CRÓNICA DE FE:
Por P. Domingo Vásquez Morales: dvasquezmorales@gmail.com

Hablar de María es contemplar la manera como Dios actúa en la historia. En ella descubrimos que el Señor no transforma el mundo mediante la fuerza, la violencia o el poder humano, sino a través de la humildad, la obediencia y el amor. Por eso la Iglesia la invoca como Aurora de la Justicia y Estrella de la Paz, dos títulos que resumen su misión en el plan de la salvación.
1.- María, Aurora de la Justicia
La aurora anuncia la llegada del sol. Todavía no es el día pleno, pero ya vence las tinieblas y anuncia una luz que nadie podrá detener. Así es María en la historia de la salvación: con su «sí» generoso, anuncia la llegada de Jesucristo, el Sol de Justicia (cf. Ml 3,20), quien viene a restaurar la relación entre Dios y la humanidad.
La justicia de Dios no consiste simplemente en dar a cada uno lo que merece, sino en restablecer la comunión, levantar al caído, perdonar al pecador y devolver la dignidad a quien la ha perdido. María es la primera en experimentar esa justicia misericordiosa. Llena de gracia desde su concepción, se convierte en el espacio donde Dios inicia una nueva creación.
Su canto del Magnificat manifiesta con claridad esta justicia divina: Dios derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos. No se trata de una revolución basada en el odio, sino de la transformación del corazón humano mediante el amor de Dios.
Hoy, cuando tantas personas identifican la justicia únicamente con castigo o venganza, María nos recuerda que la verdadera justicia comienza cuando dejamos que Cristo reine en nuestro corazón.
2.- María, Estrella de la Paz
Desde los primeros siglos, los cristianos llamaron a María Stella Maris, la Estrella del Mar. Así como el navegante orienta su rumbo mirando las estrellas, el creyente encuentra en María una guía segura para llegar a Cristo.
Pero ella también es Estrella de la Paz, porque señala siempre el camino hacia Aquel que es nuestra Paz (cf. Ef 2,14).
Nuestro mundo necesita paz. Las guerras entre las naciones, la violencia en nuestras ciudades, las divisiones familiares, la agresividad en las redes sociales y la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno revelan una profunda crisis del corazón humano.
La paz no nace de acuerdos políticos ni de la ausencia de conflictos. La paz auténtica es un don de Dios que comienza en el interior de la persona reconciliada con Él.
María vivió esa paz incluso en los momentos más difíciles: en la pobreza de Belén, en la huida a Egipto, en la pérdida del Niño Jesús, al pie de la cruz y en la espera silenciosa de la resurrección. Nunca dejó de confiar. Nunca perdió la esperanza. Nunca permitió que el odio venciera al amor.
Por eso puede enseñar también a la Iglesia y al mundo a construir una auténtica cultura de la paz.
3.- Una misión para nuestro tiempo
Hoy más que nunca necesitamos cristianos que sean constructores de justicia y sembradores de paz.
No habrá paz sin justicia.
No habrá justicia sin verdad.
No habrá verdad sin conversión.
Y no habrá conversión si Cristo no ocupa el centro de nuestra vida.
María nos enseña que la transformación del mundo comienza en el corazón de cada creyente. Ella no pronunció grandes discursos ni organizó ejércitos. Su fuerza estuvo en escuchar, creer, servir y permanecer fiel.
Cada vez que imitamos su humildad, promovemos la justicia.
Cada vez que perdonamos, sembramos la paz.
Cada vez que defendemos la dignidad humana, anunciamos el Reino de Dios.
Cada vez que acogemos al necesitado, hacemos visible el Evangelio.
4.- María nos conduce siempre a Cristo
Toda auténtica devoción mariana termina en Jesucristo.
María nunca se queda con la mirada de sus hijos; siempre la dirige hacia su Hijo cuando nos dice: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5).
Ella sigue siendo hoy la Aurora que anuncia la llegada del Sol de Justicia y la Estrella que guía a la Iglesia por el camino de la paz.
Que, en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo, aprendamos a mirar a María para descubrir en ella el modelo del discípulo fiel, de la mujer que creyó contra toda esperanza y de la Madre que continúa acompañando a la Iglesia en su peregrinar.
Pidámosle que nos ayude a construir una sociedad donde la justicia brote de corazones convertidos y donde la paz sea fruto del amor, del perdón y de la verdad.
Que María, Aurora de la Justicia y Estrella de la Paz, interceda por nuestras familias, por nuestra nación y por el mundo entero, para que Cristo reine en todos los corazones y podamos ser auténticos testigos de su Evangelio. Amén.
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