Padre Manuel Antonio García Salcedo PhD. Arquidiócesis de Santo Domingo*

La reflexión teológica como tal inicia en el siglo III DC con las escuelas y los escritores en Alejandría, Cesarea y Antioquia entre otros, dedicados al quehacer teológico con particular origen, crecimiento, dificultades de critica importancia y logros para la Iglesia de todos los tiempos. La enseñanza de dicha ciencia se caracterizó por ser impartida en centros que poseían unas características determinadas que diferenciaban su método a la hora de realiza la exégesis de la Escritura y la reflexión teológica.
El centro teológico alejandrino del siglo III DC tuvo entre sus expositores principales al laico Clemente de Alejandría y el teólogo místico orígenes, quien dedicoo su vida a la exegesis biblica, por lo que este merece un tratamiento especial por su inmenso aporte a la ciencia del conocimiento de Dios, así como la controversia que desató el origenismo en los siglos conciliares. También merecen nuestra atención en este ámbito San Dionisio de Alejandría, San Gregorio Taumaturgo y San Metodio de Olimpo.
A la primitiva literatura cristiana latina seguirán las primera traducciones de la Escritura y la proliferación de la literatura apologética cristiana, junto al florecimiento notable de la teología africana gracias a los escritores Tertuliano, Minucio Félix y San Cipriano de Cartago.
El siglo III DC produjo consecuentemente una literatura teológica en la Iglesia de Roma y otras zonas del imperio en la margen occidental, contando entre ellos al heterodoxo Novaciano.
El siglo IV DC es el inicio de la época de oro de los Padres de la Iglesia. La referencia de esta es el Concilio de Nicea del año 325 DC precedida por la crisis arriana que ira tomando diversos visos a lo largo de los siglos siguientes. La extensión de esta crisis por todo el Imperio Romano y más allá de sus fronteras tuvo como marco favorecedor la Paz de la Iglesia proclamada por el emperador Constantino en el 313 DC.
La crisis arriana fue la crisis de mayor dimensión y peligrosidad que tuvo y jamás otra podrá superarla por intentar atacar al corazón mismo de la fe cristiana. A los Santos Padres de la Iglesia debemos la derrota del arrianismo, cuya prolífica expansión gracias al apoyo de los mandos imperiales y de obispos contrarios a la ortodoxia, interesados en rebajar la pretensión evangélica del Reino de Dios parecía triunfar durante las décadas del siglo IV DC, mutando a semejanza de los virus que propician las epidemias en los siglos subsiguientes.
Nicea es el punto de convergencia de todos los cristianos u homousianos de todos los tiempos fieles a la fe cristiana encomendada al Obispo de Roma y a sus sucesores de ser salvaguarda de forma intacta en contra de los opositores a la ortodoxia llamados anhomeos, homeos y homeousianos, de acuerdo al partido en que se agruparon, el apoyo gubernamental recibido y las conclusiones doctrinales que asumieron contrarias a los decretos del Concilio de Nicea.
En dos fases pueden ordenarse las muchas mutaciones que alcanzó el arrianismo beligerante después del primer Concilio Ecuménico. La primera duro unas cuatro décadas, constituyendo en abanderados de la naturaleza divina de Cristo en oriente San Atanasio de Alejandría y en occidente San Hilario de Poitiers, los Santos Padres desterrados repetidas veces por este motivo.
El Sínodo de Alejandría del año 362 DC marcó una nueva etapa en la cuestión trinitaria con el planteamiento del apolinarismo y la descalificación de la Divinidad del Espíritu Santo, cuestiones tratadas y definidas dogmáticamente por el Concilio Ecuménico de Constantinopla del 381 DC,
A los Santos Padres Capadocios, los hermanos Basilio de Cesarea y Gregorio de Nisa y a Gregorio Nacianceno, frutos del movimiento monástica, nacido en aquella época debemos la defensa de la fe trinitaria católica.
La cepa monástica se difundió no solo en Egipto, sino también en Palestina y Antioquia. Nace una prolífica literatura que conformaron las escuelas teológicas de la época de los Santos Padres. Entre los historiógrafos esta Eusebio de Cesarea y los nicenos San Cirilo de Jerusalen, San Epifanio de Salamina y San Juan Crisóstomo.
Por los problemas propios de la parte occidental del Imperio Romano, se ocupan de ellos con sus obras patrísticas Obispos tales como los Santos Ambrosio de Milán, San Jeronimo de Estridon y San Agustin de Hipona, llamado el Doctor de la Gracia, quienes enfrentaron al donatismo, el maniqueísmo, el pelagianismo, el priscilianismo, junto a las doctrinas heréticas venidas del oriente cristiano.
Todo estudio de los Santos Padres que se precie de calidad debe dedicar especial atención a la vida y obras de San Agustín que han delimitado el pensamiento filosófico y la cultura de occidente por solo citar a Las Confesiones, De Trinitate y la Civitate Dei.
Continuara…
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