Wilkin Castillo. San Juan de la Maguana

Hoy en este Domingo Vigesimoctavo del Tiempo Ordinario tenemos la dicha de profundizar en torno a la parábola del banquete de boda, sin dudas un pasaje cargado de imágenes, tópicos y un enfoque marcado por un lenguaje figurado, con el único objetivo de provocar en nosotros el interés de adentrarnos y degustar la palabra y sacar de todo este proceso una iluminación objetiva y espiritual para bienestar personal.
Por su parte se nos dice en el Evangelio que, en aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. En cielo no hay espacio para la tristeza, en este “lugar” si se celebran de manera constante acontecimientos, se nos habla de fiestas, banquetes, bodas, encuentros, entre otras cosas.
Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Dios es ese Rey que nos invita a la fiesta, al banquete de boda, pero lo hace con una delicadeza y una libertad extraordinaria siempre a favor de los invitados, en todo esto está la posibilidad de aceptar o no aceptar la invitación.
Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto”. Todos los invitados a la boda representan para Dios algo grande, todos son especiales, el anfitrión prepara todo con esmero y dedicación. Vengan a la boda.
Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. Mientras el anfitrión tiene todo listo y preparado, los invitados, están metidos en sus asuntos, distraídos, comprometidos, Dios quiere fiesta y ellos por el contrario a maltratar y a matar. Se bastan a sí mismo, no le interesa que los inviten mucho menos participar de dicha boda.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Pasan de ser invitados espéciales a asesinos inmerecedores de misericordia y perdón.
Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Vayan ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encuentren, convídenlos a la boda”.
Ya el problema no es la celebración de dicha fiesta, está preparada y a punto, ahora es cuestión de merecimiento, por lo visto esta fiesta le quedaba grande a los primeros invitados. Es por tal razón que los criados salieron a los caminos y reunieron e invitaron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.
Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?”
El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: “Átenlo de pies y
manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Hay veces que los que menos merecen son los que más necesitan.
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