Por P. Wilkin Castillo, San Juan de la Maguana

Nuestra actitud ha de ser de agradecimiento a Dios en todo momento. Con esta misa de Jueves Santo damos inicio al Triduo Pascual, Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Hoy conmemoramos la institución de la Eucaristía, como memoria de su muerte y resurrección el Sacerdocio, como presencia ministerial suya en el mundo y el mandato del amor mutuo, como respuesta a su gran amor. Tanto la Eucaristía como el Sacerdocio brotan del más puro amor que se concentra en el corazón traspasado de Jesús y se convierte para nosotros en esa fuente inagotable de gracia santificante.
En el Evangelio encontramos que: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Todo en Dios comienza con el amor y por el amor, es esa fuerza interior que nos mueve y nos mantiene de pie creyendo en aquel que nos llamó y nos amó primero.
“Junto a Jesús sus discípulos estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara”. Si nos detenemos un poco a pensar el diablo no solo se había metido en la cabeza de Judas, sino en su corazón y en todo su ser, pues solo una persona que le permite a Satanás que de manera libre entre en su vida es también capaz de entregar a su amigo.
“Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido”. La conciencia y la seguridad que tenía Jesús de que su padre estaba con él y que no le abandonaría nunca lo mueve a realizar el acto más puro de amor para con sus amigos los discípulos, este hombre es capaz de levantarse, quitarse el manto, tomar la toalla, lavarles los pies a sus discípulos y secárselos.
Llegó Jesús a Simón Pedro, y éste le dijo: “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?” Jesús le replicó: “Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”.
Ante esta acción de humildad, amor y sencillez por parte de Jesús Pedro se resiste y se niega a que su Maestro le lave los pies, esto por dos motivos, Pedro todavía no entendía por qué Jesús actuaba de esa manera y en segundo lugar lavar los pies no era oficio para Jesús que era considerado por los discípulos como su maestro.
Por eso le dijo Pedro con tanta firmeza: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo”. Simón Pedro le dijo: “Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”.
Ese es el momento en donde pedro empieza a entender las palabras y la actitud de Jesús, por eso Jesús le dijo: “Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También ustedes están limpios, aunque no todos”. Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: “No todos están limpios”.
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: “¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman “el Maestro” y “el Señor”, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros; les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, ustedes también lo hagan”.
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