AIRE96FM

10/07/2026

APRENDER A VIVIR DESPIERTO Y CONSCIENTE…

 P. Luis Alberto De León Alcántara Email: albertodeleon_011@hotmail.com

La vida va de prisa. Hoy naces y mañana te das cuenta que todo ha cambiado. Nos pasa de todo en el trayecto de la vida. Quizás detenerse para analizar el arsenal de experiencias que hemos acumulado a lo largo de nuestra existencia no sea de agrado para muchos. Porque conocerse a sí mismo, no es tarea fácil, por esta razón, algunos gastan más tiempo conociendo a los demás, que así mismo. Aunque Pitágoras cierta vez expresó: “Si quieres conocer a los demás, conócete, si quieres conocerte, conoce a los demás”. Es decir, que por más que nos alejemos de nosotros mismos, siempre nos veremos en el espejo del otro.

Siempre es oportuno saber dónde están parados nuestros pies. Darnos cuenta que estamos haciendo con la vida que Dios nos ha regalado, ya que hacer muchas cosas diariamente, no es necesariamente estar viviendo. Las personas que más se afanan y se agobian, son muchas veces la que menos vive y logran disfrutar de todo lo creado en el mundo. Por eso se suele confundir existir con vivir. Todos existen desde el mundo que reciben un aliento divino. Se comienza a vivir, en cambio, cuando nos damos cuenta lo que hacemos y la razón que nos mueve a ello.

Cuando una persona sólo existe y no alcanzar dar el paso al vivir, los errores forman parte de su rutina diaria, y comienza a echarle la culpa a Dios de los tropiezos con lo que va chocando. Cuestiona todo lo que le rodea, pero no es capaz de cuestionarse a sí mismo. No tiene tiempo para detenerse, hacer un stop y salirse de las actividades programadas que la misma sociedad le ha preestablecido y pasar balance de sus actitudes interiores y exteriores. Porque detenerse en este caso, no es retroceso, es más bien, ser sabio y cambiar la estrategia del juego de su propia vida, con el único fin de obtener las estrategias adecuadas para ser feliz.

Quien vive a cada instante, en el día a día, aprende algo nuevo, sabes de dónde viene, quién es, hacia dónde se diría. Mientras los demás están dormidos, distraídos y haciendo todo lo que hace el montón, da un paso cada más a la felicidad. Ve en los otros, lo errores que cometía antes. Es capaz de hacer un examen de conciencia constantemente para seguir cambiando su vida. Entiende que debe cuidarse, porque puede caer en volverse anestesiado como la mayoría, sin obtener ninguna solución.

En la vida se aprende despierto y consciente. Nadie puede darse el lujo de ver como su ser personal, se lo lleva el viento y quedarse como si nada pasara. Quedándose paralizado y dejando que el mundo le caiga encima. Caerse y levantarse, es lo que debemos saber en cada ocasión de nuestro recorrido. Porque la existencia no es línea recta. Tiene forma de  escalera, donde existen subidas y bajadas, haciéndote cada vez más humano y más maduro. Haz un inventario. Revisa tus ganancias y tus perdidas. Mírate al espejo y preguntante seriamente, ¿realmente he vivido….?

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El Escapulario, regalo de la Madre

 Por Leonor María Asilis Elmudesi

Estamos en el mes de julio, próximos a la celebración de la fiesta de la Virgen del Carmen (16 de julio), portadora de su gran regalo: el escapulario. Veamos su origen y su importancia.

El escapulario fue el don que recibió el general de la orden, Simón Stock, en 1251, cuando la Virgen se le apareció y le hizo entrega del hábito de la orden, asegurando la salvación eterna para todos los que lo llevaran con devoción.

San Juan Pablo II dirigió una carta a los generales de las dos ramas carmelitas, los padres Joseph Chalmers, antigua o «calzada», y Camilo Maccise, reformada por Santa Teresa y San Juan de la Cruz o «descalza» [Nota: El texto original decía San Juan de Ávila, se mantiene el contenido pero corregido estructuralmente], en la que recordaba que había confiado a María el tercer milenio en su carta apostólica programática Novo millennio ineunte.

Con profundo gozo, dijo el inolvidable santo y papa viajero: «he sabido que la Orden del Carmen, en sus dos ramas, antigua y reformada, quiere expresar su propio amor filial hacia su Patrona, dedicándole el año 2001, invocada como Flor del Carmelo, Madre y Guía en el camino de la santidad». También agregó que esta devoción mariana, expresada «en el humilde signo del escapulario, consiste en la consagración a su Corazón Inmaculado».

«De ese modo –añadió–, en el corazón se realiza una creciente comunión y familiaridad con la Virgen Santa». Y confirmó: se trata de «un tesoro para toda la Iglesia».

Por último, el Santo Padre hizo una revelación muy personal: «¡También yo llevo sobre mi corazón, desde hace mucho tiempo, el escapulario del Carmen!». Este signo es aprobado por la Iglesia y propuesto por la Orden Carmelitana como manifestación del amor de María por nosotros y como expresión de confianza filial por parte nuestra en ella, cuya vida queremos imitar.

Es preciso aclarar que el escapulario del Carmen no es ni un objeto para una protección mágica (un amuleto), ni una garantía automática de salvación, ni una dispensa para no vivir las exigencias de la vida cristiana. Al revés, es un signo «fuerte» aprobado por la Iglesia desde hace varios siglos, ya que representa nuestro compromiso de seguir a Jesús como María: abiertos a Dios y a su voluntad; guiados por la fe, por la esperanza y por el amor; cercanos al prójimo necesitado; orando constantemente y descubriendo a Dios presente en todas las circunstancias. Es un signo que introduce en la familia del Carmelo y un signo que alimenta la esperanza del encuentro con Dios en la vida eterna bajo la protección de María Santísima.

El escapulario lo impone, una vez para siempre, un religioso carmelita u otra persona autorizada. El día ideal es el 16 de julio, su fiesta. En Santo Domingo, tenemos la información de que, como en años anteriores, en la parroquia San Judas Tadeo del sector Naco se impondrá a quienes lo deseen y lo lleven.

El escapulario es para los cristianos auténticos que viven conforme a las exigencias evangélicas, reciben los sagramentos y profesan una especial devoción a la Santísima Virgen (expresada con el rezo cotidiano de al menos tres avemarías).

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El Papa almuerza con los pobres: la fragilidad fortalece a las comunidades

 La iniciativa del Centro de Alta Formación Laudato Si’ —que el 11 de julio acogerá en Borgo Laudato Si’ a doscientas personas vulnerables asistidas por la Diócesis de Roma, entre ellas 35 niños— busca ser el signo de una Iglesia abierta, de una familia y de un refugio seguro para quienes más lo necesitan. Donatella Parisi subraya: «Son precisamente esas mismas personas las que dan, y mucho, enriqueciendo con su presencia y con su demanda una visión diferente de la sociedad».

Antonella Palermo – Ciudad del Vaticano

Esperanza, acogida e inclusión. Estos son los deseos que han animado a los organizadores de la iniciativa «Almuerzo con el Papa», que se celebrará el 11 de julio en los jardines de Castel Gandolfo. Allí, doscientas personas en situación de vulnerabilidad (incluidos 35 niños) —acompañadas por la Diócesis de Roma y las asociaciones que orbitan a su alrededor— pasarán una jornada entera marcada por la belleza y por una espiritualidad vivida en un entorno maravilloso.

«Este lugar es sumamente valioso. Estuvo cerrado al mundo durante 400 años, luego fue abierto por el papa Francisco y hoy está ampliamente abierto por el papa León, acogiendo así a estas personas que para nosotros son los invitados de honor», destaca Donatella Parisi, coordinadora de comunicación del Centro de Alta Formación Laudato Si’.

La misa de la mañana será presidida por el cardenal Fabio Baggio, director general del Centro de Alta Formación Laudato Si’, y concelebrada por el prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Caridad, monseñor De San Martín. Posteriormente, los operadores de Borgo Laudato Si’ ofrecerán un refrigerio y una visita guiada para los asistentes.

Borgo Laudato Si’ «cuenta gran parte de la historia de Roma con los restos de la villa de Domiciano, así como la historia de los Papas que desde el siglo XVII vienen aquí a descansar. Todo esto, inmerso en la belleza de la naturaleza, con un jardín botánico de más de 4,000 plantas de 300 especies diferentes», explica Parisi. Se trata de un cofre de magnificencia y armonía que abre sus puertas para simbolizar una Iglesia sin barreras.

«Sí, el mensaje es también que la Iglesia esté cada vez más abierta a todos, sobre todo a quienes viven en una periferia existencial. Esto el papa León lo repite varias veces y nosotros también leemos este acontecimiento como una etapa que da continuidad al viaje a Lampedusa, donde el Pontífice atrajo la atención del mundo hacia esa pequeña isla en el centro del Mediterráneo, convertida en testigo involuntario de miles de muertes en el mar de personas que buscan un futuro mejor, huyendo a menudo de guerras, pobreza e injusticias sociales».

«Así, hoy nos encontramos en la víspera de un acontecimiento —prosigue Parisi— que se confirma como una ocasión para reafirmar que la Iglesia está abierta a cualquiera y es familia, comunidad y refugio seguro para quien más lo necesita en este momento».

La idea es que cada año este evento acoja a personas procedentes de una diócesis diferente. El año pasado le tocó a Albano y este año a Roma.

«Habrá refugiados, madres solas con niños y personas que han seguido en el Borgo un curso de formación laboral y regresan para celebrar un camino que hoy mira con renovada confianza hacia la integración y la obtención de un empleo. Hay personas con diferentes capacidades; estará representada esa parte de la sociedad y de la Iglesia que a menudo es considerada como «los que tienen necesidad»».

«En realidad, nosotros experimentamos cada día aquí en Borgo Laudato Si’ que son precisamente esas mismas personas las que dan, y dan mucho. Enriquecen al Borgo y, me atrevería a decir, a toda la Iglesia con su presencia y con su petición de una visión diferente de la sociedad; un punto de vista que haga precisamente de la fragilidad una nueva fuerza para nuestras comunidades».

El almuerzo ha sido ofrecido con mucha generosidad y espontaneidad por el restaurante de Roma L’Isola della Pizza, mientras que el refrigerio de la mañana correrá a cargo del Bar Duomo de Albano, muy implicado en el proyecto de Borgo Laudato Si’. «Es un testimonio muy hermoso de atención hacia una iniciativa como esta», dice Parisi. El menú será de cocina italiana, pero con sensibilidad hacia quienes provienen de otros contextos y culturas.

La iniciativa se enmarca en la gran consideración que el Papa tiene por este lugar.

«El Santo Padre ama muchísimo los jardines pontificios y sigue de cerca este proyecto», confirma Parisi, quien recuerda la audiencia en el Vaticano del pasado 19 de junio al concluir los dos días de los Borgo Dialogues. Estos diálogos reunieron a representantes de numerosas realidades industriales y empresariales de ámbito internacional para reflexionar conjuntamente sobre cómo hacer que los procesos productivos y los ambientes de trabajo sean más sostenibles, de modo que seamos «cada vez más responsables y cada vez menos dominadores».

La inspiración, ya presente en las encíclicas de Francisco y reafirmada en Magnifica Humanitas, sigue siendo la de percibirse como «criaturas entre las criaturas».

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09/07/2026

El matrimonio en la República Dominicana: una llamada a renovar la pastoral familiar

 CRÓNICA DE FE:

Por P. Domingo Vásquez Morales: dvasquezmorales@gmail.com

Las estadísticas sobre el matrimonio en la República Dominicana no son simples números; son el reflejo de profundos cambios culturales que están transformando la manera en que las personas comprenden el amor, el compromiso y la familia.

Según la Oficina Nacional de Estadística (ONE), durante el año 2025 se registraron 40,750 matrimonios, de los cuales 3,003 fueron matrimonios canónicos, es decir, celebrados en la Iglesia. Esto representa apenas el 7.37 % del total de matrimonios realizados en el país. Al mismo tiempo, ese mismo año se registraron 24,711 divorcios, lo que significa que, por cada cien matrimonios, hubo aproximadamente 61 divorcios.

Estos datos plantean interrogantes que como Iglesia no podemos ignorar.

Vivimos en una sociedad donde cada vez cuesta más asumir compromisos permanentes, es decir de por vida. La cultura contemporánea exalta la satisfacción inmediata, el bienestar individual y la autonomía personal. En este contexto, el matrimonio deja de verse como una alianza para toda la vida y comienza a percibirse como una relación que dura mientras genere felicidad.

No sorprende, entonces, que muchos jóvenes prefieran convivir sin casarse o retrasar indefinidamente el matrimonio. Existe miedo al compromiso definitivo, temor al fracaso y desconfianza hacia la institución matrimonial.

La disminución de los matrimonios canánicos no debe interpretarse únicamente como una pérdida de práctica religiosa. También es una invitación a revisar nuestra práctica pastoral.  Cambiar el conecto “Casarse por la Iglesia” por “Casarse EN la Iglesia”

Quizá durante muchos años nos hemos concentrado más en preparar la celebración del matrimonio que en preparar a las personas para la vida matrimonial.

La preparación no puede limitarse a unos encuentros previos a la boda. Es necesario comenzar desde la infancia, educando en la afectividad, el respeto, el perdón, el diálogo, la castidad, la responsabilidad y la capacidad de amar como Cristo ama.

A pesar de todas las transformaciones sociales, ninguna institución ha logrado sustituir a la familia. Que se define como “la iglesia doméstica”.  Es en ella donde se aprende a amar gratuitamente, a compartir, a perdonar, a respetar las diferencias y a descubrir el valor del sacrificio por los demás.

Cuando la familia se debilita, toda la sociedad experimenta sus consecuencias: aumenta la violencia, la soledad, las adicciones, la depresión y la dificultad para establecer relaciones estables.

Se hace urgente Una pastoral que acompañe.  El papa Francisco insistió en numerosas ocasiones en que la Iglesia no debe limitarse a preparar matrimonios, sino acompañar a los matrimonios.

Muchas parejas fracasan porque afrontan solas las primeras crisis. Carecen de espacios donde puedan dialogar, recibir orientación, fortalecer su espiritualidad o compartir experiencias con otros matrimonios.

Desde Aire96, soñamos con que cada parroquia se convierta en una verdadera familia de familias.

Uno de los grandes desafíos consiste en presentar nuevamente el matrimonio no como una obligación moral, sino como una vocación hermosa.

El matrimonio cristiano no es simplemente un contrato jurídico ni una ceremonia social. Es un sacramento mediante el cual los esposos participan del amor de Cristo por su Iglesia.

Cuando un hombre y una mujer se aman en Cristo, su hogar se convierte en una pequeña Iglesia doméstica donde Dios continúa actuando en el mundo.

La crisis del matrimonio no es responsabilidad exclusiva de los jóvenes.  También interpela a los padres, a los educadores, a las escuelas, a los medios de comunicación, a los movimientos familiares y a toda la comunidad eclesial.

Necesitamos mostrar con mayor claridad matrimonios felices, familias unidas y testimonios que demuestren que la fidelidad no solo es posible, sino profundamente liberadora.

Las estadísticas pueden movernos a preocupación, pero no deben desanimarnos.  Cada matrimonio que permanece fiel durante décadas demuestra que el amor definitivo es posible cuando está sostenido por la gracia de Dios y el esposo se deja guiar.

La Iglesia está llamada a anunciar, con renovado entusiasmo, que el matrimonio sigue siendo uno de los caminos más hermosos de santidad y de felicidad humana.

Como recordaba san Juan Pablo II: «El futuro de la humanidad se fragua en la familia.»

Por eso, invertir en la familia no es mirar al pasado; es construir el futuro de la sociedad y de la Iglesia.

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07/07/2026

Estadios llenos, iglesias medio vacías

 Mientras el Mundial de 2026 congrega a cinco mil millones de personas ante la misma imagen, muchas parroquias siguen vaciándose. No es una coincidencia; es una interpelación con mucho que aportar a la Iglesia, si esta se muestra dispuesta a escuchar. Hay una estampa que resume mejor que muchos diagnósticos pastorales los tiempos que vivimos: el domingo por la mañana, la iglesia con un tercio de los bancos vacíos; por la tarde, el bar de enfrente con la pantalla encendida, repleto de gente que viste la camiseta de su equipo, que grita, que abraza a desconocidos, que llora cuando entra el gol y que vive, en ese momento, algo que le cuesta mucho describir, pero que nadie que lo haya sentido confunde con mero entretenimiento.

El fútbol —y en particular el Mundial, su expresión más universal— no es enemigo de la fe; de alguna manera, es su espejo. Un espejo que refleja, sin aditivos teológicos, las mismas necesidades a las que la fe ha respondido durante siglos: pertenecer a una comunidad que nos trasciende, vivir momentos de intensa emoción compartida que rompan la monotonía de la vida individual, encontrar héroes que encarnen valores y narrar la propia historia dentro de una narrativa más grande.

Vacantes

Norbert Elias y Eric Dunning lo documentaron con rigor sociológico hace décadas: el deporte moderno ha heredado muchas de las funciones que las festividades religiosas desempeñaron durante siglos. No las ha usurpado con perfidia; al encontrarlas parcialmente vacantes, las ha ocupado. Esa es la pregunta que el Mundial de 2026 vuelve a plantearle a la Iglesia: ¿Por qué estaban vacantes?

La literatura lo comprendió y lo narró mucho antes que la teología pastoral. Eduardo Galeano abrió El fútbol a sol y sombra con una tesis que la sociología de la religión ha ido confirmando desde entonces: el fútbol es una religión con millones de creyentes. Lo decía sin ironía, como quien describe una realidad fascinante e inquietante a partes iguales.

Primer gol del Mundial de Fútbol 2026. Foto: EFE

Galeano, hombre de izquierdas y alejado de las iglesias, defendía que la devoción futbolística no era ni superstición ni infantilismo de masas; era la expresión de una necesidad humana profunda e irrenunciable. Nick Hornby, en Fiebre en las gradas, fue mucho más allá al describir esa lealtad al Arsenal como algo que no se elige, sino que se hereda como una identidad y que no se puede abandonar sin sentir que se traiciona algo esencial de uno mismo.

El vocabulario y la estructura emocional son exactamente los de la fe. Juan Villoro tituló su ensayo sobre el fútbol Dios es redondo, no como una broma, sino como un diagnóstico. El balón ocupa el espacio que el Dios ausente ha dejado libre en la cultura contemporánea: rueda, genera devoción, no explica nada y, sin embargo, convoca. ¡Y de qué manera!

La hierosfera es el campo simbólico en el que los seres humanos vivimos y gestionamos nuestras necesidades de significado, pertenencia, trascendencia y ultimidad. No es exclusiva de las religiones instituidas, aunque es el territorio que la Iglesia ha habitado con nombre propio durante siglos; un territorio que nunca ha sido solo suyo.

El fútbol —y el Mundial como su liturgia mayor— opera parcialmente dentro de esa hierosfera. No lo hace con una doctrina explícita, sino con lo que podríamos llamar una criptosacralización: una apropiación de la gramática de lo sagrado sin reclamar ese nombre. Veamos cómo:

  • El templo: El estadio tiene su espacio diferenciado del mundo ordinario, al igual que el templo.
  • La liturgia: El partido posee su estructura litúrgica: apertura solemne, desarrollo con momentos de clímax y cierre ritual.
  • Los mitos: El equipo tiene sus héroes salvíficos, sus mitos fundacionales y sus reliquias.
  • La comunidad: El aficionado tiene su fe futbolística más allá de lo racional, su esperanza escatológica —«la próxima temporada será la buena»—, su teodicea —que busca chivos expiatorios cuando se produce una derrota— y su comunidad, que lo sostiene cuando el mundo de fuera no puede hacerlo.

Esto no convierte al fútbol en una religión en sentido estricto, pero sí lo coloca, de modo inequívoco, dentro del mismo territorio en el que opera la fe. La Iglesia que no tenga esto en cuenta estará ignorando dónde viven realmente sus fieles, qué los mueve por dentro y qué experiencias están teniendo fuera del templo que este ya no les brinda:

«El estadio le dice a la Iglesia: la gente no busca verdades que no se puedan sentir. Busca presencia. Cuerpo. Voz común. Una experiencia que deje huella. ¿Cuándo fue la última vez que tu liturgia produjo eso?».

  • La gente necesita sentir, no solo adherirse: El estadio no pide credos, no reparte folletos ni interroga sobre los pecados. ¿Qué pide? Que grites, que te abraces con el de al lado y que pongas el cuerpo en juego. Esa entrega física y emocional produce una experiencia que millones de personas describen con un vocabulario profundamente espiritual: comunión, éxtasis, trascendencia y pertenencia.
  • La comunidad del estadio es de carne y hueso: No es una comunidad de ideas, ni de adhesiones doctrinales o compromisos virtuales. Es la comunidad del abrazo en el gol, del llanto compartido en la derrota, de la voz que se rompe al cantar el himno. El empresario y el obrero de la construcción conviven juntos, sin que nadie les pregunte por sus diferencias. Eso es lo que Victor Turner llamó communitas y lo que muchas parroquias llevan décadas perdiendo.
  • La fe se transmite a través del cuerpo, no de la doctrina: El abuelo que lleva al nieto al estadio por primera vez no le explica por qué debe querer al equipo; lo abraza cuando marca el gol y eso basta. La fe se contagia por el contacto, por la emoción y por la memoria compartida. La Iglesia lo supo durante siglos y, en algún momento, se olvidó.

Pero el diálogo no se produce en una sola dirección. La Iglesia tiene cosas importantes que decir sobre el fútbol, y no se trata solo de reproches morales o de llamadas a la moderación. Son observaciones que nacen de siglos de acompañamiento a seres humanos en aquello en lo que el estadio no puede apoyarlos:

  • Tu comunidad dura noventa minutos: El estadio es extraordinariamente eficaz en la euforia compartida. Pero cuando llega el duelo, la enfermedad o el fracaso existencial, ¿qué tiene que decir el estadio? No tiene nada que decir. No hay liturgia del luto en el vestuario, no hay sacramento posible ante un diagnóstico grave ni hay palabras para el vacío que deja la muerte de un ser amado. La Iglesia, en cambio, ha construido durante milenios un lenguaje precisamente para las oscuridades vitales. El estadio te abandona cuando más lo necesitas; la Iglesia, en sus mejores momentos, es la comunidad que queda cuando todo lo demás se va.
  • Tu trascendencia está atada al mercado: Un mal presidente puede arruinar la devoción de toda una vida, un árbitro comprado puede destruir la fe de una temporada y un empresario puede vender el equipo y dejarte sin «dios». Lo sagrado que depende del capital tiene una vulnerabilidad radical que lo hace insuficiente ante las preguntas más hondas. El estadio proporciona éxtasis, pero no da paz; construye tribu, pero no da redención; suscita euforia, pero no da sentido al sufrimiento.
  • Cuidado con la idolatría: No en el sentido moralista del término, sino en el sentido teológico preciso: cuando algo finito —un club, unos colores, una plantilla— ocupa el lugar de lo infinito. Ocurre cuando el marcador configura el estado de ánimo de la semana, cuando la afición absorbe más tiempo que la familia o la oración, y cuando se invierte en el equipo una energía espiritual reservada para otro fin. La Iglesia no condena al hincha, sino que le pregunta: ¿Qué estás buscando ahí? ¿Estás seguro de que lo estás encontrando?

Para los hinchas católicos:

  1. ¿Qué encuentras en el estadio que echas de menos en la comunidad parroquial? ¿Has intentado llevar eso a tu fe?
  2. ¿Alguna vez has vivido en la liturgia algo comparable a lo que sientes cuando tu equipo marca un gol? Si no es así, ¿qué faltó?
  3. ¿Hay algo que le pedirías a tu comunidad de fe que el estadio ya te da? ¿Tienes algo que solo la fe puede darte y que el fútbol no?
  1. ¿Cómo explicas que millones de personas encuentren en el fútbol experiencias que describen con el vocabulario de la fe? ¿Eso te interpela o te resulta ajeno?
  2. ¿Qué puede aprender hoy en día la Iglesia de la capacidad del fútbol para generar una comunidad real, encarnada y emocional?
  3. ¿Hay algo en tu vida de fe que produzca la intensidad de pertenencia que el estadio genera? ¿Qué lo bloquea o lo facilita?

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