En la vida todo acto tiene sus consecuencias. Por eso debemos pensar cualquier decisión que vayamos a tomar. La existencia no es una diversión. Cada minuto que transcurre es un tiempo valioso. No podemos vivir sin un norte, sin unos principios que nos guíen. Porque actuar, por ejemplo, guiados por el criterio de la “mayoría” no nos hace seres especiales, todo lo contrario, nos convierte en lo que José Ingeniero llama: “Hombre Mediocre”, en personas que se preocupan de todo menos en hacer lo correcto, que no reflexionan el por qué ni el para qué de su presencia en este mundo.
Formar una personalidad desde ámbito el exterior, fortaleciendo únicamente elementos efímeros, como la estética, el estar atento a la vanguardia, o el vivir centrado en la acumulación de riquezas, es reducir la esencia del ser humano a una simple máquina que consume y que acumula cosas para sentirse bien. Cuando se procede de esta forma, el interior de cada individuo exige de manera graduar algo más que hechos repetitivos. Procura más bien, unos valores y unas actitudes que trasciendan a la propia persona. En concreto, lo que estamos queriendo decir es que somos algo más que deseos superfluos o caprichos circunstanciales.
La manera en el mundo que nos ha tocado desarrollarnos y establecernos, consciente e inconscientemente suele catalogar a la ética y la moral, como putos términos pretéritos, temas del pasado, un sistema de comportamientos que se utilizó años atrás para un determinado momento en la historia, pero que en la generación que nos ha tocada caminar, no son necesario. En otras palabras, para muchos ambos conceptos, quedan como opcionales en su vivencia. Deben del ámbito privado, más que público.
La ética y la moral no son realidades contingentes en nuestra vida. No se puede ser una persona madura y adulta prescindiendo de ellas. La facultad de analizar, reflexionar y ser críticos ante la compleja y misteriosa existencia de los seres humanos es una propiedad del mismo hombre. Los animales no cuentan con este don y privilegio extraordinario que Dios ha depositado en nosotros. Por consiguiente, gracias a la ética y la moral, podemos tener acceso a la felicidad, convertirnos realmente en personas, en ciudadanos que valen más por sus valores y principios que por la fama, el poder u otra realidad social. Porque tanto la ética como la moral procuran darnos plena conciencia del valor de la libertad humana.
Sin la ética y sin la moral somos un camino sin dirección, un corazón sin sentimientos, una existencia sin sentido. Individuos en medio de tanta gente, veletas que son manipuladas por el viento, incapaces de moverse para dónde realmente quieren. Somos seres humanos cuando realmente podemos distinguir el bien del mal, la justicia de lo injusto; cuando sabemos recocernos personas coherentes en nuestro vivir. Por tanto, sin ética y sin moral, somos humanos tratados como objetos, productos que son utilizados siempre como medios y nunca como un fin en sí mismo.
Este miércoles 23 de septiembre inició la campaña de oración 40 Días Por La Vida Santo Domingo en su versión campaña de todos los santos, Otoño 2026. Nuestro país se une a cientos de ciudades en todo el mundo para participar de la movilización provida coordinada más grande y larga de la historia. La misma se extenderá hasta el domingo 1 de noviembre frente al Congreso Nacional, en horarios de lunes a viernes de 8:00 A.M.-6:00 P.M. y sábados y domingos de 8:00 A.M.-3:00 P.M.
La campaña inició con un acto de bendición a cargo del Reverendo Padre Mario De La Cruz Campusano, vicario episcopal de la Pastoral Familia y Vida y asesor espiritual de 40 Días por La Vida Santo Domingo. Además, contó con la presencia de voluntarios, feligreses de la parroquia Divina Providencia de Arroyo y la directora de campaña, la señora Yordelis Coss.
40 días por la Vida es una campaña provida centrada en 40 días de vigilia pacífica, oración y ayuno, frente a centros de aborto, plazas públicas, instituciones públicas y de alcance comunitario.
Desde que la campaña comenzó en el 2004 en Estados Unidos, más de 1000 ciudades se han unido en el mundo. Los esfuerzos de cientos de miles de personas de fe han ayudado a hacer una tremenda diferencia. Numerosas ciudades han reportado un descenso significativo en el número de abortos, se han reportado 26,545 vidas salvadas, 187 clínicas de aborto han cerrado sus instalaciones y otras han reducido el número de horas operacionales, 278 trabajadores de clínicas de aborto han renunciado a sus trabajos. Nuevos voluntarios se unen a los esfuerzos locales próvida. Iglesias de diferentes denominaciones se unen para trabajar por el fin del aborto en sus ciudades. Muchas mujeres que sufren después de un aborto toman la iniciativa de buscar sanación al dolor causado por esta decisión.
En esta campaña damos a gracias porque nuestro código penal fue aprobado sin las causales del aborto. Oramos también por la sanación espiritual de las mujeres que han abortado, por las mujeres que pasan por dificultades en su embarazo, y por todo el pueblo dominicano en general para que siempre defienda la vida, especialmente de que no tienen voz, de los más indefensos.
Para aprender más acerca de la campaña local de 40 Días por la Vida Santo Domingo, visite:
www.40daysforlife.com/es/santodomingo
Página de Facebook: 40 días por la vida Internacional o 40 días por la vida Republica Dominicana
Cada 24 de septiembre, la República Dominicana vuelve su mirada hacia una Madre. En pueblos, barrios, parroquias, comunidades y hogares se escucha con especial intensidad el nombre de Nuestra Señora de las Mercedes, patrona del pueblo dominicano.
No se trata solamente de una celebración marcada en el calendario religioso. Es una oportunidad para que un pueblo creyente vuelva a preguntarse por su relación con Dios, por el sentido de su fe y por la manera en que está viviendo el compromiso recibido el día de su Bautismo.
Ante la imagen de María, muchos dominicanos llegan con sus alegrías y sus preocupaciones, con sus esperanzas y también con sus heridas. Llegan quienes agradecen una gracia recibida y quienes buscan consuelo en medio de una dificultad. Llegan familias enteras, ancianos, jóvenes, niños y personas que quizás llevan tiempo alejadas de la práctica religiosa.
Todos parecen decirle a la Madre una misma súplica:
Santa María de las Mercedes, ven pronto e intercede ante tu Hijo Jesucristo para que nos libre de nuestros cautiverios, de nuestros desánimos, de nuestras caídas y de nuestras inconstancias.
Y entonces surge una pregunta que puede darle un significado todavía más profundo a esta fiesta:
¿De qué necesitamos ser liberados?
Una advocación nacida para hablar de libertad
La advocación de Nuestra Señora de la Merced tiene sus raíces en la experiencia de la Iglesia medieval y en la misión de San Pedro Nolasco, vinculada a la liberación de cristianos cautivos. La tradición mercedaria presenta a la Virgen como Madre que acompaña una obra concreta de misericordia: buscar la libertad de quienes estaban privados de ella y, especialmente, ayudar a preservar su fe.
Por eso, hablar de la Virgen de las Mercedes es hablar de misericordia, redención y libertad. Pero los cautiverios de nuestro tiempo no siempre tienen barrotes.
Hay personas cautivas del rencor, de la violencia, de las adicciones, de la desesperanza, del egoísmo, de la indiferencia, de la mentira o de una vida alejada de Dios.
También existen cautiverios más silenciosos: la incapacidad para perdonar, la falta de esperanza, la pérdida del sentido de la vida, la inconstancia en la fe o la costumbre de comenzar muchas veces el camino cristiano sin llegar a comprometerse verdaderamente con él.
Por eso la fiesta de Nuestra Señora de las Mercedes puede convertirse en una llamada a reconocer nuestras propias cadenas.
María no viene a sustituir a Cristo. Nos conduce hacia Él
Ella intercede ante su Hijo y nos recuerda que la verdadera libertad no consiste simplemente en hacer lo que queremos, sino en aprender a vivir en la verdad, en el amor y en la voluntad de Dios.
Una devoción profundamente dominicana
La presencia de esta advocación mariana forma parte de la historia religiosa de la República Dominicana desde los primeros tiempos de la evangelización. Una antigua tradición vincula la devoción con el Santo Cerro y con los primeros momentos de la presencia cristiana en la isla.
La devoción adquirió una particular fuerza a lo largo de la historia dominicana. Incluso existe una tradición histórica que recuerda el terremoto ocurrido en 1614 y el refugio de los habitantes de la ciudad en el templo de La Merced. Las crónicas posteriores relacionaron aquel acontecimiento con la protección atribuida a la Virgen.
Más allá de la interpretación de estos acontecimientos históricos, lo cierto es que Nuestra Señora de las Mercedes fue arraigándose profundamente en la identidad religiosa del pueblo dominicano.
La Conferencia del Episcopado Dominicano reconoce a la Virgen de las Mercedes como Patrona del pueblo dominicano, mientras que la Virgen de la Altagracia es reconocida como Protectora de los dominicanos.
Así, septiembre se convierte para la Iglesia que peregrina en República Dominicana en un tiempo privilegiado para mirar a María y, a través de ella, volver la mirada hacia Jesucristo.
María y nuestro Bautismo
Pero hay algo más profundo que podemos descubrir en esta celebración. Todos los bautizados hemos recibido una llamada a vivir como hijos de Dios. El Bautismo no es simplemente un acontecimiento del pasado, una fotografía familiar o un certificado guardado en un archivo parroquial.
El Bautismo inaugura una vida nueva. Por el Bautismo somos incorporados a Cristo y llamados a caminar como discípulos suyos. Esto significa que nuestra fe debe expresarse en decisiones concretas, en relaciones humanas, en la familia, en el trabajo, en la comunidad y en la manera como enfrentamos las dificultades.
Y aquí Nuestra Señora de las Mercedes puede ayudarnos mucho. María es la mujer que escucha a Dios y responde con disponibilidad. Su vida nos recuerda que la fe no consiste solamente en recibir una gracia, sino también en responder a esa gracia.
Por eso, celebrar a la Virgen puede ser una ocasión para renovar las promesas bautismales interiormente y preguntarnos:
¿Estoy viviendo como cristiano?
¿Mi manera de hablar refleja el Evangelio?
¿Mi familia puede descubrir a Cristo a través de mi testimonio?
¿Estoy dispuesto a perdonar?
¿Defiendo la dignidad de los demás?
¿Me preocupo por quienes sufren?
¿Participo en la vida de mi comunidad cristiana?
¿O mi Bautismo se ha quedado solamente como un acontecimiento de mi infancia?
“Ven, Madre de las Mercedes: te necesitamos”
Hay momentos en que el pueblo necesita reconocer que no puede caminar solo. Por eso la oración a María tiene también una dimensión profundamente humana:
¡Ven, Madre de las Mercedes! Te necesitamos.
Te necesitamos cuando nos cansamos.
Te necesitamos cuando perdemos la esperanza.
Te necesitamos cuando nuestras familias atraviesan dificultades.
Te necesitamos cuando nuestros jóvenes se sienten desorientados.
Te necesitamos cuando la violencia parece ganar espacio.
Te necesitamos cuando la indiferencia amenaza con apagar la solidaridad.
Te necesitamos cuando nuestras comunidades cristianas necesitan recuperar entusiasmo.
Pero también necesitamos a María cuando nosotros mismos somos responsables de nuestras caídas.
Porque existen momentos en los que no necesitamos buscar culpables fuera de nosotros. Necesitamos reconocer nuestras propias fragilidades y volver a Dios.
“Ven pronto, Madre de las Mercedes, e intercede ante tu Hijo Jesucristo para que nos libre de nuestros cautiverios, de nuestros desánimos, de nuestras caídas y de nuestras inconstancias.”
Esta oración puede convertirse en un auténtico programa de vida.
Liberarnos para servir
Existe además una enseñanza particularmente importante en la espiritualidad de la Merced: la libertad tiene una finalidad.
No somos liberados simplemente para vivir encerrados en nosotros mismos.
Somos liberados para amar.
Somos liberados para servir.
Somos liberados para perdonar.
Somos liberados para construir.
Somos liberados para anunciar el Evangelio.
El Bautismo nos introduce precisamente en esta dinámica. La vida cristiana no puede reducirse a pedirle a Dios que nos ayude en nuestras necesidades personales. También implica convertirnos nosotros en instrumentos de su amor.
Por eso, un bautizado que contempla a Nuestra Señora de las Mercedes está llamado a preguntarse:
¿A quién puedo ayudar a recuperar la esperanza?
Quizás exista alguien en nuestra propia familia que necesita una palabra de reconciliación.
Quizás un vecino necesite compañía.
Quizás un joven necesite ser escuchado.
Quizás una persona enferma necesite una visita.
Quizás alguien que se ha alejado de la Iglesia necesite descubrir nuevamente que Dios no lo ha abandonado.
La devoción mariana adquiere así un rostro concreto.
Una Madre que conduce a Cristo
La grandeza de María está precisamente en que siempre nos conduce hacia Jesús.
En Caná, ella señaló el camino: “Hagan lo que él les diga” (Jn 2,5).
Esa palabra continúa siendo fundamental para todo bautizado. La Virgen de las Mercedes no nos invita a quedarnos solamente contemplando su imagen. Nos invita a escuchar a su Hijo.
Y escuchar a Cristo significa asumir el Evangelio como camino de vida.
En una República Dominicana que enfrenta desafíos sociales, familiares, económicos y culturales, la devoción a María puede convertirse en una fuerza espiritual que ayude a recuperar valores esenciales: la dignidad humana, el respeto, la solidaridad, la responsabilidad, la honestidad, la reconciliación y el servicio.
No basta con llevar una imagen de la Virgen.
Hay que llevar también su mensaje.
No basta con caminar detrás de una procesión.
Hay que caminar detrás de Cristo durante todo el año.
No basta con encender una vela.
Hay que permitir que la luz de Cristo ilumine nuestras decisiones.
No basta con pedirle a María que nos proteja.
También debemos preguntarnos cómo estamos viviendo aquello que recibimos en nuestro Bautismo.
Una fiesta para renovar la esperanza
Este 24 de septiembre puede ser mucho más que una celebración tradicional.
Puede ser un momento de renovación.
Una oportunidad para que las familias dominicanas vuelvan a rezar juntas.
Para que los jóvenes descubran que la fe tiene algo que decirles.
Para que quienes se sienten lejos regresen a la casa del Padre.
Para que las comunidades cristianas recuperen su vocación misionera.
Para que los bautizados recuerden que la fe recibida es también una responsabilidad.
Y para que todos podamos mirar a María y decir:
Santa María de las Mercedes, Madre de nuestro pueblo, acompáñanos hacia tu Hijo.
Libéranos de aquello que nos aleja de Dios.
Ayúdanos a vencer nuestros desánimos.
Sostennos cuando caigamos.
Enséñanos a permanecer firmes cuando aparezca la inconstancia.
Haz que nuestra vida bautismal sea una vida de fe, esperanza, caridad y servicio.
“¡Ven, Madre de las Mercedes!”
La República Dominicana tiene una historia profundamente marcada por la fe mariana. Pero cada generación está llamada a hacer algo nuevo con esa herencia.
A nosotros nos corresponde preguntarnos qué significa ser discípulos de Cristo en el presente.
La respuesta no está solamente en las tradiciones que recibimos, sino en la manera como las convertimos en vida.
Por eso, ante Nuestra Señora de las Mercedes, podemos repetir con confianza:
¡Ven, Madre de las Mercedes! Te necesitamos.
Ven a nuestras familias.
Ven a nuestras comunidades.
Ven a nuestros jóvenes.
Ven a quienes están cansados.
Ven a quienes han perdido la esperanza.
Ven a quienes viven alguna forma de cautiverio.
Ven a quienes han caído.
Ven a quienes necesitan volver a empezar.
Y llévanos siempre hacia Jesucristo, porque solamente en Él encontramos la verdadera libertad.
Que la fiesta de Nuestra Señora de las Mercedes no termine cuando termine la procesión.
Que permanezca en nuestras decisiones.
Que permanezca en nuestras familias.
Que permanezca en nuestras comunidades.
Que permanezca en nuestro corazón.
Y que cada bautizado pueda comprender que celebrar a María es también aceptar su invitación a seguir a Jesús.
Nuestra Señora de las Mercedes, Patrona del pueblo dominicano, ruega por nosotros y ayúdanos a vivir con fidelidad la gracia de nuestro Bautismo.
El 24 de septiembre, día especial para los dominicanos, es fiesta nacional. La razón es sencilla pero contundente: la Fiesta de Nuestra Señora de las Mercedes. Nuestro pueblo ha sido bendecido con una devoción profunda hacia la Madre de nuestro Salvador, manifestándose de manera doble en la veneración a María de las Mercedes y María de la Altagracia.
La primera, de quien tratamos hoy y que, obvio, se trata de la misma Virgen María, madre de Jesús y, por disposición de Él (nuestro Salvador), es también madre nuestra.
Esta devoción está arraigada en el corazón de nuestro país y nació en esta tierra en el emblemático Santo Cerro.
Se trata de la primera devoción mariana en América.
Fiándonos de don Arturo Logroño (Historia Patria, Compendio de, tomo I), Nuestra Señora de las Mercedes fue patrona de la isla La Española desde los días del gobernador don Diego Gómez de Sandoval.
Además de ser la patrona de la República Dominicana, la Virgen de las Mercedes es también la protectora de La Vega, del Santo Cerro y del Cuerpo de Bomberos de Santo Domingo.
El origen de esta advocación se remonta a España, por san Pedro Nolasco, y su espiritualidad se centra en brindar apoyo y compañía a quienes se encuentran privados de libertad.
Entendiendo importante que meditemos en torno al carisma de misericordia y en especial a los presos, transcribo a continuación un bello mensaje que leí hace unos años, pero que atesoro en un cuaderno especial y que en esta celebración me inspira compartirles: «No todos los que están en la cárcel son verdaderos delincuentes. Muchos cometieron su delito en un momento de apasionamiento o de locura que estaba muy lejos de representar sus verdaderos sentimientos interiores y disposiciones habituales.
Otros muchos han sido víctimas del ambiente que respiraron y de la educación que recibieron de pequeños. Y, en todo caso, todos ellos son seres actualmente infelices y desgraciados, lo cual es un título sobrado para excitar nuestra compasión y misericordia, cualesquiera que sean sus antecedentes y la culpabilidad de su conducta.
¡Cuánto bien se puede hacer a los pobres presos visitándolos con frecuencia y prodigándoles palabras de consuelo y de esperanza! Aún a los condenados a prisión perpetua se les puede ensanchar el alma enseñándoles que la verdadera libertad es la del espíritu; que el que vive en gracia de Dios es libre aunque viva en una cárcel, y el que vive en pecado mortal es esclavo y prisionero aunque parezca gozar de libertad en plena calle; que la cárcel de este mundo no podrá prolongarse más allá de lo que dure nuestra vida, mientras que más allá del sepulcro existe una cárcel perpetua de la que no se sale jamás».
Termino estas líneas con una breve oración a la cual pido se unan en sus corazones, porque la máxima que dice que en la unión está la fuerza también se cumple en el plano espiritual.
«Queridísima Virgen de las Mercedes: te entregamos nuestras vidas, nuestra gente que sobre todo es tuya porque te ama y te aclama como gran mediadora ante tu Hijo para que derrame abundantes bendiciones, sobre todo la de nuestra conversión, y para que vivamos para alabarle, bendecirle, seguirle y servirle haciendo su Santa Voluntad. Extiende tu manto más allá de nuestras fronteras y lleva un anhelo grande de paz y amor a todo el mundo. Te amamos, Madre querida. Amén».