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12/06/2026

San Pedro y San Pablo: Columnas de la Iglesia

 Por Leonor María Asilis Elmudesi

Por su gran fuerza apostólica, San Pedro, delegado por Cristo para ser cabeza de su Iglesia, y San Pablo, también escogido por Él para predicar a los gentiles, fueron elegidos por la Iglesia para que se celebrara sus vidas en un mismo día, el 29 de junio.

En tal sentido, dedicamos a ellos estas líneas.

No olvidemos que a estos dos grandes apóstoles se les considera las columnas de la Iglesia, y no es para menos. Comencemos por el primero, San Pedro, a quien Jesús le dijo que era la roca sobre la cual edificaría su Iglesia. Pedro fue siempre el primero en todo, el más decidido.

De ser un simple pescador, Jesús lo transformó en pescador de hombres, y su misión se ha perpetuado en los Papas a lo largo del tiempo.

Veamos el origen de la palabra «Papa», que viene del latín y está compuesta por las iniciales que se detallan a continuación: P-etrus (Pedro); A Apostolicis (Apóstol); P Potestatum (tiene potestad, autoridad); A Accipiens (que tiene acceso). Es decir, «Papa» significa que tiene acceso y autoridad del Apóstol Pedro. Mucho podríamos abundar sobre la figura apasionada de Pedro; sin embargo, me enfocaré en una: su debilidad. Él, quien siempre fue el más resuelto y dinámico entre los apóstoles, negó al Maestro. En otras palabras, flaqueó, fue cobarde. Pero Jesús, posteriormente, y en su misericordia, con solo una mirada llena de amor, lo confirmó en su amor.

Le invitamos a leer: El Papa dice que en la Iglesia “hay lugar para todos”, pese a «resistencias». 

Con este hecho, Pedro recordó su traición y lloró amargamente. Cuenta la tradición que, de tanto llorar, le surgieron dos grandes surcos debajo de los ojos. Sin embargo, aceptó el amor y el perdón para su salvación. Así es Dios. Dios es amor y misericordia. Siempre nos acoge y nunca nos rechaza. ¿Podría alguno preguntar, y entonces qué le pasó a Judas?

Sencillamente, no aceptó el perdón de Dios. Se desesperó, se ahorcó, y a sus pies quedaron las treinta monedas. Seamos como Pedro, aceptando siempre el amor de Dios.

Fijémonos ahora en San Pablo, otro gigante de la Iglesia. De perseguidor de los cristianos a perseguido por ser cristiano. Pablo fue conquistado por la gracia divina en el camino de Damasco. Después de encontrarse con Jesús en su camino, se entregó sin reservas a la causa del Evangelio.

Gracias a la gracia de Dios en él, fue apóstol de los gentiles. Intrépido y audaz, sabio y humilde, persistente y tenaz, nos legó en sus bellas cartas lecciones de lo alto, inspiraciones divinas, un legado eterno y una ruta segura en la búsqueda de la santidad. Por la fe, también él derramaría un día su sangre precisamente en este lugar, uniendo para siempre su nombre al de Pedro en la historia de la Roma cristiana. Hago acopio de una de sus sentencias que cobra cada día mayor vigencia: “Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo”.

Termino estas palabras con el inmenso deseo que sigamos su ejemplo en la custodia y defensa de la fe, pidiéndoles su intercesión para preservar la pureza de nuestra fe y para que seamos como ustedes, grandes Apóstoles del Reino de Jesús, quienes vivieron y murieron por la extensión de su reino.

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Andrés Napoleón obispo de La Vega

 El Santo Padre ha nombrado Obispo de la Diócesis de La Vega (República Dominicana) a S.E. Mons. Andrés Napoleón Romero Cárdenas, trasladándolo desde la Diócesis de Barahona.

Currículum vitae

Mons. Andrés Napoleón Romero Cárdenas

S.E. Mons. Andrés Napoleón Romero Cárdenas nació el 24 de julio de 1967 en Ramonal Arriba, Diócesis de San Francisco de Macorís (República Dominicana). Obtuvo la Licenciatura en Letras y Filosofía y en Ciencias Religiosas en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra de Santiago de los Caballeros, así como la Licenciatura en Teología Bíblica en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.

Fue ordenado sacerdote el 8 de julio de 1995 para la Diócesis de San Francisco de Macorís.

Ha desempeñado los siguientes cargos: vicario parroquial; formador en el Seminario Menor; director de la Obra Diocesana para las Vocaciones Sacerdotales; profesor, decano de las Facultades de Filosofía y Teología y formador del Pontificio Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino; y párroco.

Fue nombrado Obispo de Barahona el 23 de febrero de 2015, recibiendo la ordenación episcopal el 25 de abril del mismo año.

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Mensaje del Papa a los sacerdotes con motivo de la Jornada de la santificación sacerdotal

Queridos hermanos sacerdotes:

En el día en el que la Iglesia contempla el Corazón traspasado de su Señor, del que brota una fuente inagotable de paz y unidad para todo el género humano, dirijo sobre todo a mí mismo y a todos ustedes las palabras que Dios dirigió al pueblo de Israel: «Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Lv 19,2; cf. 1 P 1,16). Esta llamada divina atraviesa los siglos, resonando también hoy con fuerza para todo creyente y, con exigencia particular, para nosotros sacerdotes. La santidad no es una opción entre tantas ni un ideal abstracto; tiene que ver con la identidad misma de cada persona que quiere participar en la vida del Resucitado.

Dios nos invita a participar de su misma santidad. Cuando nos llama a ser santos porque Él es santo, nos indica el camino a seguir: dejarnos modelar según su Corazón. Y para nosotros, queridos hermanos, esta llamada es particularmente radical. El Señor prometió: «Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia» (Jr 3,15). La santidad que se nos pide es un abandono confiado: dejarnos transformar por su Santo Espíritu. Sin embargo, precisamente aquí surge la gran paradoja de nuestra vida sacerdotal: estamos llamados a participar de la misma santidad de Dios, pero llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7), somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas. ¿Cómo puede un corazón humano, tan vulnerable, responder a una llamada tan alta? El sacerdote vive esta tensión, pero sabe dónde encontrar paz: en el costado abierto del Señor Jesús.

La unión de nuestro corazón con el Corazón de Cristo no es una experiencia reservada a unos cuantos elegidos, sino un camino sacramental, eucarístico, que se realiza en lo cotidiano. Queridos hermanos, en la Ordenación hemos sido configurados con Cristo, pero es necesario reavivar siempre en nosotros el don de la gracia por medio de la celebración cotidiana de la Eucaristía, de la oración, de la meditación de la Palabra de Dios y del servicio humilde a los hermanos y hermanas. Permanecemos unidos a Cristo en todo: en lo que hacemos y en lo que nos sucede cotidianamente. La santidad, entonces, en vano buscada con esfuerzos aislados, se revelará por lo que es: correspondencia a la gracia que nos precede, nos sostiene y nos transfigura. No existen, en efecto, compartimentos estancos en nuestra humanidad. La oración, el ministerio, las relaciones, el cansancio, las alegrías y los fracasos, incluso el tiempo aparentemente perdido o el amor que parece malgastado, todo se vuelve un lugar privilegiado de la revelación de Dios y de su amor infinito.

El sacerdote que tiene un corazón íntegro, sencillo y puro es contemplativo en la acción, misericordioso, fiel en la prueba y alegre en la entrega de sí. El mundo tiene una gran necesidad de pastores que no ofrezcan sólo palabras o programas, sino el testimonio vivo de un corazón reconciliado, difundiendo el buen olor de la santidad de Cristo. Una vida sacerdotal sólida y configurada con el Corazón de Jesús es signo creíble de unidad, de paz y de misericordia. Así, en un tiempo marcado por divisiones y miedos, podemos ser constructores de paz, testigos de la ternura del Buen Pastor, que sabe reunir al que está extraviado y sanar al que está herido, y nuestro celo no es agitación, sino el desbordamiento de un amor que «es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro» (Francisco, Carta enc. Dilexit nos, 28).

La respuesta a la vocación a ser santos no está tanto en el esfuerzo de ascesis y perfección, que es necesario, sino en la adhesión confiada al amor revelado en el Corazón traspasado de Jesús. El apóstol Juan nos hace contemplar el costado abierto del Crucificado (cf. Jn 19,34), donde Dios nos muestra definitivamente cómo Él es santo: no en la distancia inaccesible de una perfección separada, sino en un amor que se entrega hasta hacerse herir y que puede, por tanto, ser manantial de misericordia y de vida. El Sagrado Corazón de Jesús es la imagen por excelencia del amor de Dios: un amor omnipotente precisamente porque es capaz de hacerse vulnerable, de cambiar el dolor en gracia, el sufrimiento en esperanza.

Ese Corazón bendito, por tanto, es el “lugar” en el que la santidad se muestra como proximidad y ternura. La santidad del sacerdote entonces puede manifestarse en la cercanía humilde y valiente, en el ser de todos y para todos, manteniendo abierta la puerta del redil para que muchos puedan entrar y encontrar alimento y descanso (cf. Jn 10,9). Por eso, se nos pide una relación con Dios que no nos aleje de los hombres, sino que nos acerque a todos, que forje corazones pacientes, tiernos, capaces de cercanía, de compasión y de escucha. Así, por medio de la unión de nuestro corazón imperfecto con el Corazón traspasado de Jesús, se realiza nuestro camino de santidad. Ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros (cf. Ga 2,20). Una tal santidad no se vive en soledad. Cuiden la fraternidad sacerdotal: búsquense, escúchense, sosténganse. El sacerdote que se aísla, lentamente se apaga; el sacerdote que camina con los hermanos crece. Nos lo recuerda san Agustín: «¿Cómo evitaremos estar en tinieblas? Amando a los hermanos. ¿En qué se prueba que amamos la fraternidad? En que no rasgamos la unidad, en que mantenemos la caridad» (Homilía sobre la Segunda Carta de San Juan a los Partos II, 3).

Queridos sacerdotes, renueven cada día su “aquí estoy” ante el Corazón traspasado de Cristo. Entréguense totalmente a Él, para que puedan amar a su pueblo con el mismo amor con el que Él lo ama. Y recuerden con alegría, como le gustaba repetir al santo Cura de Ars, que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (cf. Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año Sacerdotal [16 junio 2009]: AAS 101 [2009], 569). Este amor es prenda y garantía de que nada de nosotros se perderá, si todo lo nuestro lo entregamos y ofrecemos. Les encomiendo a todos y a cada uno a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que conservó en su corazón el misterio del Hijo, nos enseñe a conservar y a hacer latir en nosotros el Corazón de Cristo, Salvador del mundo.

12 de junio de 2026, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

ENTRE LA MEMORIA Y EL OLVIDO

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10/06/2026

APROVECHARSE DE BONDAD: NUEVA FORMA PARA ESCALAR

 P. Luis Alberto De León Alcántara Email: albertodeleon_011@hotmail.com

A muchos de nosotros nos han engañado alguna vez. Han abusado de nuestra confianza y hemos sido usados como objetos por personas que se aprovecharon de nuestra condición bondadosa para conseguir su interés. Fue justo ahí que descubrimos que quienes hacen esto, se burlan de nuestra caridad para perpetuarse y crear un “mundo” con nuestro mundo. Por esta razón, se puede decir que nosotros no les importamos, ya que instrumentalizan nuestra vida para subir un escalón más en su perspectiva personal.

Sin embargo, es digno admirar la gente con un corazón sano, puro, limpio; capaz de desvelarse por los demás, que se sienten a gusto colaborando y siendo útiles, ya que esto genera paz interior y felicidad placentera. Esta es la razón por la cual no es casualidad que Biblia diga en Hechos 20, 35 con toda seguridad que, “hay mayor alegría en dar que en recibir”. Es que el corazón humano solo reconoce cómo válido y digno los favores sinceros que podemos realizar por aquellas personas que apreciamos.

Como existen personas que se aprovechan de la bondad, es común observar la actitud sospechosa contra ciertas personas, porque vivimos en una sociedad que utiliza la bondad en vez de ofrecerla. La gente prestar atención con detenimiento a los individuos que se ofrecen con tanta facilidad para colaborar con otros. Por eso, no confía en los “servicios desinteresados”. Pues, como el dinero es el afán de una gran cantidad de seres humanos, se pone en tela de juicio quienes se ponen a la orden y dicen que en cualquier momento o circunstancia se le puede llamar, que ahí estarán.

Lo interesante de todo esto, es que se ha vuelto normal en la sociedad en la que vivimos, utilizar al otro para conseguir beneficios. Es un modo de vida que se reconoce como una vía rápida para tener mejor posición social. Aunque, utilizar a alguien como objeto para obtener el desarrollo persona, es, en palabras más sencillas, la nueva cultura para sentirse cómodo y con la posibilidad de saber que ya es posible lograr cualquier sueño apoyándose en una persona inofensiva y que piense que todavía todos los que están en el mundo son buenos y no tienen malicia.

En definitiva, hay que saber que utilizar al otro para alcanzar un propósito personal es abusar de su dignidad. Es no respetar la creación de Dios. Cuando se pierde el don de reconocer a quienes nos rodean, optando por mirarlo como una cosa más en el mundo, atentamos contra sus derechos y deberes, borrándose así de nuestra mente la concepción de la identidad humana. Es como si olvidáramos que los demás son importantes al igual que nosotros, ignorando por completo que aprovecharse de la bondad de los otros para alcanzar la felicidad, es individualismo, puro egoísmo de un ser humano que a lo largo de su propia existencia fue olvidando quién era y qué buscaba en este planeta.

Otros temas del P. Luis Alberto

SUBIR LA VOZ EN UN MUNDO HERIDO

SER MADRE POR AMOR, NO POR ILUSION

EL SILENCIO RODEADO DE PALABRAS

ENTRE LA MEMORIA Y EL OLVIDO

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"MUCHA MIES, POCOS TRABAJADORES"

 Por P. Wilkin Castillo, San Juan de la Maguana

Seguimos profundizando y descubriendo la voz de Dios por medio de su santa palabra. El Todopoderoso nos regala siempre un soplo de vida y de esperanza, cada vez que tenemos la oportunidad de interpretar su mensaje. Es un gozo unirnos a él por medio de la participación activa y consciente de la Eucaristía, sin dudas, es hacer memoria de ese gran acontecimiento que él realizó en presencia de sus amigos, los discípulos.

«En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor». Jesús es capaz de compadecerse siempre, en esta ocasión se compadece por dos motivos, primero la gente estaba extenuada y en un segundo lugar estaba abandonada. Sentirse extenuado-cansado y abandonado es una situación humana muy incomoda, todos en la vida en un momento concreto y en una situación puntual nos hemos sentido así, pero que no nos quedemos situados y este estado se convierta en nosotros en un círculo vicioso. Pues caer, cae cualquiera, levantarse es de valientes, recuerdas, Jesús no cuenta tus caídas, pero si tus levantadas. 

Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.» Cuando el Señor habla de la mies como abundante, está hablando en forma figurada, pues la mies abundante es una gran cosecha de sereales y por tanto se necesitan muchos trabajadores para recoger, guardar y cuidar en almacenes dicha cosecha. Hablando ya en un plano propiamente evangélico, nos está diciendo concretamente Jesús, que son innumerables los cristianos convertidos y por convertir y que se necesita de muchos pastores y gentes de buena voluntad, disponibles y preparadas que puedan acompañar en el crecimiento de la fe a estos hermanos. Esta es una de las razones por la cual Él llama a los discípulos y le da la potestad para que todo lo que hagan lo hagan en su nombre.

 Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Éstos son los nombres de los doce apóstoles: «el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judas Iscariote, el que lo entregó».

Este primer grupo elegido y enviado, fue el inicio de innumerables hermanos llamados y enviados por Jesús y sus discípulos, para que dicha misión continuara su curso, por eso llego a decir Jesús orando en una ocasión: «Padre no solo ruego por ellos, sino por aquellos que creerán en mi por medio de sus palabras». A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayan a tierra de gentiles, ni entren en las ciudades de Samaria, sino vayan a las ovejas descarriadas de Israel. Vayan y proclamen que el reino de los cielos está cerca. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, echen demonios. Lo que han recibido gratis, denlo gratis.» Estas señales que acompañaban a los discípulos, son la manifestación gloriosa de la presencia del Reino de Dios en medio de nosotros.

Otros temas del padre Wilkin

X Domingo.  Tiempo Ordinario. Ciclo A

La Santísima Trinidad. Ciclo A

Domingo de Pentecostés. Ciclo A

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