AIRE96FM

04/08/2026

El más importante Defensor de la Fe de la Iglesia (PRIMERA PARTE)

 NADIE AMA A LA IGLESIA SIN SU HISTORIA CONOCER

Padre Manuel Antonio García Salcedo PhD. Arquidiócesis de Santo Domingo*


Para la segunda mitad del siglo II DC se da un fermentación doctrinal, con sus terribles consecuencias en el resto de la vida cristiana, a la que comienza a llamarse HEREJÍA al interior de la Iglesia Católica, perseguida por las regiones del imperio romano por las autoridades por verla adversa a su política de culto imperial de adoración obligatoria al emperador y las instituciones de estado, por la vida comunitaria de los primeros cristianos en solidaridad de bienes como mejor modelo de apoyo mutuo en todos los aspectos de la vida y la vida moral de fidelidad matrimonial, compromiso familiar y cumplimiento de las leyes civiles.

La difusión de la herejía llego a ser generalizada. Lo que en un principio nacía y moría en regiones determinadas y con modalidades determinadas, ahora se extendía de manera general y con una diversidad de desarrollos cada vez más confusos queriendo sobrepasar la enseñanza de los Apóstoles y su actualización hecha por los Obispos, pretendiendo nuevos modelos de opciones de vida para estos supuestos elegidos que decían poseer y adherirse a un conocimiento particularizado… ¡no necesitamos que nadie nos enseñe ni guie!

Muchos fueron los intelectuales y hombres de oficio que hoy llamaríamos profesionales: abogados, maestros, médicos, entre otros, que se dejaron envolver y optar por estas doctrinas secretas, mistéricas y novedosas. Un factor común de las herejías fue el rechazo al Antiguo Testamento, a los Profetas y la representación de una Cristo a ellos revelado, diferente al que anunciaba la Iglesia Católica, el cual se encarnó de María la Virgen, murió y Resucito para nuestra salvación integral.

La contrapartida de esta herejía fue la fe espiritualizada hasta el extremo, sin contexto, ni legislación menos institucionalidad. Una corriente que pretendía superar la revelación de la divinidad en Cristo Jesús, por una hegemonía absolutizante del que llamaban el Consolador, adjudicando sus experiencias extasiáticas al Espíritu Santo.

El fanatismo, la irracionalidad, la búsqueda de lo fantasioso y milagrero, el ataque tanto verbal e incluso violento, las decisiones desacertadas por una lectura unilateral y antojadiza de las Sagradas Escrituras, el manejo turbio de una recaudación de bien de forma excesiva para con los adeptos, así como la imposición de una obediencia sin límites a los líderes espirituales, llevo la situación a un límite alarmante.

A simple vista estas dos herejías parecen antagónicas, dos extremos opuestos sin posibilidad de conciliación, pero en el fondo representan las dos caras de una misma moneda, porque constituyen el rechazo por medio a la rebeldía, contestación y ataque en contra de la autoridad eclesiástica, la santa doctrina y la vida moral de compromiso social de las comunidades cristianas sacramentales.

El gran acontecimiento de la vida de la Iglesia Catolica en el siglo II DC bien puede llamarse la cimentación de su institucionalidad mediante:

La disciplina eclesiástica legislativa

El marco y contenido espécifico de la teología

Los ritos y sentidos de la Liturgia

El principal arquitecto de esta colosal obra, que sintetiza el aporte que otros Padres Apologistas y le da su sentido de universalidad, es el Obispo Mártir, San Ireneo de Lyon, quien combatió desde el Evangelio y la santidad de vida la herejía difundida por todo el orbe cristiano. Su doctrina es la referencia para todos los tiempos para dar coto a los rebrotes que continuamente se manifestaran a lo largo de la historia eclesiástica hasta su consumación.

Detallemos los datos que poseemos de la vida del llamado Doctor de la Unidad del Oriente y Occidente Cristiano, declarado como tal por el Papa Francisco, el Padre Apologista, Defensor de la Fe al que podemos llamar como el más importante de todos, sin temor a equivocarnos, San Ireneo, quien hace su aparición en la vida pública de la Iglesia en Lyon a raíz de la feroz persecución del año 177 DC.

Esto en el contexto del martirio de los Santos de Lyon, quienes dieron origen a la Iglesia de Francia o las Galias, cuyas torturas y sufrimientos heroicos describe la clásica obra de la literatura cristiana LAS ACTAS DE LOS MARTIRES que todos debemos conocer y repasar continuamente por las celebraciones litúrgicas durante el año que la Iglesia realiza, en la cual se cita a tantos Santos de estas épocas: San Policarpo de Esmirna, San Justino, San Cipriano, San Lorenzo, San

Vicente, las Santas Perpetua y Felicidad, entre otros tantos.

Estando incluso en la cárcel y en medio de sus torturas sufridas, los famosos cuarenta mártires de Lyon, con su Obispo Potín a la Cabeza, enviaban cartas a todo el orbe cristiano advirtiendo de la situación interna que provocaba la herejía de Montano los espiritualistas de Montano que se abrogaban un poder milagroso del Consolador reservado a su grupo cismático.

A Roma fue enviado el Presbítero Ireneo, para llevar la carta de la Iglesia perseguida y mermada de Lyon, y dar cuentas de la situación interna que se sufría por la mencionada herejía al Papa San Eleuterio. Dicha misión del enviado buscaba restablecer la paz y la unidad a lo interno de la sufrida Iglesia de los Galos. Ireneo provenía de una sólida y amplia formación recibida por el año 180 DC junto a varios más por parte del Obispo, discípulo directo de San Juan Apóstol, San Policarpo de Esmirna, Padre Apostólico de la Iglesia. De allí, que San Ireneo tuviese una conciencia tan clara de la Sucesión Apostólica ininterrumpida de la Iglesia Católica, además de que el joven sacerdote tuviese un gran dolor añadido, debido a que alguno de sus compañeros en la formación pasó a la herejía montanista, a quienes trataba de que rectificaran de su error.

Pero será en Roma, Sede de los Sucesores de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, gran solemnidad que celebramos cada 29 de junio en la Iglesia, donde Ireneo además de la carga asumida, tendrá que lidiar con la otra cara de la herejía que es el gnosticismo que quería permear y corroer el centro del mundo cristiano y usurpar la misión de su Obispo.

CONTINUARÁ…

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Cuando un “Like” también habla de Cristo

 Por Gregorio Bautista

¿Mis likes hablan el mismo idioma que mi fe?

En el mundo digital hemos reducido muchos gestos a la velocidad de un dedo. Deslizamos la pantalla, vemos una publicación y, casi sin pensar, presionamos el botón de “Like”. Parece un acto inofensivo, automático, sin mayor trascendencia. Pero ¿realmente lo es?

En las redes sociales, un “Like” rara vez es un gesto neutro. Para el algoritmo significa que ese contenido merece llegar a más personas. Para quien lo publica, puede interpretarse como aprobación. Para quienes observan, es una señal de aquello que valoramos. Un gesto de apenas un segundo puede convertirse en un mensaje mucho más elocuente de lo que imaginamos.

Por eso vale la pena hacernos una pregunta incómoda: ¿mis likes hablan el mismo idioma que mi fe?

No escribo estas líneas para juzgar a nadie. Yo también he dado likes por impulso, sin detenerme a pensar en el mensaje que estaba respaldando. Precisamente por eso creo que todos necesitamos revisar nuestra presencia digital con la misma honestidad con la que examinamos nuestra vida cotidiana.

Los cristianos solemos preocuparnos por nuestras palabras. Procuramos no ofender, cuidar el lenguaje y hablar con caridad. Sin embargo, en la era digital la coherencia de nuestra fe también se manifiesta en nuestras interacciones. Un “Like”, un comentario o un contenido compartido pueden decir tanto de nosotros como las palabras que pronunciamos.

No se trata de pensar que todo contenido debe ser explícitamente religioso. La fe no nos prohíbe disfrutar del humor, del deporte, del arte o del sano entretenimiento. El problema aparece cuando, por costumbre o indiferencia, terminamos respaldando aquello que degrada la dignidad humana, banaliza el pecado, ridiculiza la fe o convierte en espectáculo aquello que debería despertar compasión.

Quizá nuestra intención nunca fue apoyar ese mensaje. Tal vez solo nos llamó la atención una frase ingeniosa o una imagen llamativa. Sin embargo, las redes sociales no interpretan nuestras intenciones; interpretan nuestras acciones. Y las personas tampoco siempre conocen lo que hay en nuestro corazón. Ellas solo ven lo que compartimos, comentamos y validamos. Por eso, antes de interactuar con cualquier publicación, conviene preguntarnos: ¿esto refleja realmente aquello en lo que creo y aquello que quiero promover?

San Pablo exhortaba a los cristianos a examinarlo todo y quedarse con lo bueno. Esa recomendación, escrita hace casi dos mil años, parece dirigida también a quienes vivimos conectados a una pantalla. No todo lo que entretiene edifica. No todo lo viral merece ser difundido. No todo lo popular ayuda a crecer.

Hay otra dimensión que no podemos ignorar: el testimonio.

Alguien sabe que eres cristiano. Ha visto que eres católico en tu perfil, una fotografía de una peregrinación o una publicación sobre la Eucaristía. Después encuentra tu nombre entre quienes han dado “Me gusta” a contenidos que contradicen aquello que dices creer. Tal vez nunca te lo reclame. Tal vez ni siquiera te conozca personalmente. Pero esa pequeña incoherencia puede sembrar una gran confusión.

El Evangelio no solo se anuncia desde un púlpito. También se anuncia o se contradice desde una pantalla.

Las redes sociales son uno de los nuevos medios de nuestro tiempo. Allí también estamos llamados a ser discípulos. No para aparentar perfección, sino para vivir con coherencia. Porque el mundo necesita menos cristianos que solo hablen de Cristo y más cristianos que permitan que Cristo se refleje, incluso, en los detalles más pequeños de su vida.

Tal vez debamos hacernos una pregunta más:

¿Qué ayudé a difundir hoy?

Porque cada publicación compartida, cada comentario y cada “Like” deja una huella. Y aunque el mundo digital parezca efímero, nuestro testimonio nunca lo es.

Que también nuestras redes sociales sean un lugar donde, sin necesidad de muchas palabras, otros puedan encontrarse con Cristo.

Comunícate con el autor: bautista.gregorio30@gmail.com

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Santo Domingo de Guzmán y los dominicos: los misioneros proféticos que llevaron el Evangelio y defendieron la dignidad humana en el Nuevo Mundo

 CRÓNICA DE FE:

dvasquezmorales@gmail.com

Por la Redacción de AIRE96FM

Cada 4 de agosto la Iglesia en La República Dominicana celebra la fiesta de Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores, conocidos universalmente como los dominicos. Su legado no solo marcó la historia de la evangelización de Europa, sino que también dejó una huella imborrable en América, especialmente en la isla La Española, donde los primeros frailes dominicos protagonizaron una de las páginas más luminosas de la defensa de la dignidad humana.

Hablar de Santo Domingo de Guzmán es hablar de un hombre apasionado por la verdad, enamorado de Cristo y convencido que la mejor manera de transformar el mundo era mediante la predicación del Evangelio, el estudio profundo de la fe y el testimonio de una vida sencilla. En 1216, el papa Honorio III aprobó oficialmente la Orden de Predicadores, una comunidad religiosa nacida para anunciar la Palabra de Dios con fidelidad, inteligencia y compasión. Desde entonces, el lema dominicano, Veritas (Verdad), ha guiado la misión de miles de frailes, religiosas y laicos en todos los continentes.

Domingo nació hacia 1170 en Caleruega, España. Durante su juventud estudió teología y comprendió que la Iglesia necesitaba predicadores bien preparados que respondieran a los desafíos doctrinales y sociales de su tiempo. Su propuesta fue revolucionaria: formar religiosos dedicados simultáneamente a la oración, la vida comunitaria, el estudio y la predicación itinerante.

La espiritualidad dominicana quedó sintetizada en una expresión que ha atravesado los siglos: “contemplar y transmitir a los demás el fruto de la contemplación”. No se trataba simplemente de enseñar doctrinas, sino de anunciar un encuentro vivo con Jesucristo que transformara la sociedad desde sus raíces.

La tradición católica ha vinculado estrechamente a Santo Domingo con la difusión del Santo Rosario. Aunque los historiadores señalan que la forma actual del Rosario se desarrolló progresivamente durante los siglos posteriores, la Orden Dominicana desempeñó un papel decisivo en la expansión de esta devoción mariana por todo el mundo.

Durante siglos, los dominicos promovieron el Rosario como una auténtica escuela de oración, invitando a los fieles a contemplar, junto a la Virgen María, los principales misterios de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Gracias a su predicación y al establecimiento de cofradías del Rosario, esta práctica llegó a convertirse en una de las expresiones más populares de la espiritualidad católica.

Cuando los españoles llegaron al Nuevo Mundo, también llegaron los misioneros. Entre ellos se destacaron los dominicos, quienes arribaron a la isla La Española en 1510, apenas dieciocho años después del primer viaje de Cristóbal Colón.

Aquellos religiosos no tardaron en descubrir los abusos que sufrían los pueblos originarios bajo el sistema de encomiendas. Frente al silencio de muchos, decidieron levantar la voz.

El momento más emblemático ocurrió el 21 de diciembre de 1511, cuando fray Antonio de Montesinos, desde el púlpito de la iglesia de Santo Domingo, pronunció un sermón que cambiaría para siempre la historia de los derechos humanos en América.

Su pregunta resonó con fuerza:

“¿Estos no son hombres? ¿No tienen almas racionales?”

Con estas palabras denunció públicamente la explotación, la esclavitud y el trato inhumano que recibían los indígenas, recordando que todos los seres humanos poseen la misma dignidad ante Dios.

Aquella homilía provocó indignación entre las autoridades coloniales, pero también abrió un intenso debate moral que influiría posteriormente en la elaboración de las Leyes de Indias y en el desarrollo del pensamiento sobre los derechos naturales de la persona.

Entre quienes escucharon el llamado profético de los dominicos estaba un joven encomendero llamado Bartolomé de las Casas.

Conmovido por la predicación de Montesinos, renunció a sus privilegios y terminó ingresando en la Orden Dominicana. Desde entonces dedicó toda su vida a defender a los pueblos indígenas, denunciar las injusticias y promover leyes más humanas.

Su obra trascendió el ámbito religioso y lo convirtió en una de las figuras más influyentes en la historia de los derechos humanos. Junto a otros dominicos, como Francisco de Vitoria, contribuyó al nacimiento de una reflexión ética y jurídica que muchos consideran antecedente del derecho internacional moderno.

La presencia dominicana en la isla también dejó un extraordinario legado educativo.

En Santo Domingo fundaron conventos, centros de formación y la Universidad Santo Tomás de Aquino, considerada la primera universidad del continente americano.

Desde allí impulsaron el estudio de la filosofía, la teología, el derecho y las humanidades, convencidos que la evangelización debía ir siempre acompañada por la formación intelectual.

Su influencia fue decisiva en la configuración religiosa, educativa y cultural de la naciente sociedad americana.

Más de ocho siglos después de la fundación de la Orden, los dominicos permanecen presentes en los cinco continentes desarrollando una amplia labor pastoral, educativa, universitaria, misionera y social.

Su carisma sigue sustentándose sobre cuatro pilares inseparables:

  1. la oración;
  2. la vida fraterna;
  3. el estudio permanente;
  4. la predicación del Evangelio.

A ellos se suman numerosas religiosas, monasterios contemplativos y laicos que forman la gran Familia Dominicana y continúan anunciando el Evangelio desde diversos campos de la vida pública y eclesial.

En una época marcada por la desinformación, las divisiones sociales y las múltiples formas de exclusión, el ejemplo de Santo Domingo de Guzmán conserva una sorprendente actualidad.

Su vida recuerda que la verdad debe buscarse con humildad, estudiarse con profundidad y anunciarse con caridad. Asimismo, el testimonio de los primeros dominicos en América demuestra que la auténtica evangelización nunca puede separarse de la defensa de la dignidad humana.

Los frailes que llegaron al Nuevo Mundo no solo enseñaron el Evangelio y promovieron la oración del Rosario; también tuvieron el valor de denunciar las injusticias cuando hacerlo implicaba enfrentarse al poder.

Ese legado profético sigue siendo una inspiración para la Iglesia de hoy: anunciar a Cristo implica también defender la vida, la libertad, la justicia y los derechos de toda persona, especialmente de los más pobres y y los más debiles.

A más de quinientos años de la histórica homilía de fray Antonio de Montesinos, la voz de los dominicos continúa recordando que el Evangelio no puede anunciarse sin amor a la verdad ni sin compromiso con la dignidad de cada ser humano. Esa fue la herencia de Santo Domingo de Guzmán y sigue siendo la misión permanente de la Orden de Predicadores.

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03/08/2026

Mons. Carlos Tomás Morel Diplán preside Santa Misa por el 74.º aniversario de Radio Televisión Dominicana


La Arquidiócesis de Santo Domingo celebró en acción de gracias el 74.º aniversario de Radio Televisión Dominicana (RTVD), con una Santa Misa en la Catedral Primada de América presidida por el arzobispo coadjutor, monseñor Carlos Tomás Morel Diplán.

Durante su homilía, monseñor Morel destacó que la comunicación debe ser un instrumento para anunciar la verdad, sembrar esperanza y construir el bien común. Inspirado en el pasaje de la multiplicación de los panes, recordó que, aun frente a las dificultades, los comunicadores están llamados a ejercer su trabajo con generosidad, responsabilidad y fe.

Asimismo, hizo un llamado a ejercer un periodismo ético que evita la desinformación y la manipulación, promoviendo contenidos que eduquen, formen valores y defiendan la dignidad humana. Enfatizó que los medios de comunicación deben ser puentes de paz, reconciliación y esperanza para la sociedad.

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El Papa Francisco a los jóvenes de Ecuador: “La Iglesia necesita su alegría, valentía y testimonio”

 Por Mireia Bonilla – Ciudad del Vaticano

En un videomensaje dirigido a los participantes de la VII Jornada Nacional de la Juventud (JNJ), celebrada en Ibarra del 31 de julio al 2 de agosto, el Pontífice invitó a los jóvenes a responder con decisión al llamado de Cristo y a convertirse en promotores del perdón, la reconciliación y la paz.

“Los animo a escuchar la llamada del Señor y a seguirlo con decisión. El encuentro con Jesucristo llena el corazón de alegría y nos da fuerza para ser testigos de su amor y de su misericordia”. Con estas palabras, el Papa Francisco se dirigió a los asistentes al encuentro nacional para motivarlos a responder con generosidad al llamado divino y a dejarse transformar por su amor.

Durante ese mismo fin de semana, tanto Ecuador como Perú celebraron sus respectivas Jornadas Nacionales de la Juventud. Estos grandes eventos, inspirados en la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), reúnen a jóvenes de diversas diócesis, parroquias y movimientos católicos para compartir y fortalecer su fe.

Responder al llamado de Cristo

Mientras que en el mensaje enviado a la juventud peruana el Santo Padre los exhortó a salir del individualismo, vivir la fe en comunidad y reavivar la esperanza de quienes sufren, a los jóvenes ecuatorianos les dirigió un pedido especial:

“Queridos amigos y amigas, la Iglesia necesita hoy de su alegría, valentía y testimonio para que muchos otros puedan encontrarse con Cristo. Déjense transformar por su amor y sean promotores de perdón, reconciliación y paz”.

María, modelo para vivir el Evangelio

Al concluir su mensaje, el Papa encomendó a los participantes a la protección de Nuestra Señora de la Presentación y los invitó a contemplar a María como modelo de discípula: “Que María sea el modelo que los inspire a vivir el Evangelio y a entregarse, como ella lo hizo, al proyecto de Dios para sus vidas”.

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“DAR GRACIAS POR LO QUE TENGO”

 Por José De los Santos Jiménez.  San Juan de la Maguana

Continuamos este recorrido hermoso e interesante de profundizar en torno a la palabra de Dios. Hoy corresponde el Domingo Decimoctavo (XVIII) del Tiempo Ordinario.

Si nos fijamos, la Carta de San Pablo a los Romanos empieza con una pregunta fundamental: ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?

Es bueno que nos concienticemos de que todas estas realidades en un momento determinado de la vida pueden tocarnos a cualquiera de nosotros, pero el secreto está en la actitud, manejo, resiliencia y en la capacidad que cada uno de nosotros tiene para manejarnos, siempre iluminados por nuestra fe y creencia fiel al Dios Todopoderoso.

El salmo, por su parte, en el estribillo nos dice: “Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores.” Este estribillo es una especie de súplica, pero no deja de tener implícitamente una participación directa de parte nuestra, ya que solo tienen fuerza en la voz para pedirle a Dios aquellos que antes han sido fieles y obedientes a sus leyes y mandatos.

El Evangelio es todo un tesoro; el hagiógrafo nos enfatiza con claridad y firmeza que cuando Jesús llega a enterarse de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Por lo visto a Jesús le impactó mucho la muerte de Juan, ya que después de la muerte de él se va a un lugar tranquilo y apartado. Cuántas veces tú y yo hemos elegido apartarnos, silenciarnos exteriormente e introducirnos en una especie de introspección voluntaria y consciente, con el único objetivo de analizar mis propios pensamientos, emociones y estado de ánimo ante un acontecimiento o situación personal por la cual estoy pasando.

Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Extraordinario poder de convocatoria el que galardonaba la persona de Jesús para provocar que tanta gente lo siguiera. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.” Por la expresión puntual de los discípulos, muestran preocupación por la situación por la que estaban pasando todos aquellos que escuchaban y seguían al Maestro.

Jesús les replicó: “No hace falta que vayan, denles ustedes de comer.” Hoy también hay hambre y necesidad, son muchos millones de personas que pasan hambre ante la mirada indolente, fría y apática de aquellos que antes de enfrentar la hambruna, enfrentan con armas, misiles y drones de guerra a millones de personas indefensas por demás para destruirlas y matarlas, incluso en nombre de Dios.

Ellos le replicaron: “Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.” Es la actitud al inicio negativa de los amigos de Jesús, pero que más tarde se convierte en solución real de la problemática planteada. Pero no son capaces de ver en ese momento lo que tienen y dar gracias por ello; antes viene la queja, la duda de ver lo poquito que tenían: “solo tenemos cinco panes y dos peces.”

Les dijo: “Tráiganmelos.” Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Podemos ver la fuerza que tiene en la tradición bíblica y cristiana el alzar la mirada al cielo y ponernos de rodillas ante Dios; sin duda es la oración más perfecta, ya que es decir sin palabras, pero con gestos puntuales: yo no puedo, pero puedes Tú. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

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“EL RETO DE SER PADRE HOY”

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