dios, que no olvida a ninguno, se presenta como acto de justicia y respuesta al anonimato, en el cual muy frecuentemente la vida humana acaba por perderse. En particular, sobre la vida de muchos mayores parece haberse extendido un velo que difumina los rasgos de los rostros y los cubre con el olvido”.

“Es lo que sucede en las casas donde reina la soledad -expresa el Papa- y también en aquellos lugares de hospitalización donde la singularidad de cada persona corre el riesgo de ser reducida al número de su cama o a su patología”.

El Santo Padre propone que la celebración de la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores sea “una oportunidad para redescubrir que la Iglesia está llamada a ser madre de todos y que en cualquier edad es posible descubrirse siempre como hijos e hijas de Dios. Que esta Jornada sea, por lo tanto, un estímulo para todos, en particular para los más jóvenes, y así retomar la bella costumbre de visitar a los propios abuelos, los mayores de la familia y también a aquellos que no reciben ninguna visita”.

El Papa pide que también lleven a los abuelos y adultos mayores con este mensaje, “la cercanía y el afecto» del sucesor de Pedro: “Háganlo de tal modo que las palabras del profeta ‘Yo nunca te olvidaré’ adquieran la forma de un tierno y afectuoso encuentro”.

Afirmando además que “la Iglesia conoce el sufrimiento de sus hijos más mayores, sabe bien que muchas veces se les mira con prejuicios y se les considera un peso; es sabedora de que una economía concentrada sobre el beneficio debilita las relaciones familiares; sabe que muchos ancianos son abandonados por los hijos que se ven obligados a migrar o, en algunos casos, a combatir en la guerra. Por cada uno de estos motivos, se alegra de anunciar la promesa del Señor: Yo nunca te olvidaré”.

“El descubrimiento de la ternura de Dios, para muchos, sucede en el transcurso de la existencia, muchas veces propiamente en el último tramo de la vida”, escribe León XIV, y sugiere que la edad avanzada “a partir de las preguntas que nos hacemos con más urgencia en esta etapa de la vida, puede convertirse en el tiempo oportuno para iniciar o retomar una vida espiritual”.

Y reflexionando sobre la vocación en medio de la fragilidad, les dirige unas palabras de aliento: “¡no tengan miedo de la fragilidad! Propiamente esta debilidad lleva consigo una nueva potencialidad que ilumina también las demás edades de la vida”.

Y les encomienda la tarea de la oración por la paz en este tiempo marcado por la violencia bélica y social: “les exhorto, queridos hermanos, a unirse a mí en la oración constante para que llegue pronto la paz al mundo entero”.

Finaliza el Papa agradeciendoles “porque me sostienen cada día con sus oraciones, especialmente cuando recitan el santo rosario. Se lo agradezco de corazón y les dejo este deseo: que el Señor les renueve siempre en la fe, en la esperanza y en la caridad, ¡Él, que nunca se olvida de nosotros!”, dice. 

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13/06/2026

La Parroquia San Antonio de Padua celebra sus fiestas patronales con confirmaciones presididas por el obispo de Stella Maris

 San Antonio de Guerra. — La Parroquia San Antonio de Padua recibió este 13 de junio la visita pastoral de Monseñor Manuel Antonio Ruiz, quien acudió por primera vez a esta comunidad tras su ordenación episcopal como obispo de la Diócesis Stella Maris.

La visita se realizó en el marco de las fiestas patronales dedicadas a San Antonio de Padua, tradición que la comunidad celebra ininterrumpidamente desde 1916. Las festividades iniciaron el pasado 3 de junio y culminaron el 13 de junio, solemnidad de San Antonio de Padua.

Durante la Eucaristía, los fieles participaron con alegría y fervor, uniéndose al coro en cantos de alabanza y acción de gracias. Asimismo, se vivieron dos momentos de especial significado para la comunidad parroquial: la administración del sacramento de la Confirmación a 29 personas —25 niños y adolescentes y 4 adultos— y la dedicación del nuevo altar, ambos ritos presididos por Monseñor Ruiz.

Entre los adultos confirmados se encuentra una pareja que actualmente se prepara para recibir el sacramento del Matrimonio.

El obispo estuvo acompañado por el reverendo padre Hipólito Cabral Séptimo, párroco de la Parroquia San Antonio de Padua, junto a los ministros extraordinarios de la Comunión y los monaguillos de la comunidad.

En su homilía, Monseñor Ruiz destacó la importancia del sacramento de la Confirmación al señalar que «es el momento en que el Espíritu Santo desciende sobre nuestras vidas. Así como en Pentecostés los apóstoles, reunidos junto a María, recibieron sus dones y fueron fortalecidos para anunciar el Evangelio, hoy ustedes reciben esa misma gracia en esta parroquia de San Antonio de Guerra».

Asimismo, exhortó a los confirmados y a sus padrinos a vivir con fidelidad su compromiso cristiano y a continuar extendiendo el Reino de Dios en medio de la sociedad.

Durante su reflexión también hizo referencia a la figura de San Antonio de Padua, destacando que la verdadera devoción al santo conduce siempre al encuentro con Jesucristo, a quien los creyentes deben seguir y amar por encima de todo.

Por su parte, el padre Hipólito Cabral agradeció la presencia del obispo y el acompañamiento brindado a la comunidad parroquial en una fecha tan significativa para la vida de la parroquia.

Los nuevos confirmados fueron preparados por el equipo de catequesis coordinado por la señora Juana Castillo.

Novena en honor a San Antonio de Padua

Las fiestas patronales de San Antonio de Padua se celebran cada año del 3 al 13 de junio. Durante estos días, las distintas pastorales, comunidades y sectores de la parroquia participan en la organización y animación de la novena, ofreciendo espacios de oración, reflexión y encuentro fraterno.

En este tiempo, los fieles presentan sus peticiones y acciones de gracias a Dios por intercesión de San Antonio de Padua, fortaleciendo así su fe y sentido de comunidad.

Como parte de las actividades festivas, cada noche se elige una reina representativa de los distintos sectores de la comunidad. Posteriormente, el 12 de junio se realiza la presentación de todas las reinas de las fiestas patronales, pertenecientes a los grupos juveniles de la parroquia.

Dirección de Prensa y Comunicación

Diócesis Stella Maris

Zona Pastoral San Isidro

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12/06/2026

San Pedro y San Pablo: Columnas de la Iglesia

 Por Leonor María Asilis Elmudesi

Por su gran fuerza apostólica, San Pedro, delegado por Cristo para ser cabeza de su Iglesia, y San Pablo, también escogido por Él para predicar a los gentiles, fueron elegidos por la Iglesia para que se celebrara sus vidas en un mismo día, el 29 de junio.

En tal sentido, dedicamos a ellos estas líneas.

No olvidemos que a estos dos grandes apóstoles se les considera las columnas de la Iglesia, y no es para menos. Comencemos por el primero, San Pedro, a quien Jesús le dijo que era la roca sobre la cual edificaría su Iglesia. Pedro fue siempre el primero en todo, el más decidido.

De ser un simple pescador, Jesús lo transformó en pescador de hombres, y su misión se ha perpetuado en los Papas a lo largo del tiempo.

Veamos el origen de la palabra «Papa», que viene del latín y está compuesta por las iniciales que se detallan a continuación: P-etrus (Pedro); A Apostolicis (Apóstol); P Potestatum (tiene potestad, autoridad); A Accipiens (que tiene acceso). Es decir, «Papa» significa que tiene acceso y autoridad del Apóstol Pedro. Mucho podríamos abundar sobre la figura apasionada de Pedro; sin embargo, me enfocaré en una: su debilidad. Él, quien siempre fue el más resuelto y dinámico entre los apóstoles, negó al Maestro. En otras palabras, flaqueó, fue cobarde. Pero Jesús, posteriormente, y en su misericordia, con solo una mirada llena de amor, lo confirmó en su amor.

Le invitamos a leer: El Papa dice que en la Iglesia “hay lugar para todos”, pese a «resistencias». 

Con este hecho, Pedro recordó su traición y lloró amargamente. Cuenta la tradición que, de tanto llorar, le surgieron dos grandes surcos debajo de los ojos. Sin embargo, aceptó el amor y el perdón para su salvación. Así es Dios. Dios es amor y misericordia. Siempre nos acoge y nunca nos rechaza. ¿Podría alguno preguntar, y entonces qué le pasó a Judas?

Sencillamente, no aceptó el perdón de Dios. Se desesperó, se ahorcó, y a sus pies quedaron las treinta monedas. Seamos como Pedro, aceptando siempre el amor de Dios.

Fijémonos ahora en San Pablo, otro gigante de la Iglesia. De perseguidor de los cristianos a perseguido por ser cristiano. Pablo fue conquistado por la gracia divina en el camino de Damasco. Después de encontrarse con Jesús en su camino, se entregó sin reservas a la causa del Evangelio.

Gracias a la gracia de Dios en él, fue apóstol de los gentiles. Intrépido y audaz, sabio y humilde, persistente y tenaz, nos legó en sus bellas cartas lecciones de lo alto, inspiraciones divinas, un legado eterno y una ruta segura en la búsqueda de la santidad. Por la fe, también él derramaría un día su sangre precisamente en este lugar, uniendo para siempre su nombre al de Pedro en la historia de la Roma cristiana. Hago acopio de una de sus sentencias que cobra cada día mayor vigencia: “Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo”.

Termino estas palabras con el inmenso deseo que sigamos su ejemplo en la custodia y defensa de la fe, pidiéndoles su intercesión para preservar la pureza de nuestra fe y para que seamos como ustedes, grandes Apóstoles del Reino de Jesús, quienes vivieron y murieron por la extensión de su reino.

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Papi, la bendición de mi vida (Dr. Luis Asilis Tabry)

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La Gala por la Altagracia: Noche de fe, gratitud y renovado compromiso apostólico

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