AIRE96FM

05/03/2026

El futuro de la humanidad está en las relaciones, no en la tecnología

 La Comisión Teológica Internacional publica el documento “Quo vadis, humanitas?”, que reflexiona sobre el “reto histórico” de la antropología cristiana en la era de la inteligencia artificial. Los riesgos de la “infosfera” y la crisis de la democracia; la importancia de la historia para combatir la “amnesia cultural”; las derivas de la “era urbana” que transforma los umbrales en fronteras.

Isabella Piro – Ciudad del Vaticano

«Quo vadis, humanitas? – ¿Hacia dónde vas, humanidad?». El título del nuevo documento de la Comisión Teológica Internacional (CTI), aprobado por León XIV el pasado 9 de febrero, resume perfectamente sus motivos fundamentales y su objetivo final: hoy, ante una aceleración tecnológica sin precedentes, la teología quiere ofrecer «una propuesta teológica y pastoral» que entiende la vida humana como «vocación integral» y «corresponsabilidad hacia los demás y hacia Dios», a la luz del Evangelio. Es fundamental la referencia a la Constitución conciliar Gaudium et spes, publicada hace casi 61 años: el documento de la CTI toma prestado tanto el diálogo «abierto» entre la Iglesia y el mundo contemporáneo como el concepto del ser humano «integral, en la unidad de cuerpo y alma, de corazón y conciencia, de intelecto y voluntad».

El primero de los cuatro capítulos del texto está dedicado al desarrollo, caracterizado por dos polos: el transhumanismo y el poshumanismo. El primero engloba la voluntad de mejorar concretamente, a través de la ciencia y la tecnología, las condiciones de vida de los pueblos, superando sus límites físicos y biológicos. El segundo vive el «sueño» de sustituir incluso al ser humano, enfatizando el cyborg, es decir, el híbrido que difumina la frontera entre el hombre y la máquina. Entre estos dos polos se sitúa la fe cristiana, que «impulsa a buscar una síntesis» de las tensiones humanas en Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado.

Tras un rápido repaso de la relación entre desarrollo y tecnología en el magisterio más reciente —desde san Juan XXIII hasta Francisco—, el documento se centra en particular en la tecnología digital, a la luz de las reflexiones de León XIV. «La tecnología digital —precisa— ya no es solo una herramienta, sino que constituye un verdadero entorno de vida», ya que estructura las actividades humanas y las relaciones. Por eso, la era digital ha inaugurado «un nuevo horizonte de sentido»:

«Cambia igualmente la noción de lo que es universal, que en vez de remitir a una naturaleza común alude a lo que se comparte en la conexión global».

De ello se derivan diversos riesgos: en el ámbito ambiental, la expansión del mundo artificial conlleva una economía basada en la explotación ilimitada de los recursos, en nombre del máximo beneficio. “Una trágica consecuencia” de ello es la deuda ecológica entre el Norte y el Sur del mundo, la urbanización “salvaje e ilegal» y las políticas extractivas contaminantes. En la relación con los demás, la revolución digital puede llevar al individuo a sentirse insignificante y perdido en un flujo ingobernable y desestabilizador de información, entre contactos meramente virtuales, sin tiempo ni lugar.

«En resumen, lo artificial relativiza lo ‘natural’ como referencia normativa para el actuar humano, y causa en amplias regiones de la tierra – especialmente en el Sur del mundo – fenómenos de empobrecimiento en la vida de poblaciones enteras, provocando situaciones de gran injusticia social».

Así, emerge cada vez con mayor fuerza el poder de la Inteligencia Artificial, tanto la entendida en sentido estricto (IA) como la general (IAG). La primera puede procesar rápidamente grandes cantidades de datos, de un modo no siempre controlable por el ser humano, las empresas o los Estados, resultando por ello poco fiable. La segunda, mucho más invasiva, en el futuro será capaz de sustituir todos los aspectos de la inteligencia humana, tanto computacionales como operativos, con consecuencias profundas y radicales. En un mundo tan hiperconectado —afirma el texto—, las dinámicas económicas, políticas, sociales o militares corren el riesgo de volverse “incontrolables y, por tanto, ingobernables”, y aumenta el peligro de “control social y manipulación”.

La comunicación también sufre las repercusiones de este escenario: aunque se subrayan las ventajas del desarrollo tecno-científico en este ámbito —como, por ejemplo, “una ciudadanía activa”, “una información directa y participativa” y “una información independiente” que permite, por ejemplo, denunciar la violación de los derechos humanos—, la CTI advierte sobre “un mercado infinito de noticias y datos personales, no siempre verificables y muchas veces manipulados”. En esencia, hoy los medios de comunicación no son “instrumentos neutrales” y, por lo tanto, su influencia sobre la ética y la cultura interpela directamente a la antropología.

En esta “infosfera”, el individuo se muestra cada vez más inseguro respecto a su propia identidad y, por ello, reclama el reconocimiento de los demás: un reconocimiento que debe conquistarse incluso “falseando la realidad” o afirmando los propios derechos “contra el otro”. De ahí surgen conflictos sociales que a menudo se convierten en conflictos identitarios. Y también de ahí brota “la crisis actual de las democracias occidentales”, inconscientes de la “creciente dificultad” para reconocer, de manera compartida, “lo que nos une como seres humanos”.

Además, cuando la opinión se homologa mediante los “me gusta”, el debate político se “tribaliza”, es decir, se fragmenta en grupos fuertemente polarizados que se enfrentan de manera “conflictiva y violenta”. En definitiva —subraya la CTI—, falta ese “diálogo social” que construye el consenso desde la base, apoyado en “vínculos solidarios”.

La revolución de la información también cambia la manera de percibir el conocimiento, cuyo horizonte podría reducirse únicamente a aquello que la IA puede procesar. Los principios de la filosofía, la teología o la ética podrían considerarse entonces cuestiones subjetivas o de “gusto” personal.

Algo similar podría ocurrir con la corporeidad: si, por un lado, son valorables los avances de las biotecnologías para la salud y el bienestar de muchos pueblos, por otro el documento advierte sobre la difusión del “culto al cuerpo”, especialmente en Occidente, donde se tiende a la “figura perfecta, siempre en forma, joven y bella”.

Igualmente riesgoso es el human enhancement: en sí mismo, este término indica todas aquellas tecnologías biomédicas, genéticas, farmacológicas y cibernéticas orientadas a mejorar las capacidades del ser humano. Pero si tal concepto se entiende “sin límites ni cautelas”, entonces se vuelve urgente una reflexión sobre la necesidad de equilibrio entre “lo técnicamente posible y lo humanamente sensato”.

Amplia es también la reflexión sobre la relación entre la tecnología digital y la religión: en este ámbito existen tanto aspectos positivos —como la facilidad para el conocimiento y la información— como negativos. Entre estos últimos, se señala la creación en la web de “un gigantesco ‘mercado religioso’ que ofrece una elección a la carta según los intereses individuales”, así como cierta comunicación cristiana que, en las redes sociales, se utiliza para “alimentar polémicas e incluso destruir la buena fama de otras personas”.

No solo eso: en esta “metamorfosis en el modo de creer”, la propia tecnología termina por fungir como “guía espiritual y mediadora de lo sagrado”, con casos extremos de “bendiciones y exorcismos virtuales y espiritualismo digital”.

Tampoco faltan formas de “neo-gnosticismo” que, en nombre de una humanidad libre de todo límite, comunidad e historia, consideran la religión únicamente como un obstáculo para la investigación y el progreso.

El segundo capítulo del documento se enfoca en la vocación integral: la experiencia humana debe considerarse en las categorías concretas de tiempo, espacio y relación. Hoy —explica la CTI— se ha perdido el sentido de la historia; todo se reduce a un “presente cerrado en sí mismo” y “la cultura de la anamnesis” ha cedido el lugar a la “amnesia de la cultura”.

Ya no existen tradiciones vividas, sino datos procesados que pueden recuperarse en cualquier momento desde una computadora. La tecnología hace que todo sea contemporáneo, pero “un presente que ya no conoce un pasado no tiene ningún futuro”, ni tampoco esperanza. Esto puede dar lugar a “formas de revisionismo y negacionismo”, así como a “falsas culturas” (del desperdicio, de los muros, del aislamiento) o a “populismos”.

Frente a todo ello, el Evangelio se presenta como una “contracultura” por dos razones: porque valora y promueve todas las dimensiones auténticamente humanas y porque, en la “aceleración horizontal” que sufre la historia, el Verbo le ofrece un sentido, es decir, Jesucristo, punto de encuentro entre el tiempo del hombre y la eternidad de Dios.

Es amplia la reflexión sobre el espacio, sobre todo frente al fenómeno de la “edad urbana”, es decir, la formación de regiones metropolitanas que unen centros y periferias en espacios enormes, no exentos de problemas, como la falta de servicios esenciales. Además, la cultura global y la facilidad en la movilidad hacen que el hombre sea “ciudadano del mundo”, pero también un “nómada” errante en no-lugares anónimos y uniformes, como los aeropuertos y centros comerciales. “Así se pierde la figura del peregrino”, señala el documento, es decir, aquel que, sin perder la relación con su tierra, se pone en camino para responder a la llamada de Dios.

El espacio global ya no hace que seamos más hospitalarios ni abiertos al otro. Al contrario, provoca “reacciones identitarias fuertes”, aumenta los “sentimientos de invasión” que ven en el otro una amenaza, y crea fronteras allí donde los cristianos ven “umbrales”, es decir, “zonas que ponen en contacto” con el prójimo. Cristo, de hecho, “abre el espacio de los pueblos y de las personas”, convirtiéndolo en un lugar hospitalario, sin muros ni cerrazones, en un presente salvífico, en camino hacia un futuro trascendente.

Así, la relación, la intersubjetividad entendida como la pertenencia del hombre a una familia, a un pueblo y a una tradición. Estas pertenencias, señala el documento, moldean la identidad personal y constituyen “casi un dique frente a la expansión de la globalización uniformadora”. El núcleo familiar, de hecho, sobre todo en el “hacerse uno como hombre y mujer en la fecundidad del hijo”, expresa la “plenitud y la promesa” del don de la vida.

Del mismo modo, el pueblo se realiza “en la compartición” de una cultura y de una tierra, oponiéndose así a una visión “cosmopolita, anónima y globalizada” que anula las diferencias y las identidades propias. La unidad en la diversidad es, en cambio, el principio que la CTI evoca en nombre de la “fraternidad” y de la “amistad social”. En este contexto también se sitúa el “pueblo de Dios que es la Iglesia”, cuyo camino se funda en la fe y está abierto a las diferencias para un “proyecto unitario más grande”.

Central, en este segundo capítulo, también es el principio del bien común, con un llamado a las instituciones financieras para que estén “atentas a la economía real más que a las lógicas del lucro” y no pierdan el enfoque ético ni la solidaridad hacia los más frágiles.

Asimismo, “el misterio de la Cruz” llama la atención sobre el punto de vista de las víctimas; por lo tanto, sin justicia ni consideración hacia los más débiles, no puede haber “un cumplimiento humano” de la historia. Al respecto, un punto específico del documento exhorta también a dirigir la mirada hacia los más pobres que, debido al poder tecnológico, corren el riesgo de convertirse en “daños colaterales” que se quieren eliminar “sin piedad”.

La vocación integral del ser humano también se orienta hacia la realización en el amor: la vida de cada uno es fruto “del amor creativo del Padre” que lo amó incluso antes de formarlo. Esto significa que “toda existencia humana tiene un valor infinito en sí misma” y que el hombre no puede estar sujeto a ninguna medida —política, económica o social— que disminuya “su dignidad infinita”.

La percepción de la vida como don también hace que nadie deba sentirse “superfluo” en el mundo, porque todos estamos llamados a responder a un proyecto pensado por Dios para nosotros, que somos sus hijos y que nos dirigimos a Él en la oración. Una actitud que “califica a la humanidad”: la oración expresa, de hecho, la humanidad que se entrega más allá de sí misma, sin disolverse ni auto-proyectarse.

La cultura de la no-vocación quita esperanza a los jóvenes
Desafortunadamente, hoy, sobre todo en Occidente —subraya el documento— se fomenta una “cultura de la no-vocación” que priva a los jóvenes de una apertura al sentido último de la existencia, así como de la esperanza. El futuro, entonces, se reduce a la elección del trabajo, al lucro económico, a la satisfacción de necesidades materiales.

Al contrario, la “cultura de la vocación” es más necesaria que nunca para permitir el correcto proceso de maduración de la identidad de la persona y de los pueblos.

Y es precisamente la identidad el tema del tercer capítulo: “Ningún ser humano puede ser feliz si no sabe quién es”, afirma la CTI; por lo tanto, cada uno debe asumir “la tarea” de convertirse en sí mismo y de transformar el mundo según el diseño de Dios.

Además, como hijos amados del Señor, los seres humanos maduran su identidad sobre todo en el amor. Pero existen otros factores —culturales, naturales, sociales y religiosos— que hacen que la identidad sea particularmente compleja. Por ello, debe buscarse principalmente en el corazón, “el centro de la persona”, donde se crea unidad y se construyen vínculos auténticos, en una relación justa con el mundo.

Para moldear la propia identidad es necesario además “aceptar el cuerpo sexuado, visto como un don y no como una prisión que nos impide ser verdaderamente nosotros mismos, ni como material biológico para modificar”. En este contexto, la discapacidad también adquiere un valor relevante: “Sin perjuicio de que las discapacidades congénitas no son directamente queridas por Dios”, explica el documento, es necesario defender la dignidad infinita de cada persona, abrazando su “condición particular”, porque ésta también “puede ser ocasión de bien, de sabiduría y de belleza”.

Del texto surge con claridad la importancia de las relaciones interpersonales, porque cuanto más las vive el hombre “de manera auténtica”, más madura “su propia identidad personal”. Ser un don para los demás se convierte, entonces, en la manera en que la persona responde a la llamada de una “comunión social” que se realiza en la “capacidad de acoger a los demás, estableciendo vínculos sólidos”, basados en el diálogo, la escucha y el derecho a ser uno mismo y a ser diferente.

Se ofrece también una reflexión sobre la relación entre la humanidad y el cosmos. Este no puede reducirse a mero “objeto” —se subraya— ni puede ser “humanizado”, como sucede sobre todo en Occidente con los animales domésticos. Más bien, los seres humanos deben asumir el papel de “administradores responsables” de la Creación, convirtiéndose en agentes de la evolución del universo físico, “pero siempre respetando sus propias leyes”.

El cuarto y último capítulo del documento analiza la dramática condición del proceso de realización de la identidad humana, el cual atraviesa diversas “tensiones o polaridades” entre material y espiritual, masculino y femenino, individuo y comunidad, finito e infinito. Estas tensiones, se explica, “no deben interpretarse bajo una lógica dualista, sino como ‘unidad de los dos’”, mostrando así “el justo e irrenunciable valor de la diferencia”. La referencia es a la “vida trinitaria”, en virtud de la cual la relación entre dos no se cierra sobre sí misma, ni anula al otro, sino que “se abre al cumplimiento en el tercero”.

Sobre todo, a través de estas oposiciones polares, “permanece intacto el don originario que precede y funda”. La “armonía perfecta” entre las Personas trinitarias llama a la fraternidad universal y se expresa de manera culminante en la Eucaristía, que “regenera las relaciones humanas y las abre a la comunión”.

Hay dos énfasis en particular: en la tensión entre masculino y femenino, se subraya que la identidad del hombre y de la mujer “no es una variable contingente” que pueda moldearse de manera independiente o en contraste con su significado “originario y permanente”; ni es “una propiedad que se gestione” subjetivamente. Al contrario, esta identidad es un don de Dios.

En consecuencia, la tendencia actual a “negar o querer ignorar esta diferencia natural” se convierte en “una forma peligrosa de borrar la identidad corporal real”, en favor de una “auto-contemplación endogámica”. Desde la perspectiva teológica, en cambio, la tensión hombre/mujer encuentra su adecuada perspectiva en la vocación a la unidad de los dos “con idéntica dignidad”.

El segundo énfasis se refiere a la polaridad entre material y espiritual: cuando se pierde “la armonía” entre estas dos dimensiones, todas las cosas dejan de ser “signos de un misterio más grande” y se reducen a “material para manipular arbitrariamente con vistas únicamente al lucro”. Y esto es “la raíz de la crisis ecológica actual”, la cual también se refleja en las relaciones entre las personas y entre los pueblos, en una “expansión de la conflictividad humana”. Así, la fraternidad universal, “inscrita en el origen común”, deja de ser reconocida y, de hecho, es “constantemente ofendida”.

Desde el punto de vista teológico, en cambio, la tensión entre material y espiritual encuentra su “significado pleno” en la resurrección: gracias a ella, el ser humano es salvado por completo, en cuerpo y alma.

En conclusión, el documento de la CTI subraya con claridad que “el futuro de la humanidad no se decide en los laboratorios de bioingeniería, sino en la capacidad de habitar las tensiones del presente”, sin perder el sentido del límite y de la apertura al misterio de Cristo resucitado. Ejemplo admirable de ello es la Virgen María: quien acogió libremente el don de Dios se convierte en “el paradigma” del ser humano que se realiza en plenitud. La “verdadera humanización, entonces, será dejarse ‘divinizar’ por un Amor que ‘nos precede y nos hace protagonistas de una humanidad nueva’”.

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04/03/2026

"La Iglesia es humana y divina, unida en el amor de Cristo" dice el Papa León XIV

En la Audiencia General, el Papa explica que la “complejidad” de la Iglesia no es confusión, sino la unión armoniosa de su dimensión humana y divina. Solo la caridad -afirma- hace visible hoy la presencia de Cristo en medio de las fragilidades humanas.

Sebastián Sansón Ferrari – Ciudad del Vaticano

¿Qué significa que la Iglesia sea “una realidad compleja”? A partir de esta pregunta, el Papa León XIV centró su catequesis de este miércoles 4 de marzo durante la Audiencia General en la Plaza de San Pedro, retomando el primer capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium, donde se aborda la naturaleza profunda de la Iglesia. De este modo, el Santo Padre prosigue sus meditaciones sobre los documentos conciliares en el marco de un ciclo que comenzó el 7 de enero pasado.

«Alguien podría responder, explicó el Pontífice, que la Iglesia es compleja en cuanto que es “complicada” y, por tanto, difícil de explicar; algún otro podría pensar que su complejidad deriva del hecho de que es una institución que cuenta con dos mil años de historia, y con características diversas respecto a cualquier otra agrupación social o religiosa». 

Una unidad de dimensiones diversas

El Santo Padre comentó que el término latino utilizado por el Concilio no alude a confusión, sino a una unión ordenada de dimensiones diversas de una misma realidad. Por eso, Lumen gentium puede afirmar que la Iglesia es un organismo bien compaginado, en el que conviven la dimensión humana y la divina “sin separación y sin confusión”.

“La primera dimensión se percibe inmediatamente, ya que la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos, que comparten la alegría y el esfuerzo de ser cristianos que anuncian el Evangelio y se hacen signo de la presencia de Cristo que nos acompaña en el camino de la vida.”

Pero este aspecto, aclaró el Obispo de Roma, «no basta para describir la verdadera naturaleza de la Iglesia» pues ella posee una dimensión divina, y esta no consiste en «una perfección ideal» o en una «superioridad espiritual de sus miembros».

Más bien, en el hecho de que «la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo. Por esto, la Iglesia es al mismo tiempo comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio espiritual, realidad presente en la historia y pueblo que peregrina hacia el cielo».

“La dimensión humana y la divina se integran armoniosamente, sin que la una se superponga a la otra; así, la Iglesia vive en esta paradoja: es una realidad a la vez humana y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios.”

A la luz de Cristo

Para iluminar esta condición eclesial, la Lumen Gentium -manifestó Prevost- remite a la vida de Cristo: «Efectivamente quien se encontraba con Jesús por los caminos de Palestina experimentaban su humanidad, percibía sus ojos, sus manos, el sonido de su voz. Quien decidía seguirlo se sentía impulsado precisamente por la experiencia de su mirada acogedora, por el toque de sus manos que bendecían, por sus palabras de liberación y sanación».

«Pero al mismo tiempo, aseguró el Sucesor de Pedro, siguiendo a aquel Hombre, los discípulos se abrían al encuentro con Dios. En efecto, la carne de Cristo, su rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible».

No una Iglesia ideal, sino encarnada

Citando a Benedicto XVI, León XIV recordó que no existe oposición entre Evangelio e institución: «Las estructuras de la Iglesia sirven precisamente para la realización y concreción del Evangelio en nuestro tiempo», decía Ratzinger en su discurso a los obispos de Suiza el 9 de noviembre de 2006.

“No existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia.”

La caridad, corazón de la Iglesia

Evocando la exhortación apostólica Evangelii gaudiumdel Papa Francisco, León XIV recordó la invitación a “quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro”.

«Esto -precisó Su Santidad- nos permite seguir edificando la Iglesia aún hoy en día: no solamente organizando sus formas visibles, sino también construyendo ese edificio espiritual que es el cuerpo de Cristo, mediante la comunión y la caridad entre nosotros».

“La caridad, en efecto, genera constantemente la presencia del Resucitado. «Quiera el cielo -decía san Agustín- que todos piensen solo en la caridad: solamente ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás; dondequiera que se halle, atrae todo hacia sí» (Serm. 354,6,6).”

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LA CUARESMA Y SUFRIMIENTO

 P. Luis Alberto De León Alcántara Email: albertodeleon_011@hotmail.com

La vida es un misterio que se nos da en la fragilidad humana. Un don que recibimos envuelto entre alegrías y temores. A veces se nos presenta como una aventura y en otras ocasiones, como aquella batalla que todos tenemos que enfrentar. Una lucha que solamente los valientes y los héroes, asumen con todas sus realidades, mientras que los cobardes se renden antes de iniciar el combate. En fin, la vida tiene muchas dimensiones que únicamente se comprenden contemplando y meditando la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

Por eso Cristo entiende nuestro dolor, comprende en su máxima expresión el sufrimiento de cada ser humano. Pues, Él se hizo humano con los humanos. Tomó la condición de un esclavo, se anonadó y se hizo semejanza a nosotros en todo, menos en el pecado. Vivió como un mortal entre los hombres, y aprendió, sufriendo, a obedecer. En otras palabras, el Todopoderoso, el Infinito, por amor a los hombres y a la humanidad, se encarnó, entró en el los límites de la historia de los seres humanos, es decir, Dios acercó su amor a los hombres con su visita a través de su hijo.

El sufrimiento no tiene la última palabra en el mundo. Pues, fuimos creados para la felicidad. Tanto es así, que el cristiano ha entendido que los sacrificios son puentes para cruzar del otro lado donde se encuentra lo que anhelamos. De aquí que la Cuaresma tiene su sentido en la Pascua, ya que Dios no acepta ni se deleita con el masoquismo, no es un Dios cruel que goza mientras el pobre y desprotegido sufre. Sino que es un ser justo, compasivo, que siempre quiere lo mejor para sus hijos. Que hace hasta lo imposible para ver realizado el anhelo sincero que busca el corazón del hombre.

Ahora bien, es precisamente en el tiempo de Cuaresma cuando contemplamos el sufrimiento de Jesús, no como una telenovela ni como una serie, sino como el signo más visible del amor hecho carne. La donación más extraordinaria que hace un Dios por sus criaturas. Pues, mientras la sociedad y el mundo buscan reconocimiento, fama y proyectar una imagen externa, la figura del Maestro nos muestra la caridad como el valor supremo.

Jesús sufre para que el hombre que vive en un constante vacío existencial, en una búsqueda incesante de su propia identidad humana, pueda volver a reencontrarse con Dios, tenga la oportunidad de volver a sonreír y sentir en lo más profundo de su corazón a un Dios que jamás se olvida de sus hijos. Un Dios que aunque permite que a sus hijos les sucedan las cosas, lo hace para que ellos se encaminen hacia la felicidad, y para que vean en las peripecias de la vida, no solamente obstáculos a superar, sino la ocasión perfecta para desconfiar en nuestras fuerzas y podamos lanzarnos en los brazos de la protección divina, porque Jesús es el amigo que nunca falla, el Padre que nunca deja de tener solo y desamparados a sus hijos.

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CUARESMA Y CORAZÓN

HUIR DE LA REALIDAD, NO ES FELICIDAD

AMISTADES PASAJERAS Y AMOR PLÁSTICO

LA OSCURIDAD Y LA LUZ

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02/03/2026

Orar por el desarme y la paz

Por Valmore Muñoz Arteaga. Fuente: vidanuevadigital.com

En el escenario mundial, señalado por la persistencia de conflictos bélicos y la sofisticación de la industria armamentística, pero que no es otra cosa que la exteriorización de una herida en el corazón del hombre, la intención de oración propuesta por León XIV para este mes de marzo —orar por el desarme y la paz— no es solo un llamado piadoso, sino un imperativo teológico.

En su mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz, nos ha invitado a peregrinar hacia una “paz desarmada y desarmante”. Sus palabras nos conducen a entrar en el corazón del Evangelio, que no solo desea la paz, sino que propone un cambio definitivo en el interior del hombre y en toda la realidad.

¿De cuál paz nos habla el papa? ¿A cuál paz busca hacer referencia al incorporarla a su saludo? Él mismo responde: “Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente”. Una paz que, en el drama de lo que el papa Francisco ha definido como ‘tercera guerra mundial a pedazos’, sigue resistiendo a la contaminación de las tinieblas. Una paz que es el resultado de una transformación interior del propio hombre, pues la verdadera paz es la que se conquista en el corazón de los seres humanos y no tanto la que surge de procesos de negociaciones, por lo regular, coyunturales y transitorias.

El Evangelio desnuda frente a nuestros ojos atentos la radical ruptura que Cristo instaura con la violencia sistémica de su tiempo. El Evangelio no presenta la paz simplemente como la ausencia de guerra, sino como la presencia activa del Reino de Dios. La paz que me presenta es fruto sobrenatural de un corazón profundamente arraigado en Dios y en su Palabra fiel. Fruto que permite, como señala León XIV, contrastar entre las tinieblas y la luz. Esa posibilidad de contrastar entre las tinieblas y la luz “no es solo una imagen bíblica para describir el parto del que está naciendo un mundo nuevo; es una experiencia que nos atraviesa y nos sorprende según las pruebas que encontramos, en las circunstancias históricas en las que nos toca vivir”.

Podemos hallar con mucha facilidad el mandato central para el desarme en el episodio de Getsemaní. Cuando Pedro intenta defender a Jesús mediante la fuerza, Cristo pronuncia una sentencia contundente: “Vuelve tu espada a su lugar, pues quien toma la espada, a espada morirá» (Mt 26, 52). Aquí, Jesús no solo rechaza la violencia ofensiva, sino que ‘deslegitima’ la lógica de la defensa armada como método para instaurar la justicia, mucho menos, la justicia divina. León XIV, en homilías recientes, ha retomado este pasaje para señalar que «el desarme comienza en la renuncia a la propia razón cuando esta se impone por la fuerza”. Pero para ello, resulta fundamental que nuestra voluntad esté presta a dejarse iluminar por la luz del Evangelio y someterse a Cristo como ‘logos’ rector. Comprender esto significa reconocer lo imperioso de la oración para alcanzar tal cosa.

Todos estamos al tanto de la cercanía que existe entre el corazón de León XIV y el de san Agustín. Una cercanía que va más allá de pertenecer a la orden agustiniana. Es una cercanía propiciada por una misma búsqueda natural en corazones inquietos. Sin embargo, creo que resulta pertinente vincular a la intención del papa la noción agustiniana de paz definida en ‘La Ciudad de Dios’ como la “tranquillitas ordinis”, o la tranquilidad del orden. Concepto clave en la doctrina católica sobre la paz que brota como resultado de un orden justo y divino. Concepto que también acarició san Juan XXIII en su encíclica ‘Pacem in terris’.

En ‘La Ciudad de Dios’, san Agustín nos muestra la paz no como una especie de pacto de no agresión impuesto por el miedo —pensemos en la ‘pax romana’— sino como florecimiento del ordenamiento justo de las cosas hacia Dios. León XIV radicaliza esta visión volviendo a los padres preconstantinianos como Orígenes y Tertuliano, quienes sostenían que el Señor, al desarmar a Pedro, desarmó a todo soldado. No solo nos llama a unirnos en oración por la paz y el desarme, sino a ejercer una nueva forma de diplomacia fundamentada en la misericordia que nace en el corazón del hombre cuando reconoce la vulnerabilidad compartida. “Solo una humanidad que se reconoce frágil y necesitada de Dios puede soltar las armas”, afirmó recientemente. Aceptemos esta invitación con corazón manso y humilde. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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