Santo Domingo Este, 2 de febrero de 2026.
Celebrando esta fiesta de «Presentación del Señor y Purificación de la Virgen María», la Diócesis Stella Maris, se une a la Solemne XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada con una Eucaristía presidida por su obispo, Monseñor Manuel Antonio Ruiz, en la Catedral Stella Maris, reuniendo a sacerdotes, diáconos, religiosas, religiosos, seminaristas y fieles laicos.

La celebración contó con la participación de miembros de diversas congregaciones religiosas presentes en la diócesis, quienes renovaron públicamente su entrega al Señor, junto al clero diocesano, en un gesto inspirado en María y José al presentar a Jesús en el templo. La jornada estuvo marcada por la oración, la gratitud y el compromiso renovado con la misión evangelizadora de la Iglesia.
Acompañaron la Eucaristía los sacerdotes Andrés Solano, Andrés Cruz, Fray José María Guerrero, Fermín Fermín, Eduardo Carrión, Alejandro Valera, Fray Arístides Jiménez, Ricardo de la Rosa, Araujo Tejada, Héctor Justo, Raúl Santos, Ronald Santiago, Pablo Daniel, Kelvis Acevedo y Domingo Vásquez Morales, así como el diácono Jesús Alberto, entre otros ministros y servidores del altar.
Durante su homilía, Monseñor Ruiz recordó que la vocación consagrada es ante todo un don gratuito de Dios y no un mérito personal. “Hoy no celebramos nuestros méritos, celebramos la fidelidad de Dios”, expresó, subrayando que cada llamado nace del amor del Señor que invita: «Sígueme».
El obispo destacó que los consagrados están llamados a ser “luz para alumbrar a las naciones”, reflejando esperanza en medio de las dificultades del mundo actual. A través del signo de las velas encendidas, invitó a mantener viva la llama de la vocación, aun en tiempos de cansancio o prueba.

Asimismo, reconoció los desafíos que enfrenta la vida consagrada —como el envejecimiento de algunas comunidades, la disminución vocacional o los momentos de desánimo—, pero exhortó a no perder la esperanza: “Cuando otros apagan su luz, nosotros estamos llamados a encender la nuestra con mayor fuerza. No seguimos personas, seguimos a Jesucristo”.
Monseñor Ruiz insistió especialmente en el testimonio de la alegría como signo distintivo del consagrado: “No puede haber un consagrado triste. La alegría evangeliza sin palabras”, afirmó, animando a vivir la entrega con entusiasmo y confianza en que el Señor seguirá suscitando nuevas vocaciones.
La celebración concluyó con una oración de renovación, en la que los presentes reafirmaron su disponibilidad al servicio de Dios y de la Iglesia:
«Señor, aquí estoy. Cuenta conmigo. Mi vida es tuya».
Con este encuentro, la Diócesis Stella Maris reafirma su compromiso de acompañar, fortalecer y promover la vida consagrada como signo profético de esperanza para el pueblo de Dios.
HOMILÍA

XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada,
Catedral de la Diócesis Stella Maris,
Monseñor Manuel Antonio Ruiz.
Queridos hermanos sacerdotes, párrocos y vicarios; queridos diáconos, religiosas y religiosos; seminaristas; y queridos hermanos y hermanas en el Señor:
Hoy la Iglesia nos regala una gracia inmensa: celebrar el Día de la Vida Consagrada en el marco de la Presentación del Señor. Hoy venimos, como María y José, a presentar nuevamente nuestra vida a Dios. Venimos a renovar el “sí” que un día pronunciamos, quizás temblorosos, pero confiados, cuando el Señor se fijó en nosotros y nos llamó por nuestro nombre.
La vida es sagrada. Y nuestra vocación es un misterio de amor. Porque ninguno de nosotros puede explicar por qué fue elegido. No éramos los más fuertes, ni los más santos, ni los más perfectos. Tal vez había otros con mayores cualidades humanas que nosotros. Sin embargo, el Señor pasó, nos miró y nos dijo: “Sígueme”. Y aquí estamos.
Hoy no celebramos nuestros méritos. Celebramos la fidelidad de Dios.
Estamos celebrando nuestra vida entregada a Él. Celebramos el “sí” que le hemos dado y que hoy renovamos con alegría. Así como Cristo fue presentado en el templo para ser consagrado al Padre, hoy nosotros nos presentamos en esta catedral para renovar nuestra consagración y nuestra pertenencia total al Señor.
El Evangelio nos presenta a Jesús como Luz para alumbrar a las naciones. Y esta palabra no es solo para Él: es también una misión confiada a cada consagrado y consagrada. Ser luz. No reflejo apagado, no luz escondida, sino luz que ilumina en medio de las sombras del mundo.
En este signo tan sencillo y tan hermoso de las velas encendidas, contemplamos nuestra propia vocación. Algunas luces brillan con fuerza; otras parecen débiles; algunas tiemblan y otras, tristemente, se apagan. Pero el Señor no se cansa de encender nuevamente, de sostener y de proteger la llama.

La vocación no se sostiene sola. Se sostiene con el cuerpo entero de la Iglesia. Se sostiene con la oración, con el acompañamiento, con la misericordia y con la paciencia. Y eso marca la diferencia.
La primera lectura nos hablaba del fuego del orfebre, que purifica el oro y la plata. Nosotros somos ese oro en proceso. No somos perfectos. Tenemos grietas, impurezas, cansancios, heridas. Pero el Señor no se queda mirando la escoria. Él mira el oro que hay en nuestros corazones. Él ve el tesoro que puso en nosotros el día de nuestro llamado.
Por eso, cuando la prueba aprieta, cuando el crisol arde, no es para destruirnos, sino para purificarnos.
Sabemos que en el camino de la consagración hay dolores: hermanos y hermanas que se han quedado atrás, vocaciones que se apagaron, personas que dieron mal testimonio. Eso duele. Pero no puede robarnos la esperanza.
Cuando otros apagan su luz, nosotros estamos llamados a encender la nuestra con mayor fuerza. Cuando alguien se devuelve, yo sigo adelante. Porque no sigo personas: sigo a Jesucristo.
Queridos consagrados y consagradas, hemos elegido la vocación más hermosa que existe. El mundo persigue dinero, poder y prestigio. Nosotros, dejándolo todo, lo hemos ganado todo, porque hemos encontrado la verdadera felicidad: pertenecerle a Dios.
Por eso, no puede haber un consagrado triste. No puede haber un corazón entregado a Dios viviendo en amargura. La tristeza crónica apaga el espíritu y espanta las vocaciones. La alegría, en cambio, evangeliza sin palabras.
Aunque parezca que somos menos, aunque algunas congregaciones envejezcan, aunque surjan preguntas, el Señor sigue llamando. La historia de la Iglesia lo demuestra.
Y cuando parece que todo se está acabando, la Palabra nos dice:
“Levanten la cabeza, porque se acerca su liberación.”
Vendrán nuevas vocaciones. El Señor se derramará nuevamente. Él nunca abandona a su Iglesia.
Hoy, hermanos y hermanas, demos gracias. Gracias porque el Señor se fijó en nosotros. Gracias porque nos sostuvo. Gracias porque seguimos aquí.
Y renovemos, con humildad y valentía, aquel primer “sí”:
Señor, aquí estoy.
Cuenta conmigo.
Mi vida es tuya. Amén.
Dirección de Comunicación y Prensa. Diócesis Stella Maris

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