P. Luis Alberto De León Alcántara. Email: albertodeleon_011@hotmail.com

La etapa de la niñez fue y siempre será la más inocente e idealizada de todo ser humano. En esos años, no existen las preocupaciones humanas, el estrés ni el agobio por la realidad del país o del mundo. Nadie estaba pendiente tampoco de la vida de los demás. Sabemos que el niño vive de fantasía, alegría y sintiéndose el centro del universo. Además, como no tienen ninguna responsabilidad, más que comer, dormir y que lo atiendan, en su mente no hay noción alguna de ponerse al servicio de lo que se le pida.
Pero todo eso cambia cuando llega la adolescencia y el ser humano comienza a abrirse paso a la juventud y luego a la vida adulta. En esta etapa, de la niñez quedan únicamente los recuerdos, como un deseo que ya no volverá. Ahora, los dilemas, el ritmo de la vida, las expectativas no alcanzadas, y otras realidades humanas que provocan en cada persona frustración y confusión, es lo que está al frente. Es justo en ese momento cuando aparece la tendencia de huir, de buscar un refugio, la intención de lograr obtener un espacio para respirar, descansar y tomar una pausa en la existencia…
Sin embargo, como todo se vuelve costumbre, va provocando un malestar interior en cada individuo. Pues, el ser humano, agobiado y estresado, en una sociedad que constantemente va evolucionando, opta mejor por planificar sus vacaciones, ejercicios cotidianos, sus métodos de relajación, explorando nuevos lugares exóticos, como un modo de hacer un equilibro entre trabajo-ocio. Al principio, esto parece una actitud normal, como una manera de recuperar fuerza para continuar con las tareas diarias, pero luego esto se convierte en una necesidad, en un estilo de vida, que más tarde se hace hasta difícil detener…
Por eso, dada las condiciones de escape constante que suelen buscar las personas, como bienestar personal, familiar y laboral, es que afirmamos que huir de la realidad, no es felicidad. Porque no fuimos creados para correrle a la vida. Incluso, así como hemos escuchado la expresión: “comemos para vivir y no vivimos para comer”, de igual manera podríamos parafrasear: “escapamos para aprender a vivir, y no vivimos para escapar”. Ya que es preciso tener presente que solamente se supera lo que se asume, se enfrenta y se coloca en su lugar. Aunque sabemos que es más fácil huir, abandonar el camino, dejarles las cosas difíciles a los demás, que enfrentar todo, tomando el toro por los cuernos.
En concreto, hay que dejar de huir de la realidad, como modo de alcanzar la felicidad. Hay que aprender a descansar para buscar el mejor modo posible de superar las pruebas y circunstancias en la que estamos inmersos todos. Es hora de darle gracias a Dios por el don de la vida, la salud y la familia. Es momento de regresar al campo de batalla y decirnos a nosotros mismos: si Dios estuvo en el principio de la Creación, ¿no lo estará al final?
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