P. Wilkin Castillo. San Juan de la Maguana
Es una alegría hacer una nueva entrega con relación a la reflexión de la Palabra de Dios. Estamos en el Decimonoveno (XIX) Domingo del Tiempo Ordinario.
En el Evangelio de San Mateo encontramos que, después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Dos cosas importantes: primero Jesús sacia a la gente, es decir, le da de comer y luego la despide.
Interesante: despedir a la gente es cuestión de educación y delicadeza, con esta acción ayudamos a elevar la dignidad del otro y a reconocer el valor que tiene cada persona, esto sin importar su estatus social, raza o color de piel. Jesús luego sube al monte a solas para orar. Es decir, que ya Jesús tenía todo un plan bien pensado y elaborado cuando se retira al monte; allí invoca la presencia del Padre, de quien recibe la luz para continuar su misión.
Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. Muchas veces tú y yo también hemos experimentado y sentido en la vida la sacudida de las olas y hemos sentido en el rostro los vientos contrarios. Tanto la sacudida de las olas como el viento contrario han de ser para hacernos más resilientes ante el compromiso asumido por amor a Jesús como aquel que nos acompaña y guía en todo el proceso cristiano.
Jesús de madrugada se acercó a sus discípulos andando sobre el agua. Cuando los discípulos le vieron andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma.
Jesús les dijo en seguida: “¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!”. Pedro le contestó: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Él le dijo: “Ven”. Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: “Señor, sálvame”.
Es bueno saber lo siguiente: si tenemos a Jesús no nos hundimos, sin Jesús nos hundimos y si tenemos miedo también nos hundimos.
En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”.
Jesús nos pide hoy no dudar, por el contrario, que confiemos en él. Recordemos que él extiende siempre su mano para que no nos hundamos y de igual manera la extiende para ayudarnos a levantar cuando nos caemos.
En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios”. Cuando dejamos que Jesús se suba a la barca de mi vida, encontramos la verdadera paz y nos damos cuenta de que aquel que va a mi lado es la razón de ser de mi existencia, y al mismo tiempo lo descubro como el Dios que me guía y me protege.
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