Por Leonor María Asilis Elmudesi

A medida que el año llega a su fin, nos encontramos en un momento único de transición. Este tiempo nos invita no solo a celebrar el paso del año, sino también a participar en una profunda reflexión, evaluación y establecimiento de nuevas intenciones. Si bien este viaje introspectivo puede, sin duda, ocurrir dentro de grupos, comunidades o familias, es esencial primero llevarlo a cabo de manera individual, en nosotros mismos.
Si cada persona se toma el tiempo para crecer y mejorar, también lo hace la unidad familiar, el lugar de trabajo, la comunidad religiosa, el partido político o incluso una nación entera. El efecto dominó del desarrollo personal puede crear olas de cambio positivo que benefician a quienes nos rodean.
Dispongámonos a dedicar tiempo para estar a solas en reflexión.
No digamos que estamos demasiado ocupados; más bien, entendamos de una vez por todas que el concepto de tiempo es simplemente una cuestión de prioridades.
Alejémonos de las distracciones y el ruido de la vida cotidiana. En silencio y soledad, invitemos a este quehacer interior a Jesús, el camino, la verdad y la vida. Él nos guiará a través de esta actividad reflexiva, iluminando tanto las alegrías como los desafíos que han caracterizado el año que ahora termina.
Mientras reflexionamos, demos gracias por las buenas acciones realizadas y fijémonos en las áreas donde necesitamos mejorar. Este examen debe incluir una evaluación de lo que aún queda por hacer.
Hay varias dimensiones para explorar durante esta reflexión. La primera es el aspecto espiritual, que abarca todos los aspectos de la vida: los dominios familiar, social, profesional y económico, entre otros. Cada uno de nosotros puede aplicar métodos como el análisis FODA (Fortalezas, Oportunidades, Debilidades, Amenazas) para estructurar nuestros pensamientos y evaluaciones. La profundidad de este análisis es una elección personal, dependiendo de cuánto tiempo y percepción estemos dispuestos a invertir.
La idea no es llenar formularios o evaluaciones; sino motivarnos a aprovechar este momento propicio para participar en un ejercicio de introspección con el Señor, nuestro aliado, que solo desea lo mejor para nuestras vidas.
Al presentarle a Dios el año 2025 que está por concluir, también ofrecemos nuestras esperanzas y aspiraciones para el nuevo año que se acerca. Dediquemos nuestras vidas, las vidas de nuestros seres queridos, nuestra patria y nuestro mundo a la presencia divina para que la paz, la alegría y la realización espiritual reinen en nuestros corazones.
Para quienes lo deseen, participar en la Eucaristía es una forma hermosa de marcar esta transición. El 31 de diciembre, cuando Jesús Cristo está particularmente presente, poder expresar gratitud por las bendiciones de 2025 mientras damos la bienvenida al 2026, pidiéndole a Jesús hijo de Dios nos asista en hacer su Voluntad es emocionante. ¡Tengan todos un bienaventurado 2026!
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