Por Redacción Aire96FM

Cada 24 de septiembre, la República Dominicana vuelve su mirada hacia una Madre. En pueblos, barrios, parroquias, comunidades y hogares se escucha con especial intensidad el nombre de Nuestra Señora de las Mercedes, patrona del pueblo dominicano.
No se trata solamente de una celebración marcada en el calendario religioso. Es una oportunidad para que un pueblo creyente vuelva a preguntarse por su relación con Dios, por el sentido de su fe y por la manera en que está viviendo el compromiso recibido el día de su Bautismo.
Ante la imagen de María, muchos dominicanos llegan con sus alegrías y sus preocupaciones, con sus esperanzas y también con sus heridas. Llegan quienes agradecen una gracia recibida y quienes buscan consuelo en medio de una dificultad. Llegan familias enteras, ancianos, jóvenes, niños y personas que quizás llevan tiempo alejadas de la práctica religiosa.
Todos parecen decirle a la Madre una misma súplica:
Santa María de las Mercedes, ven pronto e intercede ante tu Hijo Jesucristo para que nos libre de nuestros cautiverios, de nuestros desánimos, de nuestras caídas y de nuestras inconstancias.
Y entonces surge una pregunta que puede darle un significado todavía más profundo a esta fiesta:
¿De qué necesitamos ser liberados?
Una advocación nacida para hablar de libertad
La advocación de Nuestra Señora de la Merced tiene sus raíces en la experiencia de la Iglesia medieval y en la misión de San Pedro Nolasco, vinculada a la liberación de cristianos cautivos. La tradición mercedaria presenta a la Virgen como Madre que acompaña una obra concreta de misericordia: buscar la libertad de quienes estaban privados de ella y, especialmente, ayudar a preservar su fe.
Por eso, hablar de la Virgen de las Mercedes es hablar de misericordia, redención y libertad. Pero los cautiverios de nuestro tiempo no siempre tienen barrotes.
Hay personas cautivas del rencor, de la violencia, de las adicciones, de la desesperanza, del egoísmo, de la indiferencia, de la mentira o de una vida alejada de Dios.
También existen cautiverios más silenciosos: la incapacidad para perdonar, la falta de esperanza, la pérdida del sentido de la vida, la inconstancia en la fe o la costumbre de comenzar muchas veces el camino cristiano sin llegar a comprometerse verdaderamente con él.
Por eso la fiesta de Nuestra Señora de las Mercedes puede convertirse en una llamada a reconocer nuestras propias cadenas.
María no viene a sustituir a Cristo. Nos conduce hacia Él
Ella intercede ante su Hijo y nos recuerda que la verdadera libertad no consiste simplemente en hacer lo que queremos, sino en aprender a vivir en la verdad, en el amor y en la voluntad de Dios.
Una devoción profundamente dominicana
La presencia de esta advocación mariana forma parte de la historia religiosa de la República Dominicana desde los primeros tiempos de la evangelización. Una antigua tradición vincula la devoción con el Santo Cerro y con los primeros momentos de la presencia cristiana en la isla.
La devoción adquirió una particular fuerza a lo largo de la historia dominicana. Incluso existe una tradición histórica que recuerda el terremoto ocurrido en 1614 y el refugio de los habitantes de la ciudad en el templo de La Merced. Las crónicas posteriores relacionaron aquel acontecimiento con la protección atribuida a la Virgen.
Más allá de la interpretación de estos acontecimientos históricos, lo cierto es que Nuestra Señora de las Mercedes fue arraigándose profundamente en la identidad religiosa del pueblo dominicano.
La Conferencia del Episcopado Dominicano reconoce a la Virgen de las Mercedes como Patrona del pueblo dominicano, mientras que la Virgen de la Altagracia es reconocida como Protectora de los dominicanos.
Así, septiembre se convierte para la Iglesia que peregrina en República Dominicana en un tiempo privilegiado para mirar a María y, a través de ella, volver la mirada hacia Jesucristo.
María y nuestro Bautismo
Pero hay algo más profundo que podemos descubrir en esta celebración. Todos los bautizados hemos recibido una llamada a vivir como hijos de Dios. El Bautismo no es simplemente un acontecimiento del pasado, una fotografía familiar o un certificado guardado en un archivo parroquial.
El Bautismo inaugura una vida nueva. Por el Bautismo somos incorporados a Cristo y llamados a caminar como discípulos suyos. Esto significa que nuestra fe debe expresarse en decisiones concretas, en relaciones humanas, en la familia, en el trabajo, en la comunidad y en la manera como enfrentamos las dificultades.
Y aquí Nuestra Señora de las Mercedes puede ayudarnos mucho. María es la mujer que escucha a Dios y responde con disponibilidad. Su vida nos recuerda que la fe no consiste solamente en recibir una gracia, sino también en responder a esa gracia.
Por eso, celebrar a la Virgen puede ser una ocasión para renovar las promesas bautismales interiormente y preguntarnos:
¿Estoy viviendo como cristiano?
¿Mi manera de hablar refleja el Evangelio?
¿Mi familia puede descubrir a Cristo a través de mi testimonio?
¿Estoy dispuesto a perdonar?
¿Defiendo la dignidad de los demás?
¿Me preocupo por quienes sufren?
¿Participo en la vida de mi comunidad cristiana?
¿O mi Bautismo se ha quedado solamente como un acontecimiento de mi infancia?
“Ven, Madre de las Mercedes: te necesitamos”
Hay momentos en que el pueblo necesita reconocer que no puede caminar solo. Por eso la oración a María tiene también una dimensión profundamente humana:
¡Ven, Madre de las Mercedes! Te necesitamos.
Te necesitamos cuando nos cansamos.
Te necesitamos cuando perdemos la esperanza.
Te necesitamos cuando nuestras familias atraviesan dificultades.
Te necesitamos cuando nuestros jóvenes se sienten desorientados.
Te necesitamos cuando la violencia parece ganar espacio.
Te necesitamos cuando la indiferencia amenaza con apagar la solidaridad.
Te necesitamos cuando nuestras comunidades cristianas necesitan recuperar entusiasmo.
Pero también necesitamos a María cuando nosotros mismos somos responsables de nuestras caídas.
Porque existen momentos en los que no necesitamos buscar culpables fuera de nosotros. Necesitamos reconocer nuestras propias fragilidades y volver a Dios.
“Ven pronto, Madre de las Mercedes, e intercede ante tu Hijo Jesucristo para que nos libre de nuestros cautiverios, de nuestros desánimos, de nuestras caídas y de nuestras inconstancias.”
Esta oración puede convertirse en un auténtico programa de vida.
Liberarnos para servir
Existe además una enseñanza particularmente importante en la espiritualidad de la Merced: la libertad tiene una finalidad.
No somos liberados simplemente para vivir encerrados en nosotros mismos.
Somos liberados para amar.
Somos liberados para servir.
Somos liberados para perdonar.
Somos liberados para construir.
Somos liberados para anunciar el Evangelio.
El Bautismo nos introduce precisamente en esta dinámica. La vida cristiana no puede reducirse a pedirle a Dios que nos ayude en nuestras necesidades personales. También implica convertirnos nosotros en instrumentos de su amor.
Por eso, un bautizado que contempla a Nuestra Señora de las Mercedes está llamado a preguntarse:
¿A quién puedo ayudar a recuperar la esperanza?
Quizás exista alguien en nuestra propia familia que necesita una palabra de reconciliación.
Quizás un vecino necesite compañía.
Quizás un joven necesite ser escuchado.
Quizás una persona enferma necesite una visita.
Quizás alguien que se ha alejado de la Iglesia necesite descubrir nuevamente que Dios no lo ha abandonado.
La devoción mariana adquiere así un rostro concreto.
Una Madre que conduce a Cristo
La grandeza de María está precisamente en que siempre nos conduce hacia Jesús.
En Caná, ella señaló el camino: “Hagan lo que él les diga” (Jn 2,5).
Esa palabra continúa siendo fundamental para todo bautizado. La Virgen de las Mercedes no nos invita a quedarnos solamente contemplando su imagen. Nos invita a escuchar a su Hijo.
Y escuchar a Cristo significa asumir el Evangelio como camino de vida.
En una República Dominicana que enfrenta desafíos sociales, familiares, económicos y culturales, la devoción a María puede convertirse en una fuerza espiritual que ayude a recuperar valores esenciales: la dignidad humana, el respeto, la solidaridad, la responsabilidad, la honestidad, la reconciliación y el servicio.
No basta con llevar una imagen de la Virgen.
Hay que llevar también su mensaje.
No basta con caminar detrás de una procesión.
Hay que caminar detrás de Cristo durante todo el año.
No basta con encender una vela.
Hay que permitir que la luz de Cristo ilumine nuestras decisiones.
No basta con pedirle a María que nos proteja.
También debemos preguntarnos cómo estamos viviendo aquello que recibimos en nuestro Bautismo.
Una fiesta para renovar la esperanza
Este 24 de septiembre puede ser mucho más que una celebración tradicional.
Puede ser un momento de renovación.
Una oportunidad para que las familias dominicanas vuelvan a rezar juntas.
Para que los jóvenes descubran que la fe tiene algo que decirles.
Para que quienes se sienten lejos regresen a la casa del Padre.
Para que las comunidades cristianas recuperen su vocación misionera.
Para que los bautizados recuerden que la fe recibida es también una responsabilidad.
Y para que todos podamos mirar a María y decir:
Santa María de las Mercedes, Madre de nuestro pueblo, acompáñanos hacia tu Hijo.
Libéranos de aquello que nos aleja de Dios.
Ayúdanos a vencer nuestros desánimos.
Sostennos cuando caigamos.
Enséñanos a permanecer firmes cuando aparezca la inconstancia.
Haz que nuestra vida bautismal sea una vida de fe, esperanza, caridad y servicio.
“¡Ven, Madre de las Mercedes!”
La República Dominicana tiene una historia profundamente marcada por la fe mariana. Pero cada generación está llamada a hacer algo nuevo con esa herencia.
A nosotros nos corresponde preguntarnos qué significa ser discípulos de Cristo en el presente.
La respuesta no está solamente en las tradiciones que recibimos, sino en la manera como las convertimos en vida.
Por eso, ante Nuestra Señora de las Mercedes, podemos repetir con confianza:
¡Ven, Madre de las Mercedes! Te necesitamos.
Ven a nuestras familias.
Ven a nuestras comunidades.
Ven a nuestros jóvenes.
Ven a quienes están cansados.
Ven a quienes han perdido la esperanza.
Ven a quienes viven alguna forma de cautiverio.
Ven a quienes han caído.
Ven a quienes necesitan volver a empezar.
Y llévanos siempre hacia Jesucristo, porque solamente en Él encontramos la verdadera libertad.
Que la fiesta de Nuestra Señora de las Mercedes no termine cuando termine la procesión.
Que permanezca en nuestras decisiones.
Que permanezca en nuestras familias.
Que permanezca en nuestras comunidades.
Que permanezca en nuestro corazón.
Y que cada bautizado pueda comprender que celebrar a María es también aceptar su invitación a seguir a Jesús.
Nuestra Señora de las Mercedes, Patrona del pueblo dominicano, ruega por nosotros y ayúdanos a vivir con fidelidad la gracia de nuestro Bautismo.
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