Hemos dado inicio al tiempo ordinario, en esta ocasión estamos celebrando el II Domingo, hoy nos encontramos frente a un texto del Evangelio de San Juan, el cual, está rico en contenido teológico y nos da una panorámica perfecta del encuentro de Juan el Bautista y Jesús.
El Evangelio empieza diciéndonos que, en aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Ningún mortal se queda estático e indiferente ante la cercanía y llegada de Jesús a su vida, es una experiencia única y extraordinaria, fue lo que vivió y experimentó Juan el Bautista.
Éste es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.” Juan mucho antes de conocer a Jesús en persona, ya hablaba de él emocionado y con una inmensa alegría, por eso llegó a decir: “Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel”. Es decir, Juan estaba convencido de a quien anunciaba y lo que anunciaba como precursor, por eso se sentía comprometido y por eso Juan dio testimonio diciendo: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él”. Tremendo privilegio el de Juan, al contemplar al Espíritu posarse sobre Jesús, siendo este momento decisivo en la vida y misión de Juan.
Llega a decir este elegido por Dios. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios. Juan hace una afirmación importante, al expresar a viva voz que él ha visto a Jesús, pero, también en ese mismo orden hace también una profesión de fe, “he dado testimonio de que éste es el hijo de Dios”.
Es posible que tú y yo también hayamos visto a Jesús, cada uno desde su vivencia cristiana, experiencia de fe y desde su propia historia de salvación, pero más importante aún es poder dar testimonio de lo que hemos visto y hemos oído. Nosotros todos hemos visto mucho y hemos oído mucho, también estamos llamado a testimoniar mucho y a anunciar mucho, dichosos quienes escuchan la palabra y la ponen por obra. Que podamos decir con el Salmo: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.
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Nos encontramos en el siglo XXI, donde al parecer todo es “permitido”. Vivimos en la época donde existe la tendencia de redefinir todo, partiendo de los sentimientos, caprichos y sobre todo, de los deseos personales a la hora de tomar una decisión en nuestras vidas. En otras palabras, la filosofía de existencial está enfocada en el estado de ánimo que tengan las personas para conseguir sus objetivos. Esto quiere decir, que si no hay interés, gusto o voluntad al momento de actuar, no se hace nada. Lo que significa, además, que las responsabilidades quedan en un segundo plano.
En el siglo pasado, el cumplimiento a la palabra dada, la realización de los compromisos planificados, la identidad personal y familiar, era todo una armonía, una actitud colectiva asumida y entendida. Hoy, en cambio, la inclinación es más a un relativismo moral, se vive de la moda social, por eso la gente cambia de opinión al mismo ritmo que lo hace un semáforo. Porque, como dice el filósofo y sociólogo, Zygmunt Bauma, nos encontramos en una sociedad líquida, esta es la razón por la que hace difícil tener pensamientos y decisiones propias de manera sólidas.
Ante este cambio de paradigma, por llamarlo de alguna manera, tendríamos que decir que todo tiene su raíz en la pérdida del sentido de la propia vida, del desenfoque del por qué y del para qué vivir. Es decir, cuando una persona ya no sabe para qué vive ni tampoco sabe cuál es el motivo de estar aquí en este mundo, o no tiene clara la razón el motivo que lo impulsa a levantarse cada día, entonces comienza ser como la veleta de un barco, que se mueve según la dirección del viento.
Pero da la impresión, que hay personas que les gusta o se sienten cómodas actuando según su ánimo. Incluso, ya no quieren pensar mucho, no quieren “complicarse” la existencia, como suelen expresar, optan mejor por dejar que todo fluya. No tienen agenda en sus vidas, son “almas libres”, como escuché a una persona una vez definirse, la cual lo decía dejando claro que no quería compromisos, tampoco responsabilidades, sino que era libre para decidir en cualquier momento. Esta actitud parece infantil, sin embargo, es el pan cotidiano en muchos lugares de nuestro planeta tierra, porque es más fácil vivir conectado al ánimo que a la decisión madura de vivir nuestras obligaciones cotidianas.
A modo de conclusión, quien vive conectado al ánimo para vivir, quien cree que su existencia se parece a las estaciones del año para vivir, nunca llegará a su destino. Al contrario, fuimos creados con identidad, con dones y talentos. Además, con el tiempo vamos adquiriendo experiencia, que nos van haciendo más sabios para evitar cometer los mismos errores de siempre. En concreto, nuestra vida no puede depender de nuestro estado de ánimo, porque entonces seríamos como la bebida que al destaparse, cuya espuma sube al instante y luego desaparece. Por consiguiente, hay que aprender a estar anclados a nuestros principios y fundamentos morales.
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Si sonríes a cada amanecer, con los labios de un corazón dispuesto a latir por los demás; la paz llegará.
Si aplaudes con gratitud cada gesto de solidaridad, entrega y sacrificio que otros hacen por ti; la paz llegará.
Si te levantaste aceptando lo que los demás expresan, a pesar de que no coincide con lo que tú crees; la paz llegará.
Si acoges con humildad y responsabilidad, las orientaciones que te brindan de cara a proteger tu vida y la de los tuyos; la paz llegará.
Si no eres indiferente ante el que sufre, y te movilizas con hechos que procuren dar soluciones sin pretender etiquetas de heroicidad; la paz llegará.
Si en vez de echar culpas a todos de tus problemas, te encargas de agradecer el calor que otros prodigan; la paz llegará.
Si tomas medidas preventivas ante el virus microscópico del egoísmo y el odio, y ves la fuerza del amor como el antídoto para un mundo mejor; la paz llegará.
Si más allá de halagar la belleza natural de la tierra, te dedicas a cuidar y preservar el medio ambiente, pensando en quienes te rodean; la paz llegará.
Si en medio de la epidemia, elevas una oración al Altísimo, destacando a tu hermano que la padece; la paz llegará.
Si aprovechas el suspiro de este instante y perdonas a ese alguien sin cortapisas; la paz llegará.
Si cuidas tu casa interior de los spams que marchitan los buenos sentimientos; la paz llegará.
Si eres fermento de esperanza ante la desesperación de un caminar sin horizontes; la paz llegará.
Si practicas el buen vivir como filosofía de vida, a pesar del desaliento que otros causan en ti por su mal vivir; la paz llegará.
Si te lanzas a restaurar la fe en tus sueños, evitando tirar la toalla ante los avatares del destino; la paz llegará.
Si detienes el vehículo de la prisa con que llevas la vida, y te das tiempo para cultivar y valorar esos pequeños detalles que abren las ventanas de la felicidad; la paz llegará.
Si consideras que tus egos y soberbias son pérdidas de tiempo, entonces andas en el camino correcto, no mires hacia atrás; la paz llegará.
Si pintas con tu ejemplo, el cuadro más sublime de la honestidad en tu proceder; la paz llegará.
Si los versos de tu poesía son bienaventuranzas en el evangelio de tu diario vivir; la paz llegará.
Si cantas cada mañana el himno de alegría, tu hogar florecerá, cuan si fuese un jardín de aptitudes positivas; la paz llegará.
Si alimentas tu conocimiento para tener mucha más humanidad, la paz llegará.
Si sacas tiempo para meditar y así conquistar con la luz del reconocimiento, aquellas partes del alma que se han perdido en la oscuridad; la paz llegará.
Si ejercitas tu libertad evitando caer en los excesos del desenfreno de la conciencia; la paz llegará.
La paz llegará, es un eco que dulcifica el alma del planeta; es un baile de amor eterno; es una constante que nutre el corazón de esperanza; es un aroma de café en una mañana lluviosa; es un espectáculo de fuegos artificiales en el cielo abierto de una vida agradecida; es un caminar donde cada huella, la dejas tú; es un despertar con ilusiones.
Además, es el acorde de una guitarra que suena en el silencio de una noche eterna; es un beso tierno en la frente de las angustias; es un aplauso firme a las buenas decisiones; es sensación sin escándalos; es cuarentena sin aburrimiento; es una serenata de amor sin toque de queda; Es el maná celestial de los desheredados del pan; Es la parábola del sembrador en tierra fértil; es la felicidad de un jabón de ¨cuaba¨ en una pandemia.
Asimismo, es el 911 ante un alma febril e inquieta por falta de oxígeno; es descubrir que con tu familia no estás solo; es navegar con brújula en el océano amplio de tus propósitos; Es saber sin titubeos que la calma llegará, porque alguien a quién le creo dijo: ¨ La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden. ¨
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Hoy es un día grande. Parece que todo se acabó y que el Papa cerró la puerta y guardó la llave, firmó un testamento o un documento para que quede constancia de que esa puerta se cerró. Y si la puerta está cerrada, ¿se puede entrar? No. Si usted no encuentra la llave, se le complica, ¿verdad?
Pero resulta que es todo lo contrario: la puerta de la Misericordia no se cierra nunca. Tenemos un signo para esperar 25 años más. ¿Quiénes tienen 70 u 80 años aquí? Con el camino para abrirnos a la misericordia de Dios. Pero insisto: esa puerta siempre está abierta.
Y hoy, cuando celebramos el Bautismo del Señor, después de que Juan bautizó a Jesús en el Jordán, ¿qué pasó? Se abrió el cielo y bajó el Espíritu Santo. Y yo les pregunto: ¿habrá alguna puerta que cierre el cielo? Imposible. Por tanto, por Jesucristo, la puerta del cielo se ha abierto para siempre y el Espíritu Santo desciende para acompañar a su Iglesia en esta misión.
Peregrinos de la esperanza: no se acaba la esperanza, al contrario, se reactiva. Somos enviados para ser luz del mundo, pero además esa luz tiene que abrir los ojos a los ciegos, abrir el entendimiento, abrir las cárceles, abrir las prisiones a los que están prisioneros. Entonces, nuestra misión es grande, porque de ahora en adelante, como frutos de este jubileo, somos enviados perpetuamente a ser peregrinos de la esperanza.
¿Por qué? Porque un cristiano católico no puede estar triste, no puede vivir sin esperanza, porque la esperanza es Jesucristo. Y por eso tengo que comunicarlo, después de que este jubileo nos ha dejado tantas gracias y tantos premios. ¿Alguien recuerda el premio más grande para esta diócesis en este jubileo? Cuando iniciamos el jubileo, ¿existía esta Diócesis Stella Maris? No existía como diócesis, y ese ha sido un regalo de este jubileo. Por eso damos gracias a Dios.
Cada vez que pensemos en este Jubileo 2025, tendremos que decir que ahí comenzamos como diócesis, dando estos pasos con esta madurez de Iglesia. Y por eso ahora tenemos un compromiso grande: hacer que esta diócesis crezca.
¿Cómo se llama esta diócesis? Stella Maris. ¿Stella qué es? Significa estrella. Entonces, usted tiene que ser una estrella del Señor, usted tiene que brillar. Pero no es cualquier estrella: la Virgen se equipara a esa estrella, a esa Osa Polar que guía a los que están en el mar cuando no existían internet ni satélites; miraban una estrella que siempre marca el norte, que siempre indica dónde está el rumbo.
Así mismo, la Stella Maris nos lleva a puerto seguro, nos indica siempre dónde está Jesucristo, que es el sol radiante de nuestras vidas. Por eso, el compromiso es grande: hacerlo hoy, en medio de todos ustedes, para que brille Jesús en el corazón de todos nuestros fieles.
Por tanto, cada parroquia —atención, párrocos—, ¿cuáles son los párrocos? Pónganse de pie los párrocos… Tienen que pensar cada parroquia como un faro que brille. No es posible que la parroquia esté ahí con tristeza. La parroquia debe ser el centro del barrio o de los barrios donde está anclada, y desde ahí indicar a todo el mundo esa luz que los lleva hasta Jesús.
Por eso, tanto los párrocos como las congregaciones… ¿quiénes son consagradas y consagrados aquí? Pónganse de pie los consagrados… Y miro también al pueblo: todos tienen que ser luz, tienen que brillar, tienen que estar a la vanguardia, para que cuando la gente los vea diga: “Ahí hay uno que sigue a Jesucristo. Yo quiero de esa paz, yo quiero de esa alegría, yo quiero de esa esperanza”. Cada vez que yo veo a ese párroco, a esa monja, a ese consagrado, a ese religioso, a ese catequista, yo veo a Jesucristo, tengo esperanza y quiero ir hacia adelante, hasta donde me lleve, que es hasta los pies de Jesús.
Ahora, los fieles que están aquí: mire al que está a su lado y dígale: “Usted tiene que ser luz en su parroquia, en el barrio, tiene que ser luz donde trabaja, ser luz en las redes sociales”. Esto quiere decir que, dondequiera que usted se mueva, pasa como con la luz: cuando usted enciende una luz y camina, por donde pasa la luz, la oscuridad huye, la oscuridad se va. Así tiene que ser el cristiano bautizado: que dondequiera que esté, la luz sea tan fuerte que no haya oscuridad a su alrededor.
Esa es la renovación de nuestro bautismo hoy. ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué tenemos que ser luz? Porque fuimos bautizados. Y ese día, además de la unción con los aceites y del agua derramada sobre nosotros, se nos entregó una luz encendida en el cirio pascual, que es Cristo. Y desde entonces tenemos el compromiso de no dejar apagar la luz de nuestro bautismo, de no dejar apagar la luz que el Señor encendió en nuestra vida.
Demos gracias a Dios por todo lo que nos ha pasado en este año y por todo lo que nos va a pasar de ahora en adelante. Porque en esta diócesis no hay vagos, no hay gente pasiva: en esta diócesis tendremos cristianos bautizados, misioneros de la esperanza hasta el final de nuestras vidas. Por eso, pidámosle al Señor que no nos dé el cansancio, que nos dé esa fuerza y esa vitamina que necesitamos para llegar a todos los rincones.
Por eso, hermanos y hermanas, las puertas de la Iglesia están abiertas, las puertas del cielo están abiertas. Solo hace falta que usted le diga al vecino, a aquel que está lejos, que entre, que venga, que aquí lo estamos esperando. En cada capilla, en cada parroquia, en cada colegio, en cada casa religiosa, que las puertas estén siempre abiertas para que el que lo desee entre. Y después de entrar, se quede en nuestra Iglesia para siempre.
Demos gracias a Dios y pidámosle que seamos siempre misioneros y peregrinos de la esperanza. Amén.
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Santo Domingo Este.– Con un mensaje firme, profundo y cargado de esperanza, la Diócesis Stella Maris clausuró el Año Jubilar “Peregrinos de Esperanza” durante una solemne Eucaristía celebrada en la Catedral Stella Maris, donde monseñor Manuel Antonio Ruiz proclamó con fuerza que “aunque se cierre una puerta jubilar, la misericordia de Dios jamás se cierra”, dejando claro que el jubileo no termina, sino que se convierte en misión permanente para toda la Iglesia.
La jornada inició con una procesión desde la Vicaría de la diócesis hasta la Catedral, encabezada por el obispo, junto a sacerdotes, vicarios, arciprestes, diáconos, consagrados, seminaristas y laicos comprometidos, acompañados por el Pueblo de Dios, como signo visible de una Iglesia que camina unida.
A su llegada al templo, monseñor Ruiz realizó la aspersión en la Puerta Santa, bendiciendo a los fieles y sacerdotes, gesto que selló espiritualmente el cierre del jubileo. Sin embargo, en su homilía dejó claro que la gracia recibida no se clausura:
“La puerta de la misericordia no se cierra nunca. No hay llave que cierre el cielo, porque por Jesucristo las puertas del cielo están abiertas para siempre”, proclamó ante una asamblea atenta y conmovida.
El obispo explicó que cada jubileo es un alto en el camino para volver al corazón de Dios, pero insistió en que la esperanza no se agota, sino que se reactiva. Con tono pastoral y profético, afirmó que el cristiano no puede vivir en tristeza ni resignación:
“Un cristiano católico no puede estar triste ni vivir sin esperanza, porque la esperanza es Jesucristo, y esa esperanza hay que comunicarla”.
Monseñor Ruiz subrayó que uno de los mayores regalos de este Año Jubilar ha sido el nacimiento y consolidación de la Diócesis Stella Maris, recordando que al inicio del jubileo aún no existía como diócesis. “Ese es un regalo de Dios y, al mismo tiempo, un compromiso enorme”, expresó, llamando a todos a trabajar por el crecimiento y la madurez de esta Iglesia particular.
Con un llamado directo, el obispo exhortó a parroquias, consagrados, religiosos y laicos a convertirse en luz visible en sus comunidades:
“La parroquia no puede ser un lugar triste; debe ser el centro que ilumina el barrio. Donde llegue la luz, la oscuridad huye, y así tiene que ser el cristiano bautizado”.
Asimismo, recordó que la misión nace del bautismo, cuando cada fiel recibe una luz encendida que no debe apagarse jamás. “No podemos permitir que se apague la luz que Cristo encendió en nuestra vida”, afirmó, enviando a la comunidad a ser misioneros permanentes de la esperanza, dentro y fuera del templo, incluso en los espacios digitales.
Al finalizar la Eucaristía, el reverendo padre Alejandro Valera, vicario general, ofreció palabras de agradecimiento a todos los que hicieron posible el desarrollo del Año Jubilar, reconociendo el compromiso del clero y del laicado.
La celebración concluyó con un renovado envío misionero, dejando claro que el cierre del Año Jubilar no marca un final, sino el inicio de una etapa en la que la Diócesis Stella Maris está llamada a brillar con más fuerza, anunciando que las puertas de la Iglesia y del cielo permanecen abiertas para todos.
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