La Caminata Mariana se realizará el jueves 24 de septiembre y culminará con la celebración de la Santa Eucaristía en la Catedral Stella Maris
Santo Domingo Este.– La Diócesis Stella Maris invita a todo el pueblo de Dios a participar con fe, alegría y espíritu de comunión en la Caminata Mariana en honor a Nuestra Señora de las Mercedes, Patrona de la República Dominicana, que tendrá lugar el próximo jueves, 24 de septiembre de 2026.
La actividad comenzará a las 3:00 de la tarde, teniendo como punto de partida el Parque Italia, en la urbanización Italia, y recorrerá su trayecto hasta llegar a la Catedral Stella Maris, donde se celebrará la Santa Eucaristía, presidida por el obispo de la Diócesis Stella Maris, Monseñor Manuel Antonio Ruiz de la Rosa.
La convocatoria está dirigida a los vicarios episcopales, arciprestes, párrocos, diáconos, miembros de la Vida Consagrada, movimientos apostólicos, comunidades parroquiales y a todos los fieles que deseen unirse a esta expresión pública de fe y devoción mariana.
Caminar con María es caminar hacia Cristo
Para la Diócesis Stella Maris, esta Caminata Mariana constituye una oportunidad especial para caminar juntos como Iglesia, fortaleciendo la unidad, la fraternidad y la identidad de un pueblo que pone su confianza en Dios bajo la maternal protección de la Virgen María.
Caminar con Nuestra Señora de las Mercedes tiene un significado especial para el pueblo dominicano. Como Patrona de la República Dominicana, María ocupa un lugar profundo en la historia y en la fe de nuestra nación. Por ello, esta celebración invita a los dominicanos a renovar su confianza en Dios, presentar sus necesidades y las de sus familias, y pedir la intercesión de la Madre de Jesús por el bienestar de nuestra patria.
La Iglesia enseña que la verdadera devoción a María siempre conduce a Cristo. Por eso, caminar con la Virgen es también disponernos a seguir su ejemplo de fe, obediencia, servicio y entrega a Dios.
En este sentido, la Caminata Mariana será también un signo visible de una Iglesia que quiere avanzar unida, poniendo en manos de Dios las realidades de sus comunidades y de toda la sociedad dominicana.
La Diócesis Stella Maris anima a todas sus parroquias, comunidades, familias, movimientos y grupos pastorales a participar activamente en esta jornada, llevando sus intenciones, oraciones y cantos, para convertir las calles en un espacio de encuentro, esperanza y testimonio de fe.
La invitación es a caminar juntos con María, Nuestra Señora de las Mercedes, Patrona de la República Dominicana, y a dejarnos conducir por ella hacia Cristo.
¡Caminemos con María! ¡Caminemos como Iglesia! ¡Caminemos hacia Cristo!
Fecha: jueves, 24 de septiembre de 2026
Hora de salida: 3:00 P.M.
Punto de partida: Parque Italia, urbanización Italia
Hay frases que repetimos tanto que terminamos diciéndolas sin detenernos a pensar qué hay detrás de ellas. “Gracias a la vida”, “todo pasó por algo”, “fue mi esfuerzo”, “las circunstancias se dieron”, “tenía que suceder”. No necesariamente son frases malas. El problema aparece cuando, poco a poco, comenzamos a utilizarlas para explicar nuestra historia dejando fuera a Dios.
Hoy resulta más cómodo hablar de esfuerzo, disciplina, actitud, resiliencia y superación. Son palabras que todos pueden recibir, crean o no crean. No incomodan, no cuestionan y permiten explicar muchas de las cosas que vivimos sin entrar en terrenos que puedan resultar incómodos. Quizás por eso, incluso quienes creen, han comenzado a contar su historia de una manera en la que Dios aparece cada vez menos.
Celebramos un logro y hablamos de nuestra disciplina. Superamos una dificultad y hablamos de nuestra fortaleza. Llegamos a un lugar inesperado y decimos que fueron las circunstancias. Conocemos a alguien que termina siendo determinante en nuestra vida y lo llamamos casualidad. Atravesamos una situación difícil y decimos que “la vida nos estaba preparando para algo mejor”. Y en medio de todas esas explicaciones cabe una pregunta sencilla: ¿dónde quedó Dios?
No se trata de negar el esfuerzo. Hay que trabajar, decidir, perseverar, levantarse después de cada caída y hacer la parte que corresponde. La fe cristiana nunca ha sido una invitación a quedarse de brazos cruzados. Pero una cosa es reconocer nuestra responsabilidad y otra convertirnos en los únicos protagonistas de nuestra historia.
El salmista lo expresa con claridad: “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican” (Salmo 127,1). No está diciendo que no haya que trabajar. Está recordando que nuestro trabajo, por sí solo, no explica todo lo que somos ni todo lo que alcanzamos.
Porque si todo depende de nosotros, también nuestra esperanza termina dependiendo de nosotros. Y habrá días en los que la disciplina no será suficiente, los planes no funcionarán y las circunstancias serán adversas. ¿Qué queda entonces? Es ahí donde la fe deja de ser una frase bonita y se convierte en una necesidad.
El cristianismo no ofrece simplemente una manera positiva de pensar. Recuerda que hay un Padre. Un Padre que provee, sostiene y no se desentiende de sus hijos. Jesús lo expresa así: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas” (Mateo 6,33). La diferencia está en hacer nuestra parte sin olvidar que nuestra vida está sostenida por alguien más grande que nosotros.
Quizás se ha hablado tanto de construir la propia vida que se ha olvidado recibirla. La vida no comenzó con nosotros y tampoco depende exclusivamente de nosotros. Antes de nuestros logros, fracasos y decisiones, ya había un Dios que había amado primero. Esa verdad cambia la manera de mirar nuestra propia historia.
Por eso resulta necesario preguntarnos qué ocurre cuando, incluso desde la fe, comenzamos a utilizar un lenguaje en el que Dios parece innecesario. Lo sustituimos por “el universo”, “la vida”, “las energías”, “las circunstancias” o simplemente “el proceso”. Muchas veces no porque hayamos dejado de creer, sino porque queremos que nuestras palabras sean aceptadas por todos. Queremos encajar, evitar incomodar y llegar también a quien no cree.
Pero hay momentos en los que hace falta atreverse a llamar a Dios por su nombre.
Decir que fue Dios no significa desconocer el esfuerzo. Significa reconocer que el esfuerzo no lo explica todo. Se puede trabajar, pero no controlar todas las puertas que se abren. Se puede estar preparado, pero no fabricar cada encuentro que termina cambiando una vida. Se pueden tomar decisiones, pero no determinar todas las circunstancias que aparecerán en el camino.
Hay una parte de nuestra historia que no podemos atribuirnos completamente. Allí aparece la providencia de Dios: esa presencia silenciosa que acompaña nuestra historia, incluso cuando todavía no somos capaces de reconocerla.
También necesitamos recuperar la capacidad de agradecer a Dios por lo cotidiano. Hay gracia en despertar, en tener una familia, en encontrar a alguien en el momento preciso, en recibir una oportunidad, en superar una dificultad o simplemente en tener un nuevo día. Santiago lo resume de esta manera: “Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto” (Santiago 1,17).
La esperanza cristiana tampoco consiste en pensar que mañana todo será mejor porque seremos más fuertes. Consiste en saber que no caminamos solos. La seguridad no está en que todo saldrá como queremos, sino en saber que, aun cuando las cosas no salgan como queremos, seguimos estando en las manos de Dios.
Y nuestra historia tampoco termina en nosotros. Tiene una cruz. Tiene a Cristo. Tiene al Dios que no se quedó mirando nuestra historia desde lejos, sino que entró en ella y entregó su propia vida.
Por eso las palabras de Jesús adquieren un significado especial: “Separados de mí nada pueden hacer” (Juan 15,5). No es una negación de nuestras capacidades, sino un reconocimiento de su verdadera fuente. Podemos trabajar, crear, estudiar, luchar y alcanzar metas, pero cuando olvidamos de dónde viene la vida y quién la sostiene, terminamos atribuyéndonos incluso aquello que nunca estuvo completamente en nuestras manos.
Quizás necesitamos recuperar algo que poco a poco estamos dejando de decir. No para imponer la fe, ni para sentirnos superiores, ni para convencer a quien piensa diferente, sino para darle a Dios el lugar que le corresponde. Si todo lo bueno que ocurre en nuestra vida termina siendo mérito nuestro, de la vida, de las circunstancias o de nuestra capacidad, habría que preguntarse qué espacio estamos dejando para la gracia.
Cuando se mira hacia atrás con honestidad, es difícil sostener que todo ocurrió únicamente por mérito propio. Hubo personas que aparecieron en el momento preciso, puertas que se abrieron cuando parecían cerradas, oportunidades que nadie podía garantizar y fuerzas que llegaron cuando las propias se habían agotado. Muchas veces llamamos casualidad a cosas que quizás nunca llegaremos a comprender completamente.
No se trata de tener una explicación para todo, sino de aprender a reconocer que también existe una providencia que trabaja silenciosamente en nuestra historia.
Porque cuando las frases de motivación ya no alcanzan, cuando el esfuerzo descubre sus límites y cuando las circunstancias dejan de estar a nuestro favor, queda una pregunta que tarde o temprano tendremos que responder: ¿en quién está puesta realmente nuestra esperanza?
La respuesta cristiana no está simplemente en la vida, sino en quien nos dio la vida. No está solamente en nuestras fuerzas, sino en quien nos sostiene. No está en las circunstancias, sino en quien puede encontrarse con nosotros incluso dentro de ellas.
Hay cosas que hacemos nosotros y que debemos asumir con responsabilidad. Pero hay otras que, cuando las miramos con humildad, solo podemos reconocer que no fueron obra nuestra. Entonces quizá no haga falta buscar una frase más cómoda para que todos estén de acuerdo.
El Papa visita el Santuario de la Madre del Buen Consejo de Genazzano en la víspera de la Natividad de la Santísima Virgen María, entrega la Rosa de Oro a la Virgen y descubre el fresco que lo representa en oración. Durante la misa, invita a meditar sobre la vida de la Virgen, aunque las Escrituras no ofrezcan detalles. El Pontífice exhorta a la oración: «La necesitamos en tiempos de incertidumbre».
Tiziana Campisi – Genazzano
Pedir a María «su Buen Consejo para acoger» la Palabra de Dios, «guardarla», «darla a luz a través de decisiones valientes y sabias» y de una «auténtica conversión». Desde la basílica de Genazzano, donde se conserva la imagen de la Virgen venerada como Madre del Buen Consejo —procedente de Shkodër, Albania, el 25 de abril de 1467—, León XIV, en su segunda visita al santuario mariano, exhortó a pedir a la Madre Celestial que aumente la paz en cada uno y animó a todos a cultivarla.
«Sí, queridísimos, queremos imaginar la paz —ampliar los límites de la comprensión y pintarla en nuestra alma— para reconocer que ya existe, para acogerla y servirla. Es el don de Dios, el soplo del Resucitado, la obra del Espíritu Santo. Dejemos que la paz crezca en nosotros. Brotará en el mundo. Y la Madre del Buen Consejo nos acompañará en esta misión».
En la víspera de la Natividad de la Santísima Virgen María, el Papa presidió la misa en este lugar de culto confiado al cuidado pastoral de los Agustinos y no ocultó su alegría por estar de vuelta.
La liturgia de la Palabra
La primera lectura, tomada del profeta Miqueas (5, 1-4a), evoca el anuncio del nacimiento de Cristo en Belén por parte de «la que va a dar a luz», mientras que el Salmo 12 propone la oración de quien confía en Dios y se regocija por la salvación recibida de Él. La segunda lectura, tomada de la Carta de san Pablo a los Romanos (8, 28.30), aclara, a su vez, que «todo contribuye al bien de quienes aman a Dios, de aquellos que han sido llamados según su designio». Por su parte, el Evangelio según san Mateo (1, 1-16. 18-23) repasa la genealogía de Jesús, nacido de María, quien «estando desposada con José, antes de vivir juntos, se halló en vientre de un hijo por obra del Espíritu Santo».
La confianza de la humanidad en María
En la homilía, León XIV no ocultó su emoción al recordar su primera visita del 10 de mayo del año pasado y el «profundo deseo», expresado en los primeros días de su pontificado, de «acercarse a Genazzano, al santuario de la Virgen del Buen Consejo». Tal como especificó en la dedicatoria del libro de honor, la Virgen le ha acompañado a lo largo de toda su vida «con su presencia maternal, con su sabiduría y con el ejemplo de su amor por el Hijo, el Hijo que es siempre el centro de mi fe».
«Con alegría estoy de nuevo aquí para celebrar con vosotros la Vigilia de la Natividad de la Santísima Virgen y encomendar a María Niña lo que aún nace en esta pobre y magnífica humanidad: frágil como un brote, pero signo de la fidelidad de Dios».
La Natividad de María y las Escrituras
En el antiguo santuario —erigido sobre una iglesia del siglo XIII y cuya construcción, ralentizada por falta de fondos, prosiguió rápidamente tras la prodigiosa aparición el 25 de abril de 1467 de una imagen de la Virgen reconocida como la de Shkodër—, el Sumo Pontífice vestía casulla y mitra donadas por los fieles de Genazzano. En su reflexión, se detuvo en las enseñanzas de santo Tomás de Villanueva sobre la Natividad de María y lo que las Escrituras narran sobre ella.
Interrogar a la Escritura y dialogar con los testigos de la Revelación
Tomás de Villanueva, fraile y obispo agustino que dedicó su vida al servicio de los pobres y se interrogó en profundidad sobre la verdad de la fe, supo ver la paradoja de la pequeñez y la marginalidad de María, convertida en figura central de la economía de la salvación. El santo se preguntaba por qué los evangelistas cuentan de forma tan sucinta la historia de la Virgen, sin describir su concepción, nacimiento, educación, costumbres, virtudes o su relación con Jesús y los apóstoles. Para el Papa, estas preguntas ofrecen una sugerencia importante: «Interrogar a la Escritura y a sus autores, debatir con el texto y dialogar con los testigos de la Revelación como si fueran amigos».
La simple existencia de María
El Pontífice precisó que de María aprendemos «la inteligencia que conversa con Dios, que plantea preguntas e interpreta los acontecimientos guardándolos en el corazón». Y aunque el Evangelio de Mateo menciona su presencia sin atribuirle una sola palabra, de ello se extrae una enseñanza fundamental:
«El simple hecho de que María esté presente —y el Hijo en ella— mueve toda la historia: la de José y la de toda su casa. La presencia de María provoca un salto en la genealogía, una novedad inesperada capaz de modificar no solo las expectativas, sino también el comportamiento de un hombre. Lo que José escucha, decide y hace es una respuesta a Dios y a la presencia de María».
La profecía para ver la obra de Dios
Santo Tomás de Villanueva explicaba que el Espíritu Santo quiso el silencio de los evangelistas sobre las hazañas de la Virgen porque «la gloria de la Virgen estaba toda en su interior y se podía imaginar más que describir». Invitaba así a un «maravilloso ejercicio de imaginación»: contemplar e imaginar en la propia alma a una joven purísima, prudente y llena de gracia, para que cada fiel la pintara interiormente.
«En la oración contemplativa toma forma aquello que el mundo no nos cuenta, pero que ya existe; aquello que aún es invisible, pero encierra una nueva fuerza. No se trata de fantasía, sino de profecía. La necesitamos en tiempos de destrucción e incertidumbre para ver la obra de Dios y servirla».
Un misterio que aún asombra
Santo Tomás destacaba que, como síntesis de la historia de María, basta saber que «de ella nació Jesús». Un misterio ante el cual el Papa reconoce sentir «vértigo», siendo imposible acostumbrarse a él:
«Celebramos el nacimiento de una niña llamada a convertirse en la Madre de su Creador. Y, sin embargo, nace simplemente una niña, como las hijas o nietas que sostenemos en brazos. Hoy le atribuimos títulos altísimos de Señora y Reina, pero el camino de Dios ha sido y sigue siendo sencillo y silencioso, aunque no por ello menos poderoso. Es el camino del propio Jesús».
Ser semejantes a Jesús preferyendo su camino
El Papa subrayó que, como María, estamos «predestinados a ser conformes a la imagen del Hijo», eligiendo su estilo de vida:
«En Jesucristo, Dios ha elegido las condiciones históricas más humildes y la más humilde de las criaturas para manifestar la originalidad de su Reino, donde la prepotencia no tiene cabida y la omnipotencia es creación, servicio y cuidado de la vida».
Durante la oración de los fieles se elevaron peticiones por la Iglesia, por el papa León XIV, por la orden agustina, por los gobernantes y pueblos para que garanticen un futuro de paz, por los peregrinos de Genazzano y por todos los fieles presentes.
En la víspera de la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María, hoy por la tarde, 7 de septiembre, León XIV regresa al santuario tan querido por los agustinos para celebrar la Misa. El obispo de Tívoli, monseñor Parmeggiani, señala: «La visita es un estímulo que nos invita a responder al don de una madre que señala a Cristo como el camino que debemos seguir». Por su parte, el rector de la basílica, el padre Centra, destaca: «Es profundo el vínculo del Pontífice con la Virgen del Buen Consejo».
Benedetta Capelli y Eugenio Bonanata – Ciudad del Vaticano
Se respira un clima de alegre expectativa en Genazzano, el pueblo medieval situado a unos 40 kilómetros de Roma, enclavado en el valle del Sacco, entre los Castillos Romanos y los montes Prenestinos. Los fieles esperan la llegada del Papa León, quien regresa a este pequeño municipio donde se encuentra uno de los lugares más apreciados por la familia agustiniana: la Basílica Santuario de la Madre del Buen Consejo. A las 18:00 de hoy, 7 de septiembre, el Pontífice celebrará la Misa en la víspera de la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María.
El Papa regresa a Genazzano tras su visita privada del 10 de mayo de 2025, dos días después de su elección a la Sede de Pedro. Es un retorno a la Madre que, como escribió en el libro de firmas del santuario al confiarle su ministerio, lo ha acompañado durante toda su vida «con su presencia maternal, con su sabiduría y con el ejemplo de su amor por el Hijo, que es siempre el centro de mi fe: camino, verdad y vida».
El cuadro que será develado
Se espera la llegada de León XIV a las 16:30 en la Plaza de la Paz, desde donde se dirigirá al santuario en el papamóvil impartiendo la bendición a los fieles a lo largo del recorrido. Posteriormente, el Pontífice será recibido por las autoridades, la comunidad agustiniana y el obispo de la diócesis de Tívoli y Palestrina, monseñor Mauro Parmeggiani.
A las 17:30 tendrá lugar la inauguración de un cuadro realizado por Marco Innocenzi, exrestaurador del Laboratorio de Restauración de Pinturas y Materiales de Madera de los Museos Vaticanos. La obra representa al Papa León de perfil, arrodillado ante un reclinatorio y con la mirada dirigida hacia el icono de la Virgen.
La pintura se ubicará en la capilla dedicada a los Pontífices que han visitado Genazzano en el pasado: comenzando por Urbano VIII, quien en 1630 encomendó a la Virgen a una Italia afectada por la peste; el beato Pío IX, peregrino en Genazzano el 15 de agosto de 1864 y profundamente devoto de la Madre del Buen Consejo; Juan XXIII, retratado tras su visita del 25 de agosto de 1959; y, finalmente, san Juan Pablo II, en oración ante la sagrada imagen durante su peregrinación del 22 de abril de 1993, en vísperas de su viaje apostólico a Albania.
El vínculo con Albania
Precisamente de Albania procede el arzobispo de Escutari-Pult, monseñor Giovanni Peragine, quien concelebrará la Misa con el Santo Padre. Según la tradición, la imagen de la Madre del Buen Consejo que se conserva en el santuario habría sido llevada por ángeles desde la ciudad albanesa de Escutari, apareciendo milagrosamente el 25 de abril de 1467, fecha en la que fue reconocida por dos peregrinos de dicho país.
Aún hoy se celebra en Genazzano cada 25 de abril la «Venida» de la Santa Imagen, y los católicos albaneses invocan a la Madre del Buen Consejo con el antiguo título de «Señora de Albania».
Entre los concelebrantes estarán también el prior general de la Orden de San Agustín, el padre Joseph Farrell; el prior de la Provincia Agustiniana de Italia, el padre Gabriele Pedicino; el procurador general de la orden, el padre Pasquale Di Lernia, y el padre Rocco Ronzani, prefecto del Archivo Apostólico Vaticano y originario de Genazzano. Concelebrarán asimismo los padres agustinos de la comunidad y el rector del santuario, el padre Ludovico Centra.
Durante la ceremonia, el Papa vestirá alba, casulla y mitra donadas por los fieles de Genazzano. Los bordados hacen referencia al agua y a las Bodas de Caná, el primer milagro de Jesús realizado en presencia de María. La casulla y la mitra se conservarán posteriormente en el museo del santuario.
La rosa de oro
Uno de los momentos más significativos de la celebración será la entrega a la Madre del Buen Consejo de una rosa de oro de tres ramas. En su base figuran los escudos del santuario, de Martín V —primer Papa en donar una rosa de oro en 1431, posteriormente perdida durante la época napoleónica—, de León XIII —quien elevó el santuario a basílica— y de León XIV.
Asimismo, se le obsequiará al Pontífice una reliquia ex ossibus del beato Stefano Bellesini, agustino y párroco del santuario, cuyos restos mortales son venerados en la basílica.
El obispo de Tívoli: «Un gran don»
«Una gran fiesta, una fiesta en familia»: así describe monseñor Mauro Parmeggiani el ambiente que se vive durante estas horas en Genazzano. El obispo destaca el «gran don» que el municipio ha recibido con la presencia del santuario, ante el cual «no se puede permanecer indiferente».
«La visita del Papa —afirma— es un estímulo que nos invita, una vez más, a responder al don de tener una madre que señala a Cristo como el camino a seguir y la meta a alcanzar, a pesar de nuestras imperfecciones y dificultades».
El deseo del prelado es que la comunidad responda con «una fe fuerte», sintiéndose cada vez más unida «al Santo Padre y a la Iglesia de Roma», y convirtiéndose en «promotora de una pastoral activa, capaz de construir unidad y paz respecto a nuestros hermanos y a la creación».
El rector del santuario: «Encomendarnos a María»
El padre Ludovico Centra, rector de la basílica, recuerda el profundo afecto del Papa por la Virgen desde sus años en Chicago. Señala que el mensaje principal que León XIV transmite con su visita es el de «encomendarnos a María, esta espléndida aurora que anuncia el día que es Jesús».
«Esto es esencial. Siempre se lo digo a los peregrinos: Ella es la Madre del Buen Consejo porque es la madre de Jesús, que es el buen consejo de Dios. Y María sigue teniendo esta misión, como en Caná. Creo —concluye— que el Papa lleva esto en el corazón y nos encomendará a Ella para que sigamos escuchándola y haciendo la voluntad de su Hijo».
León XIV reflexiona sobre el «amor mutuo» durante el Ángelus del XXIII Domingo del Tiempo Ordinario y señala dos formas concretas de amarse los unos a los otros: la corrección fraterna y la capacidad de ponerse de acuerdo.
Mireia Bonilla – Ciudad del Vaticano
Este mediodía, el Papa León XIV ha reflexionado sobre el Evangelio del día (Tomado de san Mateo), el cual presenta los conceptos de la «corrección fraterna» y la «oración compartida». Asimismo, lo ha relacionado con la primera lectura, tomada de la Carta de san Pablo a los Romanos, donde se afirma que la única deuda que debemos tener unos con otros es «la del amor mutuo».
Es precisamente en la imagen de «la deuda» en la que León XIV ha centrado su reflexión. El Papa recuerda que «Jesús nos ha enseñado a invocar y a practicar la condonación de las deudas», pero señala que existe también un patrimonio que nos debemos unos a otros: «la deuda del amor mutuo». A partir de ahí, explica que el Evangelio propone dos maneras de vivir este amor en la comunidad cristiana.
La corrección fraterna
La primera es la corrección fraterna, la cual León XIV describe como «un arte delicado y, con demasiada frecuencia, olvidado» que requiere franqueza y gradualidad.
«Hablarse sinceramente —explica el Papa— significa comenzar cara a cara; después, si es necesario, entre dos o tres personas y, finalmente, cuando haga falta, con toda la comunidad». De este modo, afrontar los problemas y los conflictos permite transformarlos en «pasajes de crecimiento». Frente a esto, León XIV advierte que la queja y la maledicencia son vías más fáciles, pero «no aportan nada» y paralizan las situaciones. «El Evangelio —afirma— educa, en cambio, en la libertad y en la caridad».
Ponerse de acuerdo
La segunda forma de vivir el amor mutuo es ponerse de acuerdo. León XIV subraya que Jesús traslada esta actitud también a la oración: «No solamente cuando existe un conflicto, sino también para pedir juntos algún don a Dios». El Papa recuerda, además, las palabras de Jesús: «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, mi Padre que está en los cielos se la concederá».
Por último, el Pontífice recuerda que gracias a la oración podemos crecer unidos, ya que sin fe —señala— cada uno podría sentirse solo y sospechar de los demás, viéndolos «como extraños y enemigos». Sin embargo, por gracia, «somos hermanos y hermanas que pueden ponerse de acuerdo, encontrándose, perdonándose y escuchándose en el Señor».