AIRE96FM

15/09/2026

EL SACRIFICIO: LO QUE LE PERTENECE A DIOS

 Por Edward Mena

Solemos pensar el sacrificio como un peaje que le pagamos a Dios: cuanto más duele, más vale. Tiene su lógica, esa idea. Pero es pagana en el fondo. Convierte a Dios en un acreedor al que hay que aplacar. La Escritura dice algo más simple: sacrificar es devolver. Tomar algo que ya es de Dios —un animal, un fruto, la propia vida— y ponerlo sobre el altar como señal de que sabemos de dónde viene todo. El costo no es lo importante. Lo importante es lo que ese gesto confiesa (Lev 1–7).

La Biblia da cuatro razones para hacerlo. Adorar: reconocer que Dios es Dios y nosotros no (Sal 29,2). Agradecer: devolver, agradecidos, lo que recibimos sin merecer (Sal 50,14). Reparar el pecado, dejando que Dios mismo abra el camino de vuelta (Lev 4–5). Y compartir: el sacrificio bíblico casi nunca termina en la muerte del animal, termina en una mesa. Dios no quiere solo un regalo. Quiere cenar con nosotros (Lev 7,11-21).

Y sin embargo —aquí está lo que separa la fe viva de la fe de fórmulas— ningún rito basta si no nace de dentro. Se puede degollar el mejor cordero del rebaño con el corazón intacto de soberbia. Y se puede llegar con las manos vacías, el corazón deshecho, y ser escuchado (Sal 51,19).

El fin de todo esto nunca fue el rito. Fue restablecer la comunión entre Dios y el hombre. Y ahí aparece el problema: el hombre, herido por el pecado, no tenía en sí mismo un sacrificio verdaderamente santo que ofrecer. Cada ofrenda de Israel era, en el fondo, una espera. Un gesto que señalaba hacia algo que él mismo no podía cumplir.

Por eso Dios no nos pidió, al final, un sacrificio mejor. Nos dio el suyo. El Hijo se hizo hombre para ofrecer, desde dentro de nuestra propia condición, lo que nosotros no podíamos ofrecer: “Se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma” (Ef 5,2). Su sacrificio en la Cruz es perfecto por una razón que ningún cordero del Templo pudo igualar: el Sacerdote y la Víctima son la misma Persona. Nadie le arrebata la vida. Él la entrega (Jn 10,18), por amor, para salvarnos. Ya no es el hombre subiendo con las manos llenas de animales. Es Dios bajando con las manos abiertas.

Ahora nos toca a nosotros

Aquí el asunto deja de ser historia antigua. Lo que Cristo hizo no fue solo por nosotros; fue para que, unidos a Él, hiciéramos lo mismo. San Pablo no pide rituales nuevos. Pide algo más radical: “que presentéis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable” (Rom 12,1). El altar ya no es de piedra. El altar es la propia vida, puesta ahí, entera, cada día.

Eso es lo que el Concilio quiso recordar cuando advirtió del peligro de asistir a la Misa como “extraños y mudos espectadores” (SC 48). No fuimos invitados a mirar desde la banca un sacrificio ajeno. Fuimos invitados a ofrecernos junto con el sacerdote cuando se ofrece la Hostia.

Queda una pregunta, y no es teórica

No es si entiendo la teología del sacrificio. Es otra: cuando voy a Misa, ¿voy a entregar algo, o solo a recibir? En mi vida diaria, ¿hay algún altar real donde deposito lo que soy —mi tiempo, mi orgullo, mis planes— o llevo una vida que consume la gracia sin devolver nunca nada?

Para comunicarte con el autor: Menanator@gmail.com 


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