Parece casi imposible que todo pueda permanecer estático, donde nada se mueva y sea una eterna parálisis. Así, es nuestra vida cuando nos encontramos en la oscuridad. Sentimos que no existe el cambio, que el pesimismo y el fracaso es lo único que tenemos al frente. Es complejo pensar o vivir de esta manera, pero muchos se encuentran en esta situación. Dejaron la esperanza en el trayecto de su caminar y hoy, por falta de voluntad y decisión, no encuentran cómo retomar su sendero…
Víctor Emil Frankl, neurólogo y psiquiatra austriaco, que sufrió en los campos de concentración la miseria y el dolor humano, pudo sobrevivir gracias a la logoterapia; método terapéutico que consiste en recordar los momentos y las razones por las cuales consideramos que la vida es digna de vivirse. En otras palabras, son aquellas ocasiones en las cuales gozamos de alegría y de placer, que se convierten en pequeños empujes que recibimos para fortalecer el sentido de nuestra existencia.
Podemos decir, que todos, sin excepción, gozamos de recuerdos que alegran lo que somos: nuestro nacimiento, reuniones familiares, bodas, una graduación, etc., algún acontecimiento ha sido la luz que ha dirigido los pasos de nuestra conciencia. Es responsabilidad de cada persona, buscar y retener esas imágenes que no dejan que andemos en una constante oscuridad; por las múltiples realidades que nos golpean y no permiten tampoco que estemos en plena armonía con nosotros mismos y con los demás. Siempre o casi siempre alguna duda, dilema o circunstancia pasajera, nos roba la paz y va provocando que disminuya en nuestro espíritu, la ilusión de vivir con empeño y con ahínco, la vida que Dios ha depositada en nuestras manos.
Luz y oscuridad, en esas dos realidades transita todo individuo que tiene un corazón en su pecho. A veces estaremos en las oscuridades y en otras, seremos guiados por excelsas luces. De aquí, que la decisión es personal. Nadie puede optar por nosotros, aunque claro está, los demás influyen en nuestras elecciones, pero en definitiva, la respuesta salen de un yo y no de un “nosotros”. A la corta o a la larga, vivir consciente nos toca y nos corresponde a cada uno, pues no se trata de compañerismos ni mucho menos de apoyo moral, se trata más bien, de nuestra felicidad, y esa se adquiere dentro de un análisis individualizado, no generalizado.
Aparecen momentos en nuestra vida, donde debemos hacer un stop y preguntarnos qué queremos para nosotros. Porque el tiempo pasa de prisa y no se detiene. Es como el viento que constantemente sopla, pero no hace ninguna parada. Y dada esta situación, dará miedo hacer la revisión de vida, mas, al final de la jornada, vas a sonreír delante de un espejo por lo que has hecho. Estarás orgulloso de haber escuchado tu consciencia y no te arrepentirás por lo que dejaste atrás, sino que iras avanzado con pasos firmes y seguros por la vida.
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Hoy es un día grande para los católicos y para el pueblo dominicano, pues es la celebración de la Solemnidad de la Virgen Nuestra Señora de la Altagracia, Protectora de este pedacito de tierra conocido como Santo Domingo, celebrar esta gran Solemnidad nos llena de júbilo y nuestro corazón proclama a una voz salve llena de gracia, somos bendecidos como dominicanos y la Madre de Dios a lo largo de estos años nos ha demostrado que ella es una verdadera Madre para cada dominicano, con su protección amorosa y con su trato cálido y cariño tierno.
“Nos dirá el Evangelio de Lucas que, a los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.” Que figura tan importante María la Madre de Dios que el Señor le envían un ángel como mensajero. En ese momento la virgen estaba comprometida con José el justo.
El ángel, entrando a su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres.” Cuando el Ángel entra a la presencia de María, si por casualidad le faltaba alguna condición humana o de otra índole fue favorecida y equipada para el propósito que Dios tenía para con ella, pues como dice por ahí una frase lapidaria la gracia presupone la naturaleza.
“Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquél.” No debe ser sorpresa para nosotros el saber que la Virgen se turbó frente al Ángel y ante las palabras que él le ofreció, pues era un plano totalmente desconocido humanamente hablando, además era una jovencita con poca experiencia en este aspecto sobrenatural.
El ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús.” Fue tan grande el espanto de María que fue necesario que el Ángel la invitara a no tener miedo, a confiar en todo lo que él le estaba anunciando, incluso le pone nombre a la creatura que ya se había gestado en su en su vientre, se llamará Jesús, cuyo significado es Dios salva.
“Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.” El Ángel deja entender que ese hijo será grande, pues será Hijo del altísimo
María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?” El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.” María por lo visto sostuvo un dialogo largo con el Ángel, pues lo sigue interrogando, ante el anuncio de aquel extraño e inusual acontecimiento.
“Ahí tienes a tu pariente Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.” Fue necesario que el Ángel acudiera al milagro de Isabel, aquella mujer anciana y estéril, que estaba esperando un hijo, para lograr convencer a esta muchacha inocente y con una santidad de vida extraordinaria.
María contestó: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.” Ante las palabras poderosas del ángel María se hace esclava de Dios y queda sin palabras, totalmente sorprendida y disponible para que en ella se cumpla de manera total el maravilloso plan de Dios para resaltar su persona y salvar a la humanidad caída y embarrada por el pecado.
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Rep. Dom. Con motivo de la festividad de Nuestra Señora de la Altagracia, la Conferencia del Episcopado Dominicano (CED) en su Carta Pastoral exhorta a una renovación profunda del compromiso bautismal como respuesta a los graves desafíos sociales que afectan al país, entre ellos la crisis familiar, la corrupción, la injusticia y la violencia.
El documento, titulado “Renovación y compromiso bautismal, desde una perspectiva sinodal”, enfatiza que el pecado y la injusticia no tienen solo una dimensión individual, sino también social. En este sentido, los obispos expresan su preocupación por las consecuencias de la corrupción, especialmente cuando priva a los ciudadanos de servicios esenciales. “Las manos manchadas por la corrupción” —afirman— han negado medicinas y derechos fundamentales a muchos enfermos, afectando gravemente la dignidad humana.
Asimismo, llaman a que la justicia actúe sin privilegios ni impunidad. “Que la mano de la justicia, sin privilegios para nadie, sepa sancionar de modo ejemplar a todos según el tamaño del daño causado a la sociedad por la corrupción”, señalan los prelados, destacando la necesidad de que el bien común prevalezca sobre intereses particulares.
Familia, jóvenes y defensa de la vida
Los obispos sitúan a la familia en el centro del compromiso bautismal y social. Reconocen que muchas realidades familiares “desgarran el corazón del ser humano”, y evocan las lágrimas de Jesús ante la tumba de Lázaro para expresar su cercanía a quienes sufren. En particular, lamentan “las muertes por la violencia intrafamiliar, la delincuencia y la inseguridad ciudadana; las muertes de tantos jóvenes involucrados en el crimen y las drogas; y las muertes en los accidentes de tránsito”.
El episcopado hace un llamado firme a la protección de los niños, niñas y adolescentes, denunciando toda forma de violencia y exclusión, y exhortando a la sociedad a asumir una responsabilidad colectiva frente a estas realidades que atentan contra la vida y la esperanza.
Escucha, diálogo y cultura del encuentro
Desde una perspectiva sinodal, la Carta destaca la importancia de la escucha y el diálogo como caminos para sanar las divisiones sociales. “El escuchar es fundamental para renovar nuestras relaciones”, afirman los obispos, advirtiendo sobre el uso deshumanizante de los medios digitales cuando se emplean para la violencia, el odio o la desinformación. En contraposición, exhortan a aprovechar las nuevas tecnologías “para difundir el bien, fomentar el diálogo, proteger a los débiles y promover la verdad”.
El episcopado también recuerda que el bautismo es el fundamento de una vida nueva que transforma las relaciones humanas y sociales. “Por el bautismo entramos en una nueva relación con Dios, con los demás y con toda la creación”, afirman los obispos, subrayando que esta relación está llamada a vivirse en comunión, participación y corresponsabilidad.
Los pastores de la Iglesia católica advierten que la sociedad dominicana vive un contexto marcado por relaciones fracturadas y múltiples formas de violencia. “Basta con observar los medios informativos para constatar un mundo de relaciones heridas y fragmentadas en todos los niveles”, señalan, haciendo referencia a la violencia intrafamiliar, la inseguridad ciudadana, la discriminación, la difamación y el descarte de los más vulnerables.
Cuidado de la creación
Al referirse al medio ambiente, la CED recuerda que la creación no puede ser vista como propiedad para explotar, sino como un don confiado a la responsabilidad humana. En ese orden, expresa preocupación por la contaminación, la acumulación de basura y la presencia masiva de sargazo en las playas, y promueve decisiones públicas responsables.
Un llamado a la esperanza
Finalmente, los obispos invitan al pueblo dominicano a renovar su compromiso bautismal a través de una doble actitud: la renuncia a toda forma de mal, violencia y corrupción, y el compromiso de vivir como hermanos, trabajando por una sociedad más justa y solidaria. “Todos nos hemos bautizado en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo”, concluye la Carta, alentando a vivir la fe como fuente de esperanza y transformación social.
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Se acerca la fiesta de la Reina del Cielo y Madre de todos que tiene el don excelso de unir los corazones de nuestro pueblo. Me refiero por supuesto a la Virgen de la Altagracia, conocida cariñosamente como nuestra «Tatica de Higüey» o «Nuestra Señora de la Altagracia», protectora espiritual de los dominicanos.
Su bella presencia ha iluminado la historia de nuestra nación desde nuestros inicios. A medida que se acerca su fiesta el 21 de enero, un día de júbilo nacional, es más que oportuno rendirle homenaje a través de estas breves líneas, recordando sus orígenes, su difusión, y sobre todo, la rica simbología teológica de su imagen.
Esta devoción tiene sus raíces en los albores de la evangelización del Nuevo Mundo, convirtiéndose en un faro de fe no sólo en nuestra tierra sino más allá de nuestras fronteras.
Según documentos históricos y tradiciones orales preservadas en obras como el libro «Donde Floreció el Naranjo» de Monseñor Juan Pepén, la imagen llegó a estas tierras alrededor del año 1500, traída por los hermanos Alonso y Antonio Trejo, provenientes de España.
La obra, un óleo sobre tela de la escuela española primitiva, representa una escena de la Natividad, con la Virgen María en el centro, velando por el Niño Jesús.
Sin embargo, la devoción no se limitó a un mero traslado de una imagen; floreció a través del cobijo de un naranjo (ese sagrado lugar permanece accesible a los devotos en la Parroquia San Dionisio, primera iglesia donde se veneró su imagen. Según la tradición histórica todo empezó cuando la más joven hija de uno de los Trejo, conocida como «La Niña de Trejo» tuvo un sueño donde la Virgen se le apareció y le pidió que solicitara a su padre una imagen de Nuestra Señora de la Altagracia durante su viaje a Santo Domingo. El padre, desconcertado por la petición ya que desconocía tal advocación, buscó en vano en la capital. De regreso, pernoctó en una posada (en Hato Mayor en un lugar conocido como Hoyoncito, donde se le ha construido recientemente un templo fruto de la celebración del centenario del Jubileo Altagraciano por conmemorarse los cien años de su coronación canónica como protectora del pueblo dominicano) donde un anciano misterioso, al oír su relato, desenrolló la pintura y se la obsequió. Al llegar a casa, la niña se emocionó confirmando que era la Virgen de su sueñó. La familia colocó la imagen en su oratorio, pero al día siguiente desapareció milagrosamente, reapareciendo en un naranjo cercano. Este prodigio se repitió varias veces, interpretado como una señal divina de que la Virgen deseaba ser venerada en ese sitio. Allí se construyó el primer santuario en Higüey. (Parroquia San Dionisio)
La difusión de esta devoción fue impulsada por los milagros atribuidos a la mediación de la Virgen, que fortalecieron la fe de los pobladores. Uno de los más emblemáticos ocurrió en 1691, durante la Batalla de La Limonade, donde militares dominicanos, en desventaja numérica frente a las fuerzas francesas, invocaron su protección y obtuvieron una victoria inesperada. Desde entonces, el fervor se extendió rápidamente.
La devoción se institucionalizó estableciéndose el 21 de enero como fiesta religiosa. En 1922, durante el pontificado de Pío XI, la imagen fue coronada canónicamente, y en 1927, el Congreso dominicano la proclamó fiesta nacional no laborable.
El papa San Juan Pablo II, en su primera visita a Santo Domingo en 1979, la coronó nuevamente con una tiara de oro y plata, consolidando su rol como «Reina y Protectora de los Corazones Dominicanos».
Hoy, la devoción se ha extendido con la diáspora dominicana, en importantes ciudades del mundo entre las que se destaca Nueva York.
Un importante dato del gran fervor Altagraciano es que la Basílica Catedral Nuestra Señora de la Altagracia en Higüey, inaugurada en 1971, recibe anualmente a más de 800,000 peregrinos, convirtiéndose en un epicentro de fe.
Su imagen es un icono teológico, ya que representa la escena de la Natividad, con María como figura central, inclinada tiernamente en actitud contemplativa y de devoción hacia el Niño Jesús en el pesebre, mientras San José observa protectoramente desde el fondo.
Fijémonos en el manto real, color azul celeste en su condición de Reina, con las estrellas del cielo estampadas, y además las doce estrellas que coronan su cabeza que representan las tribus de Israel y los doce apóstoles, el blanco central reflejando su pureza y el rojo la sangre salvífica de Cristo.
El Niño Jesús, desnudo y dormido, encarna la vulnerabilidad humana pero también la promesa de resurrección. San José, en penumbras, representa la protección paternal y la humildad silenciosa, sin robar protagonismo a María y Jesús. En conjunto, la imagen enseña sobre la Encarnación, la redención y la intercesión mariana, invitando a los devotos a contemplar la «Alta Gracia» de Dios manifestada en María, madre e intercesora que nos guía hacia su Hijo.
Sin lugar a dudas la devoción a la Virgen de la Altagracia es el alma misma del pueblo dominicano, un lazo inquebrantable que une tradición, cultura y espiritualidad. En un país marcado por huracanes, terremotos y desafíos históricos, Ella es la Reina, Madre y Protectora de todos los dominicanos y la nación. Cada 21 de enero, Higüey se transforma en un mar de peregrinos.
Esta devoción no es superficial; es un pilar de identidad nacional. En tiempos de crisis, como la pandemia reciente o las luchas por la independencia, los dominicanos acudimos a Ella:
Oh Virgen de la Altagracia, Madre tierna y Protectora del pueblo dominicano, te consagro y te entrego nueva vez mi vida, mi familia y mi nación.Te agradecemos de corazón por las innumerables gracias que has derramado sobre nosotros. Gracias por tu intercesión en batallas y tormentas, por sanar enfermos y consolar afligidos, por unirnos en fe y esperanza. Bajo tu manto estrellado, has cubierto nuestra nación con amor maternal, guiándonos hacia tu Hijo Jesús. Que tu Alta Gracia siga iluminando nuestros caminos. Amén.
También para nosotros proclamaron los cielos la gloria de Dios; también a nosotros nos conduce a adorar a Cristo y servirle como lo que es: el Rey de Reyes.
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Del 13 al 21 de enero del año en curso, el pueblo dominicano tanto los que viven aquí en suelo dominicano como los que viven en el extranjero celebran el novenario a la madre de Jesús, quien abre su corazón para que sus hijos e hijas expresen sus oraciones, veneración y necesidades. Un siervo de María nunca perecerá.
El Señor nos concede participar cada día, es hermoso poder elevar la mirada de nuestro corazón a María. Ella, siendo Madre, nos evoca la relación con el Hijo; nos remite a Jesús, nos habla de Jesús, nos orienta hacia Jesús.
De ese modo, la Solemnidad de Santa María de la Altagracia, Madre de Dios, nos introduce nuevamente en el misterio de la salvación. Dios se hizo carne en el vientre de una mujer, para comprender y padecer lo que padece un ser humano, será igual a nosotros menos en el pecado. «María es la puerta a través de la cual Cristo entró en el mundo» (S. Ambrosio, Epístola 42, 4: PL VII). Conozcamos un poco sobre la aparición del cuadro de la Virgen de la Altagracia. Se han tejido varias leyendas. Una de ellas es: La imagen de la Altagracia le fue dada por un anciano, de manera casi milagrosa, a un padre para su hija. La imagen desapareció y apareció en un naranjo. La gente interpretó este acontecimiento como un deseo de la Virgen para que la colocara en la ermita parroquial, que en ese entonces allí había, y así se hizo. Hoy desea la Madre de Jesús, ser venerada en el naranjo de cada hogar del pueblo dominicano.
El miércoles 21, el evangelio nos aborda la llamada de Dios a María a través del Arcángel san Gabriel. María está a un paso de ser la legítima esposa de José, y allí irrumpe el Señor. Las reacciones de María nos dan una gran enseñanza y revela la belleza del corazón de María.
El papa Francisco en una homilía, nos habla del asombro de Maria: El ángel la llama «llena de gracia». Si está llena de gracia, significa que la Virgen está vacía de maldad, es sin pecado, Inmaculada. Ahora, ante este saludo María —dice el texto— «se conturbó» (Lc 1,29). No solo está sorprendida, sino también turbada. Recibir grandes elogios, honores y cumplidos a veces tiene el riesgo de despertar el orgullo y la presunción. Recordemos que Jesús no es tierno con los que van en busca del saludo en las plazas, de la adulación, de la visibilidad (cf. Lc 20, 46). María, en cambio, no se enaltece, sino que se turba; en lugar de sentirse halagada, siente asombro. El saludo del ángel le parece más grande que ella. ¿Por qué? Porque se siente pequeña por dentro, y esta pequeñez, esta humildad atrae la mirada de Dios”.
María pregunta cómo sería la concepción, y el Ángel le explica: “El Espíritu Santo, vendrá sobre ti y la fuerza del altísimo te cubrirá con su sombra”, por eso el que va a nacer lo llamaran el “Consagrado”, hijo de Dios. Y para que María no dude del poder de Dios, y pone el ejemplo de su prima Isabel, la que decían que era estéril ya está de seis meses, para Dios no hay nada imposible. Y María entonces dice un sí de inmediato e irrevocable: “he aquí la esclava del Señor, hágase en mi según has dicho”. Que María de la Altagracia nos regale aquello que late en nuestros corazones.
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