P. Luis Alberto De León Alcántara Email: albertodeleon_011@hotmail.com

Estamos inmersos en un tiempo histórico donde la vida se está viviendo muy aprisa; donde la expresión «no tengo tiempo» se ha convertido, por decirlo así, en la justificación asumida por muchos para no enfrentar los propios vacíos existenciales encontrados en la experiencia del día a día. Es decir, el ser humano se está escondiendo de sí mismo, ignora sus dificultades y realidades internas. Tapa con actividades y entretenimientos sus más complejos problemas para no verse confrontado con sus miedos y dudas humanas.
Todo esto, a lo mejor, se deba a que vivir en este siglo —donde la globalización, la tecnología, el auge de la ideología de género y la promulgación de una vida sin Dios han creado la plataforma para que el hombre sienta que nada tiene sentido—. Por esta razón, el hombre de hoy piensa que es inútil sumergirse en la preocupación por realidades que impliquen el pensamiento y el análisis de las preguntas fundamentales de la vida: ¿de dónde vengo?, ¿hacia dónde voy?, ¿qué sentido tiene mi vida?
Sin embargo, cuando se permite que este pensamiento relativista y materialista se adueñe de la mentalidad y de las acciones del hombre, ya no le interesan la moral, los principios humanos ni, mucho menos, el respeto ajeno. Es justamente ahí cuando la persona se convierte en un ser individualista que pretende ser el centro del universo.
El hombre se ha escondido de Dios. Ha optado por ocultar sus vergüenzas y asumir una vida según los criterios de los demás. Ha preferido vivir para el mundo en vez de agradar a Dios, eligiendo de este modo una actitud pequeña, porque su opción se ha decidido por lo terreno y no por lo eterno. Cambió la felicidad por momentos alegres. Su corazón se dejó envolver por circunstancias temporales que jamás van a satisfacer los deseos últimos del hombre, sino que lo dejarán siempre en una eterna búsqueda de sí mismo, porque fue creado para lo trascendental, no para lo pasajero…
Por eso, para que el hombre se encuentre realmente con su yo real y pueda encaminarse a su plenitud, tiene que colocarse donde Dios lo vea: mostrarse tal y como es ante su Creador, con sus fortalezas y debilidades, sus triunfos y sus derrotas. Porque Dios conoce lo más profundo del interior de cada persona. Nadie puede esconderse de la mirada de Dios, porque llevamos su marca en la piel.
En la vida hay que pasar de la oscuridad hacia la luz, de la desilusión a la esperanza. Es bueno dejar a un lado nuestros miedos y temores más ocultos, y permitir que Dios observe lo que somos, sin maquillajes, para que logremos sanar y liberar nuestra humanidad. Para que podamos, de este modo, caminar sin necesidad de vivir con una actitud de derrota, con una mentalidad pesimista, ni andar por la existencia como si Dios no nos amara. Por tanto, si Dios nos ve, desaparecerán nuestras más íntimas carencias y seremos lo que Dios siempre soñó: seres felices.
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