P. Luis Alberto De León Alcántara Email: albertodeleon_011@hotmail.com

La finalidad de la Cuaresma es la Pascua. Toda la Cuaresma está centrada en preparar el cuerpo y el espíritu para celebrar con alegría, gozo y júbilo a Jesús resucitado (cf. Mt 28,6). Es decir, no hay Pascua sin Cuaresma, y no tiene sentido comenzar un camino cuaresmal sin lograr llegar a disfrutar del tiempo de Pascua. Incluso, la propia estructura existencial tiene ese sentido de binomio: Cuaresma-Pascua, porque si nos detenemos en los diferentes acontecimientos personales, familiares, sociales, entre otros, siempre derribaremos en la cuenta de que todo proyecto humano pretende llegar a un buen final.
Por eso, la Cuaresma debe ser vivida como preparación para acoger dignamente la Pascua, ya que solo se puede vivir y disfrutar lo que se ha asumido y recibido sin miedo. Andar por la vida sin dirección, sin meta ni mucho menos con una brújula no tiene razón de ser, pues quien no sabe adónde está, mucho menos tendrá idea de hacia dónde va. Esta es la razón por la que, durante cuarenta días, la Iglesia nos invitó a vivir la Cuaresma con la propuesta de ayuno, oración y limosna, no solo como actos de sacrificio, sino como una preparación interior oportuna para acoger la Pascua del Señor resucitado.
Ya estamos en tiempo de Pascua; ahora nos toca contemplar a Cristo resucitado (cf. Jn 20,20). Después de vivir el Triduo Pascual —pasión, muerte y resurrección, ahora viene la cincuentena pascual: el testimonio de los apóstoles (cf. Hch 2,32), la conformación del cristianismo y el nacimiento de la fe en el Resucitado. Cristo no se quedó en la muerte, sino que salió de la tumba lleno de vida y de gloria (cf. Lc 24,6). Esta es la razón por la que son cincuenta días, porque si fue grande su muerte, mayor fue su resurrección.
En la Pascua, Jesucristo trae la paz y quita el miedo (cf. Jn 20,19). Con Él, hay todo un triple paso: de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz y de la esclavitud a la libertad de los hijos de Dios. En la Pascua, recuperamos lo que fue herido en el jardín del Edén (cf. Gn 3,15); con la victoria de Jesucristo, ya el pecado no tiene la última palabra, sino que ahora el centro es el Hijo de Dios, el Salvador del mundo (cf. Jn 4,42). Con Cristo nace y renace la esperanza (cf. 1 Pe 1,3). Por eso dice el Apocalipsis que Jesucristo es el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que ha de venir (cf. Ap 1,8).
Entonces, todos tenemos que pasar de la Cuaresma a la Pascua. Hacer el esfuerzo necesario para concluir una etapa, para que sea posible la otra. Ya lo dice san Pablo, cuando afirma: “Somos ciudadanos del cielo” (Flp 3,20). Por tanto, hay que vivir la Pascua, agradecer al Hijo de Dios por su bondad y su misericordia (cf. Sal 136), abrir nuestros corazones para siempre tener la mirada hacia el cielo (cf. Col 3,1-2), aunque, claro, con los pies en la tierra. Ser capaces de asumir las dificultades, los tropiezos de la vida, porque el sufrimiento no tiene la última palabra, sino la gloriosa resurrección de Jesucristo.
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