AIRE96FM

12/01/2026

Homilía de Mons. Manuel Antonio Ruiz en la clausura del Año Jubilar: “Peregrinos de Esperanza”

Queridos hermanos sacerdotes, párrocos, vicarios; queridos diáconos, religiosas; queridos hermanos y hermanas:

Hoy es un día grande. Parece que todo se acabó y que el Papa cerró la puerta y guardó la llave, firmó un testamento o un documento para que quede constancia de que esa puerta se cerró. Y si la puerta está cerrada, ¿se puede entrar? No. Si usted no encuentra la llave, se le complica, ¿verdad?

Pero resulta que es todo lo contrario: la puerta de la Misericordia no se cierra nunca. Tenemos un signo para esperar 25 años más. ¿Quiénes tienen 70 u 80 años aquí? Con el camino para abrirnos a la misericordia de Dios. Pero insisto: esa puerta siempre está abierta.

Y hoy, cuando celebramos el Bautismo del Señor, después de que Juan bautizó a Jesús en el Jordán, ¿qué pasó? Se abrió el cielo y bajó el Espíritu Santo. Y yo les pregunto: ¿habrá alguna puerta que cierre el cielo? Imposible. Por tanto, por Jesucristo, la puerta del cielo se ha abierto para siempre y el Espíritu Santo desciende para acompañar a su Iglesia en esta misión.

Peregrinos de la esperanza: no se acaba la esperanza, al contrario, se reactiva. Somos enviados para ser luz del mundo, pero además esa luz tiene que abrir los ojos a los ciegos, abrir el entendimiento, abrir las cárceles, abrir las prisiones a los que están prisioneros. Entonces, nuestra misión es grande, porque de ahora en adelante, como frutos de este jubileo, somos enviados perpetuamente a ser peregrinos de la esperanza.

¿Por qué? Porque un cristiano católico no puede estar triste, no puede vivir sin esperanza, porque la esperanza es Jesucristo. Y por eso tengo que comunicarlo, después de que este jubileo nos ha dejado tantas gracias y tantos premios. ¿Alguien recuerda el premio más grande para esta diócesis en este jubileo? Cuando iniciamos el jubileo, ¿existía esta Diócesis Stella Maris? No existía como diócesis, y ese ha sido un regalo de este jubileo. Por eso damos gracias a Dios.

Cada vez que pensemos en este Jubileo 2025, tendremos que decir que ahí comenzamos como diócesis, dando estos pasos con esta madurez de Iglesia. Y por eso ahora tenemos un compromiso grande: hacer que esta diócesis crezca.

¿Cómo se llama esta diócesis? Stella Maris. ¿Stella qué es? Significa estrella. Entonces, usted tiene que ser una estrella del Señor, usted tiene que brillar. Pero no es cualquier estrella: la Virgen se equipara a esa estrella, a esa Osa Polar que guía a los que están en el mar cuando no existían internet ni satélites; miraban una estrella que siempre marca el norte, que siempre indica dónde está el rumbo.

Así mismo, la Stella Maris nos lleva a puerto seguro, nos indica siempre dónde está Jesucristo, que es el sol radiante de nuestras vidas. Por eso, el compromiso es grande: hacerlo hoy, en medio de todos ustedes, para que brille Jesús en el corazón de todos nuestros fieles.

Por tanto, cada parroquia —atención, párrocos—, ¿cuáles son los párrocos? Pónganse de pie los párrocos… Tienen que pensar cada parroquia como un faro que brille. No es posible que la parroquia esté ahí con tristeza. La parroquia debe ser el centro del barrio o de los barrios donde está anclada, y desde ahí indicar a todo el mundo esa luz que los lleva hasta Jesús.

Por eso, tanto los párrocos como las congregaciones… ¿quiénes son consagradas y consagrados aquí? Pónganse de pie los consagrados… Y miro también al pueblo: todos tienen que ser luz, tienen que brillar, tienen que estar a la vanguardia, para que cuando la gente los vea diga: “Ahí hay uno que sigue a Jesucristo. Yo quiero de esa paz, yo quiero de esa alegría, yo quiero de esa esperanza”. Cada vez que yo veo a ese párroco, a esa monja, a ese consagrado, a ese religioso, a ese catequista, yo veo a Jesucristo, tengo esperanza y quiero ir hacia adelante, hasta donde me lleve, que es hasta los pies de Jesús.

Ahora, los fieles que están aquí: mire al que está a su lado y dígale: “Usted tiene que ser luz en su parroquia, en el barrio, tiene que ser luz donde trabaja, ser luz en las redes sociales”. Esto quiere decir que, dondequiera que usted se mueva, pasa como con la luz: cuando usted enciende una luz y camina, por donde pasa la luz, la oscuridad huye, la oscuridad se va. Así tiene que ser el cristiano bautizado: que dondequiera que esté, la luz sea tan fuerte que no haya oscuridad a su alrededor.

Esa es la renovación de nuestro bautismo hoy. ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué tenemos que ser luz? Porque fuimos bautizados. Y ese día, además de la unción con los aceites y del agua derramada sobre nosotros, se nos entregó una luz encendida en el cirio pascual, que es Cristo. Y desde entonces tenemos el compromiso de no dejar apagar la luz de nuestro bautismo, de no dejar apagar la luz que el Señor encendió en nuestra vida.

Demos gracias a Dios por todo lo que nos ha pasado en este año y por todo lo que nos va a pasar de ahora en adelante. Porque en esta diócesis no hay vagos, no hay gente pasiva: en esta diócesis tendremos cristianos bautizados, misioneros de la esperanza hasta el final de nuestras vidas. Por eso, pidámosle al Señor que no nos dé el cansancio, que nos dé esa fuerza y esa vitamina que necesitamos para llegar a todos los rincones.

Por eso, hermanos y hermanas, las puertas de la Iglesia están abiertas, las puertas del cielo están abiertas. Solo hace falta que usted le diga al vecino, a aquel que está lejos, que entre, que venga, que aquí lo estamos esperando. En cada capilla, en cada parroquia, en cada colegio, en cada casa religiosa, que las puertas estén siempre abiertas para que el que lo desee entre. Y después de entrar, se quede en nuestra Iglesia para siempre.

Demos gracias a Dios y pidámosle que seamos siempre misioneros y peregrinos de la esperanza. Amén.

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