AIRE96FM

15/04/2026

CUARESMA TERMINADA, PASCUA CELEBRADA

 P. Luis Alberto De León Alcántara Email: albertodeleon_011@hotmail.com

La finalidad de la Cuaresma es la Pascua. Toda la Cuaresma está centrada en preparar el cuerpo y el espíritu para celebrar con alegría, gozo y júbilo a Jesús resucitado (cf. Mt 28,6). Es decir, no hay Pascua sin Cuaresma, y no tiene sentido comenzar un camino cuaresmal sin lograr llegar a disfrutar del tiempo de Pascua. Incluso, la propia estructura existencial tiene ese sentido de binomio: Cuaresma-Pascua, porque si nos detenemos en los diferentes acontecimientos personales, familiares, sociales, entre otros, siempre derribaremos en la cuenta de que todo proyecto humano pretende llegar a un buen final.

Por eso, la Cuaresma debe ser vivida como preparación para acoger dignamente la Pascua, ya que solo se puede vivir y disfrutar lo que se ha asumido y recibido sin miedo. Andar por la vida sin dirección, sin meta ni mucho menos con una brújula no tiene razón de ser, pues quien no sabe adónde está, mucho menos tendrá idea de hacia dónde va. Esta es la razón por la que, durante cuarenta días, la Iglesia nos invitó a vivir la Cuaresma con la propuesta de ayuno, oración y limosna, no solo como actos de sacrificio, sino como una preparación interior oportuna para acoger la Pascua del Señor resucitado.

Ya estamos en tiempo de Pascua; ahora nos toca contemplar a Cristo resucitado (cf. Jn 20,20). Después de vivir el Triduo Pascual —pasión, muerte y resurrección, ahora viene la cincuentena pascual: el testimonio de los apóstoles (cf. Hch 2,32), la conformación del cristianismo y el nacimiento de la fe en el Resucitado. Cristo no se quedó en la muerte, sino que salió de la tumba lleno de vida y de gloria (cf. Lc 24,6). Esta es la razón por la que son cincuenta días, porque si fue grande su muerte, mayor fue su resurrección.

En la Pascua, Jesucristo trae la paz y quita el miedo (cf. Jn 20,19). Con Él, hay todo un triple paso: de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz  y de la esclavitud a la libertad de los hijos de Dios. En la Pascua, recuperamos lo que fue herido en el jardín del Edén (cf. Gn 3,15); con la victoria de Jesucristo, ya el pecado no tiene la última palabra, sino que ahora el centro es el Hijo de Dios, el Salvador del mundo (cf. Jn 4,42). Con Cristo nace y renace la esperanza (cf. 1 Pe 1,3). Por eso dice el Apocalipsis que Jesucristo es el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que ha de venir (cf. Ap 1,8).

Entonces, todos tenemos que pasar de la Cuaresma a la Pascua. Hacer el esfuerzo necesario para concluir una etapa, para que sea posible la otra. Ya lo dice san Pablo, cuando afirma: “Somos ciudadanos del cielo” (Flp 3,20). Por tanto, hay que vivir la Pascua, agradecer al Hijo de Dios por su bondad y su misericordia (cf. Sal 136), abrir nuestros corazones para siempre tener la mirada hacia el cielo (cf. Col 3,1-2), aunque, claro, con los pies en la tierra. Ser capaces de asumir las dificultades, los tropiezos de la vida, porque el sufrimiento no tiene la última palabra, sino la gloriosa resurrección de Jesucristo.

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11/04/2026

La Divina Misericordia

 Lecturas: Hechos de los Apóstoles 2,42-47. Salmo 117,4-24. 1Pedro 1,3-9. San Juan 20,19-31.

Domingo 12 abril 2026 (segundo domingo Pascua.)

P. Ciprián Hilario, msc

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo celebramos la Divina Misericordia, un regalo inmenso del Señor que nos invita a confiar plenamente en su amor, que perdona, levanta y transforma nuestras vidas. A la luz de las lecturas de hoy, podemos descubrir algunos elementos sencillos que nos ayudan a comprender mejor este misterio.

1. Hechos de los Apóstoles 2,42-47: Una comunidad que vive la misericordia.

La primera lectura nos muestra cómo vivían los primeros cristianos:

  • Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles.
  • Compartían todo con alegría y sencillez de corazón.
  • Nadie pasaba necesidad porque todo lo ponían en común.

¿Qué nos enseña esto? La misericordia no es solo una idea, es una forma de vivir. Cuando dejamos que Dios toque nuestro corazón:

  • Nos volvemos más generosos.
  • Nos preocupamos por los demás.
  • Creamos comunidad, no división.

 Donde hay misericordia, hay fraternidad.

2. Salmo 117: “Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” El salmo es un canto de alegría y confianza:

  • Nos recuerda que la misericordia de Dios no se acaba nunca.
  • Aunque pasemos dificultades, Dios siempre está con nosotros.

Para la vida diaria: Cuando todo parece difícil, repitamos: “Eterna es su misericordia”.  Dios nunca se cansa de perdonarnos, somos nosotros los que nos cansamos de pedir.

3. 1 Pedro 1,3-9: Una esperanza viva. San Pedro nos habla de:

  • Una esperanza que nace de la resurrección.
  • Una fe que se fortalece incluso en medio de pruebas.

¿Qué tiene que ver esto con la misericordia?

  • La misericordia de Dios nos da una nueva oportunidad.
  • Aunque suframos, nuestra fe nos sostiene porque sabemos que Dios nos ama.

 La misericordia no elimina las pruebas, pero nos da fuerza para superarlas.

4. Evangelio: Juan 20,19-31 – Jesús, rostro de la misericordia

Aquí encontramos el corazón del mensaje:

  • a) “La paz esté con ustedes” Jesús resucitado se presenta a sus discípulos llenos de miedo.
  • No los reprende.
  • No les reclama haberlo abandonado.

 Les regala paz. Eso es misericordia: amar incluso cuando fallamos.

  • b) “Reciban el Espíritu Santo… a quienes perdonen los pecados…”

Jesús instituye el perdón:

  • La Iglesia recibe la misión de perdonar.
  • La misericordia se convierte en sacramento.

 Dios quiere perdonarnos siempre.

  • c) Tomás: de la duda a la fe

Tomás no cree, pero Jesús:

  • No lo rechaza.
  • Le da la oportunidad de tocar sus heridas.

 La misericordia también alcanza nuestras dudas.

Y Tomás termina diciendo: “¡Señor mío y Dios mío!”

5. Mensaje central: Confianza en la Misericordia

De todo esto sacamos un mensaje claro:

  • Dios no se cansa de nosotros.
  • Nos busca incluso cuando tenemos miedo o dudamos.
  • Nos ofrece paz, perdón y vida nueva.
  •  La clave es confiar.

Para la vida concreta

Hermanos, en este domingo de la Divina Misericordia preguntémonos:

  • ¿Confío realmente en que Dios me perdona?
  • ¿Soy misericordioso con los demás?
  • ¿Vivo la fe con alegría como la primera comunidad?

Conclusión. Queridos hermanos y hermanas:

  • Jesús hoy nos dice lo mismo que a los discípulos:
  • “La paz esté con ustedes”
  • No tengamos miedo, no dudemos como Tomás sin abrirnos a la gracia. Acerquémonos al Señor con confianza y digamos desde el corazón:  Jesús, en Ti confío. Amén.

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10/04/2026

Fiesta de la Divina Misericordia

 Por Leonor María Asilis Elmudesi

¡Estamos casi de fiesta! Este domingo 12 de abril se celebra la fiesta de la Divina Misericordia.

 Nuestro Señor Jesucristo ha dispuesto que, precisamente el domingo siguiente a la celebración de su Resurrección, resplandezca de manera especial su inmensa misericordia para toda la humanidad.

Este profundo mensaje de amor fue revelado en 1931 a Santa María Faustina Kowalska, religiosa polaca de la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia. El querido Papa San Juan Pablo II la canonizó el 30 de abril del año 2000, en el mismo día en que instituyó oficialmente la Fiesta de la Divina Misericordia para toda la Iglesia.

No es algo extraordinario en la historia de la Iglesia Católica que una fiesta litúrgica nazca de apariciones o revelaciones sobrenaturales aprobadas. Recordemos, por ejemplo, la Fiesta de Corpus Christi, y la del Sagrado Corazón de Jesús, por las apariciones a Santa Margarita María de Alacoque; o, entre las marianas, las fiestas del Monte Carmelo, de Lourdes y del Inmaculado Corazón de María, esta última extendida al mundo entero por el Papa Pío XII tras las apariciones de Fátima.

De igual modo, Nuestro Señor Jesús quiso servirse de su humilde sierva Santa Faustina para difundir este mensaje consolador. En su Diario, Jesús le dice: “Hija mía, habla al mundo entero acerca de mi inconcebible misericordia. Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas, y muy especialmente para los pecadores.

El alma que se confiese y reciba la Sagrada Comunión en este día obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas”.

Y añade con ternura: “Nadie tenga miedo de acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata. […] Esta Fiesta ha brotado del abismo de mi misericordia y se funda en lo más profundo de mi misericordia. Deseo que sea celebrada el primer domingo después de la Pascua, con gran solemnidad”. (Diario, nn. 699 y 49).

Hasta el año 2000, la devoción a la Divina Misericordia era una práctica privada muy extendida en muchos países católicos. Pero el 30 de abril de ese año, durante la Misa de canonización de Santa Faustina, San Juan Pablo II proclamó que el Segundo Domingo de Pascua —es decir, el domingo siguiente al Domingo de Resurrección— recibiría el nombre oficial de “Domingo de la Divina Misericordia” en toda la Iglesia. Poco después, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos confirmó esta disposición para el mundo entero.

¡Qué gran regalo para la humanidad! También en nuestra querida República Dominicana celebramos con inmensa alegría esta fiesta tan esperanzadora.

Nos unimos con gozo a la celebración se hará de forma particular a esta devoción en la Capilla de la Misericordia, ubicada en la avenida 27 de febrero, casi esquina con la Carretera de Manoguayabo (El Caliche), en Santo Domingo donde se televisará por el canal 41 (Televida). Allí se impartirá el sacramento de la Reconciliación durante la mañana, y culminará con la Solemne Eucaristía. Así también podremos aprovechar esta gracia con las debidas disposiciones espirituales en cualquier parroquia que vayamos.

Acudamos confiados a su Corazón misericordioso, recibamos el sacramento de la Penitencia y la Sagrada Comunión con el alma abierta y el corazón lleno de esperanza. En este Domingo de la Divina Misericordia, Jesús desea derramar sobre nosotros y nuestras familias torrentes de gracia, consuelo y paz. ¡No tengamos miedo! Él nos está esperando con los brazos abiertos para perdonarnos, sanarnos y llenarnos de su amor infinito. ¡Aprovechemos esta gracia extraordinaria! Vivamos este día con fe y alegría, y proclamemos con todo nuestro ser: ¡Jesús, en Ti confío!

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09/04/2026

“CREER SIN VER”

 Por P. Wilkin Castillo, San Juan de la Maguana

Estamos celebrando el segundo domingo de Pascua, donde tiene lugar el día de la Divina Misericordia. Que vivamos y practiquemos la misericordia.

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles se resaltan cuatro elementos que son esenciales en la vida cristiana: “Los hermanos eran constantes en escuchar las enseñanzas de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones”. Hay un dicho muy famoso que sostiene que la fe entra por el oído; por eso hoy se exige que no podemos descuidar la escucha de la palabra de Dios, la palabra es lampara para mis pasos. La vida en comunidad es difícil, pero es una manera de edificar nuestra santidad.

 La vida cristiana nos hace una invitación muy puntual, a que nos congreguemos en torno a la mesa de la palabra y de la Eucaristía, es allí donde radica el alimento espiritual que nos proporciona la fuerza para el largo camino de la fe. Por último, está nuestra vida de oración, ese contacto íntimo con aquel que es origen y sustento de todo cuanto somos y tenemos.

Hoy es oportuno encarnar una actitud de agradecimiento con el estribillo del salmo: “Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

En el Evangelio encontramos que: “Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.» La noche en la vida cristiana es símbolo de confusión, incertidumbre, dudas, miedo e inseguridad, y cuando las puertas se cierran, se cierran todas las posibilidades de vida, esperanza, amor y fe. Al parecer era lo que los amigos de Jesús estaban sintiendo después de su muerte y del aparente fracaso en la cruz del calvario.

 Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a ustedes”. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a ustedes”. La llegada de Jesús fue muy oportuna y el hecho de ponerse en medio les dio una lección de vida, es decirles, fuera la confusión, la incertidumbre, las dudas, el miedo y la inseguridad. Con el ofrecimiento de la paz les llega a todos la alegría que habían perdido por la muerte horrenda de cruz del Maestro. “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos”. Con el envió misionero les invita Jesús a que abran las puertas de su corazón y cambien la tristeza en alegría, las lágrimas en cantos de victoria, el traje de luto por el vestido de fiesta y el miedo por la seguridad.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. Tomás es aquel que simboliza a todos los incrédulos que para poder creer tienen que experimentar en su vida algo extraordinario y tocar con sus manos y ver con sus ojos realidades trascendentales. A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: “Paz a ustedes”. Luego dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Hoy al igual que a Tomás el Señor nos llama a ser creyentes en él. Contestó Tomás: “¡Señor y Dios míos!”

Pudo Tomás así afianzar su esperanza en el Resucitado. Jesús le dijo: “¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto”.

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08/04/2026

LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO EN MEDIO DE UNA GUERRA

 P. Luis Alberto De León Alcántara Email: albertodeleon_011@hotmail.com

El domingo de Resurrección, Jesucristo salió victorioso de la tumba. Es decir, venció la muerte y le dio un nuevo giro a la humanidad y a la fe de todo creyente. Fue tan impactante este acontecimiento que ha dividido la historia del mundo en dos partes: antes y después de Cristo. Porque cualquier ser humano —filósofo, historiador, científico o personaje importante— puede morir u ofrecer su existencia por una causa determinada, pero ninguno ha resucitado del lugar donde fue enterrado.

Esta es la razón por la que todos los años, no por rutina, sino por conmemoración, agradecimiento y fe en Jesucristo, los cristianos del mundo celebramos con alegría, gozo y entusiasmo la Resurrección. Pues, como dice san Pablo: “Una vez resucitado de entre los muertos, ya no vuelve a morir; en Él la muerte ya no tiene dominio” (cf. Rm 6,9). Por eso, en Jesucristo nace y renace la esperanza del creyente, del hombre y la mujer de fe, que no viven para lo que pasa, sino para lo que permanece.

Hemos celebrado una vez más la Resurrección de Jesucristo, pero en esta ocasión en medio de tensiones y conflictos internacionales. Mientras muchos buscan culpables y otros se preocupan por determinar quién tiene la razón, el cristianismo dirige la mirada hacia Aquel que, con su Resurrección, nos ha traído vida y vida en abundancia (cf. Jn 10,10). Porque, al final, después de toda guerra surge el deseo de alcanzar acuerdos y equilibrio; sin embargo, lo verdaderamente prudente sería buscar la paz antes y no después. El poder, el orgullo y otras debilidades humanas llevan muchas veces al extremo de la violencia.

La Resurrección del Señor no hace ruido, no viene con populismo ni con propuestas artificiales; al contrario, viene a recordarle a la humanidad que solo el Hijo de Dios tiene la última palabra. Que somos cuidados desde el cielo (cf. Mt 6,26) y que nuestro fin es buscar los bienes de arriba, no los de la tierra, donde “hay ladrones y la polilla corroe” (cf. Mt 6,19-20).

Jesucristo seguirá siendo el paradigma, el norte de todos los que hemos puesto nuestra fe en los valores espirituales. Porque, por más avanzado que esté el mundo, solo el Maestro, el Señor de vivos y muertos, puede hacer al hombre verdaderamente feliz y darle la libertad auténtica de los hijos de Dios. Por tanto, la guerra no es más que el reflejo del capricho de los poderes por imponer por la fuerza lo que la razón no ha logrado alcanzar.

Es lamentable haber llegado a este punto en pleno siglo XXI, pero los cristianos seguiremos confiando y proclamando a un Dios que es el camino, la verdad y la vida. De aquí que los creyentes siempre creemos que las guerras dejan muertes, heridos, división, un recuerdo amargo difícil de superar y nunca ningún fruto positivo para la humanidad. En otras palabras, la guerra lleva al fracaso y Cristo nos conduce al cielo. ¿Qué camino vamos a elegir?

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