CRÓNICA DE FE
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El 2 de noviembre, la Iglesia invita a elevar nuestras oraciones por quienes han partido de este mundo. El padre Domingo Vásquez Morales comparte también una memoria familiar que nos recuerda que el amor no termina con la muerte y que la esperanza cristiana encuentra su fundamento en la resurrección de Jesucristo.
Cada 2 de noviembre, la Iglesia católica conmemora a todos los fieles difuntos, una jornada particularmente significativa para millones de cristianos que, desde la oración, el recuerdo y la esperanza, elevan sus corazones por aquellos familiares, amigos y hermanos en la fe que han concluido su peregrinación terrena.
No se trata simplemente de una fecha para visitar los cementerios, depositar flores o recordar con nostalgia a quienes ya no están físicamente entre nosotros. Es, ante todo, una celebración que nos introduce en el misterio de la comunión de los santos y nos invita a contemplar la vida humana desde la esperanza de la resurrección.
La Iglesia nos enseña que la muerte no representa el final definitivo de nuestra existencia. Nuestra fe se fundamenta en Jesucristo, quien murió y resucitó para abrirnos las puertas de la vida eterna. Por eso, el cristiano recuerda a sus difuntos no solamente con lágrimas, sino también con la confianza de que Dios es Señor de la vida y de la historia.
Para el padre Domingo Vásquez Morales, esta conmemoración tiene también un significado profundamente personal. Como tantos hombres y mujeres que han experimentado la partida de sus seres queridos, conserva en su memoria y en su corazón los nombres de familiares y personas cuya existencia dejó huellas en su historia.
Entre ellos recuerda a su padre, Juan Isidro Vásquez; a su abuela materna, Eloísa; a su abuelo materno, Francisco Morales; y a su hermano mayor, Remigio Vásquez.
También guarda un recuerdo especial de Miguelina Pomales, una joven de Guayama, cuya memoria forma parte de esas historias humanas que nos enseñan el valor de cada vida y la importancia de confiar en la misericordia de Dios.
Cada uno, desde su propia historia y vínculo, representa una página de afectos, experiencias y recuerdos que permanecen vivos en el corazón. Sus nombres, pronunciados desde la fe, se convierten en una oración y en una oportunidad para agradecer a Dios por el don de sus vidas.
Porque recordar a nuestros difuntos no significa quedarnos anclados en el pasado. Significa reconocer que hemos recibido mucho de quienes nos precedieron, valorar sus enseñanzas y permitir que el amor compartido continúe inspirando nuestra manera de vivir.
El Día de los Fieles Difuntos también constituye una oportunidad para reflexionar sobre nuestro compromiso bautismal.
Por el bautismo fuimos incorporados a Cristo, participamos de su muerte y resurrección y recibimos la promesa de una vida nueva. San Pablo nos recuerda: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva» (Romanos 6,4).
Esta verdad tiene profundas consecuencias para nuestra vida cotidiana.
En primer lugar, nos invita a vivir con esperanza, sin permitir que el miedo a la muerte nos robe la alegría de seguir a Cristo. En segundo lugar, nos recuerda la importancia de la caridad, porque cada día que recibimos es una oportunidad para amar, perdonar, servir y reconciliarnos con nuestros hermanos.
Asimismo, nos compromete a fortalecer nuestra vida de oración, especialmente por quienes han fallecido, participando en la Eucaristía y ofreciendo sufragios por ellos. La oración por los difuntos es una expresión de nuestra fe y de la comunión que une a todos los miembros del Cuerpo de Cristo.
En una sociedad como la dominicana, donde las familias conservan profundas tradiciones de recuerdo y veneración por sus seres queridos fallecidos, esta jornada puede convertirse también en una ocasión para sanar heridas familiares, recuperar la fraternidad, valorar a nuestros mayores y expresar el amor mientras tenemos la oportunidad de hacerlo.
No debemos esperar a que alguien muera para reconocer cuánto significa en nuestras vidas.
La conmemoración de los fieles difuntos nos coloca frente a una realidad que todos tendremos que afrontar. Sin embargo, para quienes creemos en Jesucristo, la muerte no es una derrota definitiva, sino el paso hacia una vida que esperamos alcanzar en la misericordia de Dios.
El padre Domingo Vásquez Morales, al recordar a su padre Juan Isidro, a sus abuelos Eloísa y Francisco Morales, a su hermano Remigio y a Miguelina Pomales, nos permite acercarnos a una experiencia que comparten numerosas familias: la memoria agradecida de quienes ya no están y la esperanza de volver a encontrarnos en la presencia del Señor.
Este 2 de noviembre, que nuestros templos se conviertan en espacios de oración, nuestros hogares en lugares de reconciliación y nuestras comunidades en testimonios vivos de la esperanza cristiana.
Que no recordemos a nuestros difuntos únicamente por lo que perdimos con su partida, sino también por lo que Dios nos permitió compartir con ellos.
Porque quien ha sido bautizado en Cristo está llamado a vivir como testigo de la resurrección. Recordar a nuestros difuntos es amar; orar por ellos es expresar nuestra fe, y vivir el Evangelio es prepararnos cada día para el encuentro definitivo con Dios.
Que el Señor conceda el descanso eterno a todos los fieles difuntos y brille para ellos la luz perpetua. Amén.
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