AIRE96FM

18/04/2026

​Diócesis Stella Maris celebra su primera ordenación sacerdotal, en su camino pastoral

 SANTO DOMINGO ESTE –

La Diócesis Stella Maris vivió un momento de profunda trascendencia espiritual con la celebración de su primera ordenación sacerdotal. En una solemne Eucaristía que congregó a autoridades eclesiásticas, familiares y cientos de fieles, la joven diócesis celebró la incorporación de sus primeros presbíteros al servicio del pueblo de Dios.

​La ceremonia fue presidida por el obispo de la diócesis, Monseñor Manuel Antonio Ruiz, quien estuvo acompañado por Monseñor Benito Ángeles, obispo emérito de Santo Domingo, y Monseñor Jesús Castro, obispo de la Diócesis La Altagracia (Higüey). En este acto histórico, recibieron el orden presbiteral los jóvenes Jesús Alberto de la Cruz y Víctor Manuel Acosta, quienes estuvieron rodeados de sacerdotes, diáconos, seminaristas y una comunidad que celebró con fe y alegría este paso trascendental.

​Pioneros de una nueva misión

Durante su homilía, Monseñor Ruiz resaltó que esta ordenación simboliza el nacimiento fecundo de la diócesis en su misión evangelizadora. “Este día es muy especial, no solo para estos dos diáconos, sino porque hoy Stella Maris ordena sus primeros dos sacerdotes. Esto significa que empieza a germinar con fuerza la semilla de esta nueva diócesis”, expresó el prelado. Asimismo, recordó a los ordenados la magnitud de su compromiso: “Su responsabilidad es inmensa porque son los primeros; son aquellos en quienes toda la comunidad pondrá su mirada”.

​El modelo del Buen Pastor frente a la rutina

Inspirado en el Evangelio, Monseñor Ruiz hizo un llamado a vivir el ministerio desde la entrega total y no como un simple oficio. “El buen pastor es el que da la vida por las ovejas, no como el asalariado que se mueve por la recompensa”, enfatizó. En sintonía con las enseñanzas del Papa Francisco, instó a los nuevos sacerdotes a cultivar la cercanía con Dios, con su obispo, con sus hermanos sacerdotes y, de manera especial, con el pueblo.

​El obispo advirtió también sobre el peligro de la rutina, exhortando a los nuevos presbíteros a no celebrar los sacramentos de forma automática, sino a renovar su vocación diariamente en el altar, reconociendo su fragilidad humana como «lámparas de barro» que portan la luz de Cristo.

​Un compromiso de toda la comunidad

La misión encomendada a los padres Jesús Alberto y Víctor Manuel incluye llevar la buena noticia a los pobres y sanar los corazones heridos, una tarea que, según resaltó Monseñor Ruiz, requiere del apoyo constante de los fieles: “La comunidad debe ser celosa y protectora de sus sacerdotes, ayudándolos a crecer y orando siempre por su fidelidad”.

​La celebración concluyó en un ambiente de júbilo y gratitud, marcando un precedente de esperanza para la Diócesis Stella Maris. Con estos dos nuevos servidores, la Iglesia local reafirma su compromiso de seguir construyendo una comunidad viva, guiada por la caridad y la entrega incondicional de sus pastores.

​Dirección de Comunicación y Prensa

Diócesis Stella Maris

prensa.arzobispadosd@gmail.com

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17/04/2026

Caminar hacia un mundo reconciliado

 Ángel Gomera: angelgomera@gmail.com*

Hace tiempo atrás recibí una valiosa enseñanza con vigencia eterna, a través de un proceso de formación en el que participé, en donde a los presentes se nos orientó a que, si los hijos han presenciado una controversia en sus padres, deben también ver la reconciliación entre ellos, o por lo menos estar enterados de que hubo una resolución en ese orden.

Esa recomendación sabia y edificante, se filtró en mis cavilaciones peregrinas en unos de estos días, entre gotas de lluvias, destellos de relámpagos, una taza de té caliente y dándole seguimiento a las ocurrencias noticiosas e informaciones de sucesos nacionales e internacionales; hechos algunos que recrean el espíritu, otros que en gran volumen espantan el sosiego del alma por los niveles alarmantes de conflictividad.

Al recordar la enseñanza descrita anteriormente, me puse a imaginar cuántas guerras, sufrimientos, divisiones, violencias y pleitos se hubieran evitado en la humanidad, si pusiéramos en práctica o extrapoláramos ese método de llegar a un acuerdo como alternativa a la ocurrencia de los distintos conflictos, los cuales siempre han estado presentes a lo largo de la historia del mundo. Hacer de un conflicto una oportunidad para crecer es realmente aprender de las prácticas positivas de la historia, la cual permite construir un futuro más sabio, resiliente y humano.

Pues pensar, por ejemplo, en correspondencia a esa experiencia en el plano familiar, si nuestros hijos observan que como adultos nos retiramos la palabra entre uno y el otro, nos gritamos constantemente o ven al mismo tiempo como se enfría la relación; estos según los profesionales del área de psicología, están expuestos a sufrir problemas emocionales y de comportamiento.

Contrario sería, en términos positivos y edificador, cuando estos se enteran de que el desacuerdo fue abordado y resuelto; en ese caso, además de ayudarles a reducir los niveles de ansiedad, se está promoviendo en ellos su estabilidad emocional y reforzando a su vez, la sensación de seguridad y familia sólida a pesar de los momentos complejos. Esta importante enseñanza de vida en los hijos, de seguro en un futuro cercano más allá del entorno familiar, la pondrán en práctica, procurando dar testimonio de dichas experiencias de resolución vividas a través de los comportamientos saludables legados.

Entonces, si puedo soñar por tener un proyecto de vida familiar basado en el perdón y la reconciliación a través de esas buenas prácticas como la enunciada anteriormente; no veo que sea fantasioso ni ingenuo poder soñar con un mundo reconciliado como patrimonio común de la humanidad. Este anhelo por más atrevido que parezca puede generar transformaciones significativas si se lleva a la práctica con determinación y compromiso.

Esto lo refiero a pesar de observarse en la actualidad, como gobiernos consideran que igualando o superando la capacidad bélica nuclear y de destrucción masiva que tiene el otro o los otros, es la solución única que posibilita equilibrar fuerzas divergentes; pero, entiendo que lamentablemente lo que se logra es fomentar la rivalidad de discordias latentes que entran en un abierto conflicto interminable, cuando una de las fuerzas parece aventajar a otra.

Reitero con énfasis que, aspirar a este propósito no es una utopía estúpida ni fantasiosa reitero, es un ideal necesario y vital que debe activarse entre personas, culturas y naciones hoy más que nunca donde estallidos de violencias se dan por doquier; aun estando consciente que impulsar la reconciliación enfrenta una vorágine inmensa de desafíos humanos, quiebres egoístas y heridas históricas que hace inclinar la balanza al pesimismo o hacer parecer esto como algo irrealizable.

Por eso, para que sea posible caminar hacia ese propósito, se debe transformar al ser humano desde adentro,  a fin de que se haga efectivo generar esos cambios de percepciones y actitudes en el mundo; lograr un mundo reconciliado no surge desde la base de la imposición, ni debe aflorar como una herramienta de hegemonía; este debe ser un proceso voluntario, libre, profundo y necesario para sanar esas pesadas montañas de heridas históricas que tiende a resurgir con elementos radiactivos furibundos y dañan.

Por ende, pretender forzarla es un soberano error que puede provocar más sufrimiento e ir en contra de la verdad. Tampoco ha de tratarse como una estrategia para ignorar las diferencias, ni un ejercicio de tratar de que se imponga el olvido, sino de transformar el dolor en diálogo, justicia y paz perdurable. En ese orden, hay que abordarlo con respeto a la dignidad, buscando soluciones colaborativas que hagan posible reconstruir de manera efectiva relaciones y sociedades dañadas.

En definitiva, esta época demanda de gestos visibles y concretos, pequeños y grandes, en todo el orden planetario, de comprensión mutua y reconciliación que silencien los ruidos de la destrucción, la división, el odio, la venganza, la desesperanza, la falta de reconocimiento del otro, el uso constante de la agresividad y la violencia. Pero, sobre todo, que sane a la humanidad de esas llagas de un pasado turbulento a un futuro pacífico de la mano con la reconciliación y la paz en un mundo fragmentado.

*El Autor es abogado.

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16/04/2026

El cinismo: un mal de este tiempo

 Pbro. Felipe de Jesús Colón Padilla (Párroco de la Parroquia Jesús Maestro)

Parece que “la doctrina de los cínicos”, nacida en la antigua Grecia, con Antístenes a la cabeza, y su discípulo Diógenes de Sinope, ha calado en la cultura de muchos pueblos, y República Dominicana no escapa de este virus que afecta las relaciones sociales, las instituciones y la familia.

El cinismo es definido como falta de vergüenza que presenta el individuo al mentir sobre algo, o bien el descaro que dispone al asumirse como defensor a ultranza de acciones y comportamientos que son absolutamente condenables y despreciables.

El cinismo es una enfermedad espiritual, y ante verdades irrefutables se defiende con descaro. Hoy por hoy el cinismo ha invadido prácticamente todos los espacios humanos. En el mundo de la política, encontramos a muchos hombres y mujeres dedicado al quehacer político, que prometen soluciones a males sociales, y luego no le cumplen al pueblo que con su voto le permitió dirigir los destinos de la Patria.

Ser cínico es obrar con irresponsabilidad, pues no tiene escrúpulo para prometer algo que no tiene intención de cumplir; y aunque el afectado es corregido por sus superiores, actúa con desfachatez, porque ante la corrección fraterna no se siente arrepentido, incluso cuando se le increpa por quedar mal ante la responsabilidad asumida; mostrando con ello una insensibilidad espantosa. Remito en este escrito a mis amables lectores sobre la leyenda de Diógenes y Alejandro: Tras conquistar Atenas, Alejandro Magno quiso ir a visitar a Diógenes, filósofo estoico que vivía en un barril, sin más posesiones. Diógenes con su estilo rebelde cuestionaba y dudaba abiertamente de la autoridad, ofreciendo argumentos filosóficos para cambiar la corrupta sociedad en la que vivía.

Al encontrarse Alejandro con Diógenes, le preguntó qué porque le llamaban Diógenes, al perro, y respondió: Porque halago a los que dan, ladro a los que no dan y muerdo a los malos. Ante acuciantes palabras, le ofreció toda clase de bienes materiales, desde mujeres hasta oro de alto quilates, a razón de la admiración que le procesaba, a lo cual Diógenes, tumbado desde dentro de su barril, le dijo: – “oh gran Alejandro, sólo una cosa te pido”-, a lo cual Alejandro preguntó: -” ¿Cuál? – y Diógenes le contestó: – “lo que quieres es que te apartes porque me estas tapando el Sol”. Por otro lado, el cinismo es como un humo negro que se desplaza como el viento, y penetra en nuestros hogares.

Es una actitud cínica que la esposa o el esposo tenga pruebas fehacientes e irrefutables de que su pareja le es infiel, y una de las partes se niegue con impudicia espectacular. O que no coopera para que la relación conyugal mejore, o no admita las fallas terribles del matrimonio. Cultivemos la virtud de la sinceridad, la honestidad, fidelidad y la lealtad con todos: personas, amigos, compañeros, con tu pareja y con Dios que es amor y misericordia.

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“CAMINO A EMAÚS”

 Por P. Wilkin Castillo, San Juan de la Maguana

Estamos en el tercer domingo de pascua, tiempo de alegría y luz espiritual, las lecturas todas nos ayudan a mantener viva la experiencia de fe en el Resucitado, específicamente este elemento está muy presente en el Evangelio que la Iglesia nos propone hoy.

Al presentarnos a dos discípulos dirigirse a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. “Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo”. Hay veces en la vida que nos pasa como a estos dos discípulos, nuestros ojos se incapacitan para verlo, ya que estamos muy pendiente de cosas del entorno y dejamos pasar otras de mayor importancia.

Él les dijo: “¿Qué conversación es esa que traen mientras van de camino?” Ellos se detuvieron preocupados. Al parecer la preocupación en la vida no ha sido la mejor aliada, pues por estar tan preocupados como ya he expresado más arriba no descubrieron que era Jesús en persona quien le estaba hablando.  Uno de ellos llamado Cleofás, le replicó: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?” Él les preguntó: “¿Qué?” Ellos le contestaron: “Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto”.

Por la conversación de estos dos discípulos nos damos cuentas que aparentemente sus esperanzas quedaron sepultadas en el momento en que sepultaron a Jesús, pues, pronto olvidaron las enseñanzas del Maestro de que él resucitaría. “Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron”. Estos dos discípulos son muy parecidos en su actitud a Santo Tomás, pues, indirectamente están diciendo que era necesario verlo a él para creer. Es por ello por lo que Jesús les dijo: “¡Qué necios y torpes son para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?” Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. 

Ante su incredulidad y terquedad empezó Jesús a hablarles de las verdades evangélicas y de las promesas que él mismo les había anunciado. Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída”. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.

 Hay un elemento teológico aquí importante y es en el momento  en donde Jesús bendice y parte el pan, se les abrieron los ojos y lo reconocieron, así sucede con nosotros al participar de la Eucaristía nos da la sabiduría del espíritu para reconocerlo y anunciarlo. Ellos comentaron: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”

 Nadie que se encuentra con Jesús sigue igual, pues, en su vida experimenta un cambio, por eso le ardía el corazón Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”.

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II Domingo de Pascua. Ciclo A

Misa Vespertina de la Cena del Señor

V Domingo del Tiempo de Cuaresma.  Ciclo A

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15/04/2026

CUARESMA TERMINADA, PASCUA CELEBRADA

 P. Luis Alberto De León Alcántara Email: albertodeleon_011@hotmail.com

La finalidad de la Cuaresma es la Pascua. Toda la Cuaresma está centrada en preparar el cuerpo y el espíritu para celebrar con alegría, gozo y júbilo a Jesús resucitado (cf. Mt 28,6). Es decir, no hay Pascua sin Cuaresma, y no tiene sentido comenzar un camino cuaresmal sin lograr llegar a disfrutar del tiempo de Pascua. Incluso, la propia estructura existencial tiene ese sentido de binomio: Cuaresma-Pascua, porque si nos detenemos en los diferentes acontecimientos personales, familiares, sociales, entre otros, siempre derribaremos en la cuenta de que todo proyecto humano pretende llegar a un buen final.

Por eso, la Cuaresma debe ser vivida como preparación para acoger dignamente la Pascua, ya que solo se puede vivir y disfrutar lo que se ha asumido y recibido sin miedo. Andar por la vida sin dirección, sin meta ni mucho menos con una brújula no tiene razón de ser, pues quien no sabe adónde está, mucho menos tendrá idea de hacia dónde va. Esta es la razón por la que, durante cuarenta días, la Iglesia nos invitó a vivir la Cuaresma con la propuesta de ayuno, oración y limosna, no solo como actos de sacrificio, sino como una preparación interior oportuna para acoger la Pascua del Señor resucitado.

Ya estamos en tiempo de Pascua; ahora nos toca contemplar a Cristo resucitado (cf. Jn 20,20). Después de vivir el Triduo Pascual —pasión, muerte y resurrección, ahora viene la cincuentena pascual: el testimonio de los apóstoles (cf. Hch 2,32), la conformación del cristianismo y el nacimiento de la fe en el Resucitado. Cristo no se quedó en la muerte, sino que salió de la tumba lleno de vida y de gloria (cf. Lc 24,6). Esta es la razón por la que son cincuenta días, porque si fue grande su muerte, mayor fue su resurrección.

En la Pascua, Jesucristo trae la paz y quita el miedo (cf. Jn 20,19). Con Él, hay todo un triple paso: de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz  y de la esclavitud a la libertad de los hijos de Dios. En la Pascua, recuperamos lo que fue herido en el jardín del Edén (cf. Gn 3,15); con la victoria de Jesucristo, ya el pecado no tiene la última palabra, sino que ahora el centro es el Hijo de Dios, el Salvador del mundo (cf. Jn 4,42). Con Cristo nace y renace la esperanza (cf. 1 Pe 1,3). Por eso dice el Apocalipsis que Jesucristo es el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que ha de venir (cf. Ap 1,8).

Entonces, todos tenemos que pasar de la Cuaresma a la Pascua. Hacer el esfuerzo necesario para concluir una etapa, para que sea posible la otra. Ya lo dice san Pablo, cuando afirma: “Somos ciudadanos del cielo” (Flp 3,20). Por tanto, hay que vivir la Pascua, agradecer al Hijo de Dios por su bondad y su misericordia (cf. Sal 136), abrir nuestros corazones para siempre tener la mirada hacia el cielo (cf. Col 3,1-2), aunque, claro, con los pies en la tierra. Ser capaces de asumir las dificultades, los tropiezos de la vida, porque el sufrimiento no tiene la última palabra, sino la gloriosa resurrección de Jesucristo.

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